En el primer capítulo, la policía irrumpe en una casa en la que encontramos una familia obrera formada por el padre, la madre, una hija y un hijo adolescente de 13 años. Tras un cacheo, detienen al chico acusado de matar a una compañera de instituto.
En el segundo capítulo, vemos las repercusiones que tiene en el centro educativo, con los interrogatorios a los amigos y amigas de la víctima y del posible culpable. Un gran trasiego que se conduce con mucha mano izquierda, porque las leyes consideran que el presunto culpable es menor y, por tanto, una víctima también.
Una historia muy dura, que nos conmueve, nos desquicia, nos sacude y nos llena de interrogantes. ¿Qué sabemos de nuestros hijos e hijas? ¿Qué sabemos de nuestros alumnos y alumnas?
El tercer capítulo, para mí lo mejor de la serie, es la conversación entre el chico y la terapeuta que debe redactar un informe. Un duelo dialéctico y un duelo interpretativo que muestra lo importantes que son las palabras y los gestos en una conversación cara a cara.
El cuarto y último capítulo muestra las repercusiones dentro de la familia del chico (la de la chica no tiene protagonismo en la historia), cómo el dolor se ha ido instalando en medio de aquella comunidad que era razonablemente feliz y que dificulta saber cómo deben seguir viviendo.
Una gran serie, por el tema que trata y por cómo lo trata, por la elección formal que ha hecho el director, cuyas interpretaciones merecen todo tipo de elogios. Una historia muy dura, que nos conmueve, nos desquicia, nos sacude y nos llena de interrogantes. ¿Qué sabemos de nuestros hijos e hijas? ¿Qué sabemos de nuestros alumnos y alumnas? ¿Qué sabemos unos de otros cuando, en medio de nuestras vidas, tenemos unas pantallas que nos muestran un mundo que, muy a menudo, desconocemos y que nos aboca al abismo? ¿Qué ocurre en la habitación de al lado?
Yo no dudaría en pasar esta serie a sesiones de formación para animar a un debate absolutamente doloroso, pero absolutamente necesario.

