Entre 2011 y 2013 el régimen político español entró en su peor crisis desde 1978. Tras la crisis de financiera de 2008, la indignación ciudadana prorrumpió en las calles al grito de «¡no nos representan!». Las elecciones empezaron a repetirse, las mociones de censura a sucederse y los liderazgos se volvieron cada vez más efímeros. El sistema de partidos colpasó: las viejas alternancias bipartidistas entre progresistas y conservadores, atemperadas por los nacionalismos moderados catalán y vasco, se hicieron aritméticamente inviables.
Durante algunos años, entre 2014 y 2018, o lo que es lo mismo, entre la irrupción de Podemos en las europeas y la moción de censura que ganó Pedro Sánchez, se abrió un horizonte de cambio que no llegó a llevarse a cabo. Primero fue el giro de Unidas Podemos en Vistalegre II, que lejos de resolverse con la integración de la minoría condujo a una serie de expulsiones y bajas en el espacio político que había nacido del 15M. Acto seguido vino en Catalunya el ensayo de la vía unilateral a la independencia y el consiguiente estado de excepción (art. 155).
Los días de actividad política febril comenzaron a remitir el 1 de junio de 2018, cuando Rajoy perdió la votación de la moción de censura. Aquel día no fueron los escaños del PSOE, sino los de UP los que celebraron con mayor entusiasmo el fin del gobierno del PP. El PSOE, sin embargo, había aprovechado mejor la oportunidad que había puesto sobre la mesa la moción de censura lanzada por Pablo Iglesias un año antes: los números daban a la oposición para ganar. Rajoy había gobernado contra la aritmética parlamentaria desde las elecciones de 2015. Solo la falta de entendimiento entre sus oponentes lo había hecho posible.
Con el triunfo de Sánchez en 2018 se inició el periodo de cierre de ciclo y restauración en que nos encontramos. Durante los años siguientes el presidente de gobierno, en solitario o con el primer ejecutivo de coalición, surfeó con éxito el momento de reflujo reaccionario. En 2019, Vox dejaba de ser una fuerza marginal y extraparlamentaria (47.182 votos en 2016) y pasaba a ser primero la quinta fuerza con 24 escaños y 2.688.092 votos y la tercera tras la repetición de 2019 (52 escaños y 3.656.979 votos). Desde entonces Vox, aupado por la primera presidencia Trump, impulsaría el desplazamiento de la centralidad de la política española hacia su lado del tablero.
El PSOE, que por momentos y en según donde se había visto al borde de la marginalidad (en Barcelona había caído hasta cuatro concejales), respiraba aliviado. Esto había sucedido, no obstante, en un lapso de tiempo lo suficientemente breve como para confiar su estrategia a una recuperación del sistema de partidos previa a la crisis de régimen. Hace ya un tiempo advertimos que el mayor error que podían cometer los socialistas entonces era confundir las razones de su éxito con el demérito ajeno. De cada una de las dos lecturas posibles se siguen horizontes distintos. En el primer caso el PSOE confía en estar ocupando la centralidad del sistema de partidos y volver así a los viejos tiempos del bipartidismo del 78. En el segundo caso, la recuperación socialista desde 2018 podría verse comprometida por un exceso de confianza y ambición.
Horizonte I: retorno al bipartidismo del 78
En la coyuntura actual existen buenas razones para confiar en el camino seguido hasta ahora por el PSOE. Tras la travesía del desierto y la revuelta interna del viejo aparato que casi acaba con el liderazgo de Pedro Sánchez en 2016, el partido inició un acelerado proceso de recuperación, sin duda reforzado por el hastío de la agitación política. Figuras como Salvador Illa, con un estilo tranquilo y avalado por la gestión del COVID, pudieron alcanzar objetivos que habrían resultado impensables poco tiempo antes.
La propia Catalunya, epicentro la pasada década de la ola de movilizaciones, se encuentra hoy en manos del partido socialista a todos los niveles de gobierno; desde Barcelona y buena parte de su área metropolitana hasta el gobierno central, pasando por la Generalitat. Y sin embargo, es importante ser precisos aquí, la política catalana dista mucho de regenerarse en los parámetros anteriores a 2010 y los recortes del Estatut, esto es, como el bipartidismo del 78 en versión catalana: CiU y PSC.
El espacio del catalanismo moderado, un día capitaneado por CiU, es hoy una sombra de lo que fue. En tres rápidas claves: (1) a su derecha ha aparecido Aliança Catalana, un competidor homologable a todas las extremas derechas que campan por Europa; (2) el votante de Junts dejó atrás el rubicón del “ara no toca” de Pujol y mientras siga ahí Puigdemont se encontrará comprometido por sus errores pasados y el punitivismo reaccionario de la judicatura española; y (3) tras el fracaso del 1 de Octubre, el secesionismo es cada vez más minoritario en la sociedad catalana.
Así las cosas, el PSOE-PSC intenta y hasta está dispuesto a favorecer a Junts en la reconstrucción del viejo sistema de partidos, siempre y cuando abandone la estrategia independentista y retorne al marco constitucional. En la lógica de reflujo que marca estos años de contraola, esta orientación sin duda ha reportado importantes beneficios a los socialistas y ahí están los premios electorales a la arriesgada apuesta por el indulto y la amnistía para avalarlo.
La cuestión, sin embargo, es si se puede mantener esta estrategia de restauración en el medio plazo. A pesar del retorno de la política profesionalizada con perfiles como Illa o Collboni, el PSC está intentando hacer funcionar un régimen que no acaba de encontrar su lugar. El retorno al motor inmobiliario desespera a quienes los socialistas llaman “clases medias y trabajadoras” y el extractivismo inmobiliario ahonda la escisión en la constitución material que un día hizo de Catalunya un motor económico de España.
Horizonte II: crisis del bipartidismo
La segunda opción estratégica para los socialistas se presenta como un camino incierto y que debería conducir a un cambio de cultura política e institucionalidad. El punto de partida es asumir que el bipartidismo del 78 no volverá. Y no porque el bipartidismo no esté inscrito en la “constitución por defecto” del régimen, sino porque bien podría ser sustituido por otro bipartidismo que ya es hoy mismo una realidad efectiva o potencial, en el espacio europeo.
Digámoslo con todas las letras: el bipartidismo centrista del 78 podría ser remplazado por un bipartidismo derechista para el que la centralidad ya no se situase en el antiguo centro neoliberal, sino en algún lugar entre el centroderecha y la extrema derecha actuales. Esto mismo es lo que se viene de dar en las elecciones alemanas, donde el bipartidismo histórico del SPD y la CDU-CSU ha sido sustituido por un bipartidismo entre los democristianos de siempre CDU-CSU y el emergente partido ultraderechista, Alternativa para Alemania, AfD. Este tipo de bipartidismo, ni es nuevo, ni exclusivo de Alemania y las europeas ya han apuntado tendencia en ese sentido.

El ascenso de Vox también es un hecho y no uno cualquiera. Hace justo un año la organización ultra parecía abocada a la marginalidad. Sin embargo, los errores de su competidor en Europa, SALF (Se Acabó La Fiesta), el partido de Alvise, y sobre todo el triunfo de Trump, han relanzado a la extrema derecha que celebraba en Madrid el encuentro de Patriots, el espacio ultra que se abre paso en Europa al máximo nivel. Mientras esto sucede, Sumar y Podemos se han estado tirando los trastos y dejando que el espacio político que comparten ahonde en un declive que data de cuando Pablo Iglesias ganó Vistralegre II e impuso la línea del cavar trincheras en la izquierda frente al populismo que había impulsado el primer Podemos.
En lo que Vox se ha relanzado, la izquierda se ha fracturado y perdido apoyos. El PSOE ha sabido manejarse a velocidad de crucero haciendo bueno el apotegma de Andreotti: “el poder desgasta al que no lo tiene”. La insistencia en no anticipar elecciones y la vacuidad de gestos de impotencia como la pretendida moción de Puigdemont han hecho del PSOE una garantía de estabilidad. Pero el bipartidismo del 78 en su conjunto pierde y es por la extrema derecha por donde hace aguas.
Los datos son sintomáticos: de los mejores pronósticos del CIS hace justo un año, por los que PSOE y PP aunaban hasta tres de cada dos votos (66,2%) el bipartidismo ha vuelto a caer por debajo de sus resultados del 23J: el 64,74%. Pero esta caída sería muy desigual en su expresión electoral: mientras que el PSOE se mantiene a expensas del espacio a su izquierda (mejora cuatro décimas respecto al CIS del febrero pasado: 33,4%), el PP pierde por el impulso de Vox a su derecha (cae cinco puntos del 33,2% de hace un año —cuando incluso superaba al PSOE por dos décimas— al 28,1% actual).

Lejos de ser un simple juego de vasos comunicantes, la ley electoral tiene su parte en los escenarios futuros y estos claramente indican que el PP no podrá alcanzar una mayoría relativa de acuerdo al bipartidismo del 78 (PP con apoyo de Junts, PNV y regionalistas de centroderecha). Esta dependencia de Vox no augura nada bueno para el bipartidismo del 78, a pesar de que el PSOE haga su parte. Es importante recordar en este sentido que el derrumbe del bipartismo tras el 15M tuvo lugar primero por el PSOE gobernante que arrastró luego al PP a pesar de la mayoría absoluta alcanzada por Rajoy el 20N de 2011.
Aún es más, donde ese bipartidismo contaba con alternativas nacionales no se ha recuperado: el PSOE es hoy muleta del PNV en Euskadi, no logra articular un tripartito en Catalunya pese a que los números dan y en Galiza se encuentra por debajo de sus anteriores mínimos históricos. No deja de ser relevante en un régimen que debería estar operando por medio de una gobernanza multinivel. El auge de una derecha autoritaria no solo impide al PP reeditar las opciones bipartidistas del 78, también hipoteca el bloque parlamentario plurinacional, democrático y social que sostiene al PSOE.
La vía consociativa
En el terreno de los pronósticos, Vox ha demostrado tener una ambición de poder que Podemos perdió en Vistalegre II. Lejos de comprometerse y enfangarse con la acción de gobierno del PP ha entendido que desmarcarse podía ser una buena idea. A diferencia de Podemos, que en 2019 llegó a provocar una segunda convocatoria electoral para forzar su entrada en el poder, Vox se ha desmarcado de los gobiernos del PP, entendiendo el contexto multinivel en que se encuentra y que alcanza incluso a Europa y el orden global. Dar por descontado que Abascal actúe en 2027 como Iglesias en 2016 podría ser un error de cálculo en buena parte de los análisis actuales.
Según sean los números que salgan de las urnas en 2027, obligar al PP a desgastarse y empujarlo a buscar acuerdos de Estado podría ahondar la crisis del bipartidismo del 78 e impulsar en su lugar el bipartidismo entre derechas que hoy se encuentra al alza en Europa. Por descontado, todo depende de cómo de aquí a entonces se comporten los partidos, por un lado, y como se despliegue la contienda de los movimientos sociales en las calles, por otro.
Con todo, sería deseable hacer entender al PSOE que si sigue apretando a este Sumar, acabará ahogándolo, porque puede, y Podemos no recoge lo que se pierde por esa parte. No estaría de más que el PSOE, por ejemplo, reconociese el error de cobrar el IRPF, abandonase la retórica vacía en política de vivienda, aceptase propuestas como las ayudas por hijo que propone el ministerio de Bustinduy, etc. En suma, pasar a la estrategia de una competición virtuosa entre las izquierdas.
En los orígenes de Podemos se asumió hasta la fascinación la dialéctica schmittiana amigo/enemigo. Mientras el discurso se limitaba a la impugnación extraparlamentaria funcionó con indudable éxito destituyente. En 2016, sin embargo, colisionó con el parlamentarismo del 78. A diferencia de América Latina, donde se había forjado la hipótesis de Podemos, en el viejo continente la lógica del pluralismo democrático no era ni es compatible con proyectos presidencialistas como los que han querido levantar Errejón con Más País o Díaz con Sumar. Lo que en un momento podía servir para el “asalto a los cielos” no sirve hoy en el fango institucional. Desterrar a Carl Schmitt de la ecuación y buscar una cultura consociativa, que prime el acuerdo y la competición virtuosa en el bloque de la investidura es a buen seguro la mejor garantía de vencer el autoritarismo schmittiano sonre el que avanza desde la extrema derecha e impedir que sea uno de los dos polos del bipartidismo futuro.

