Las reacciones en las redes sociales, en la calle, en la opinión publicada y en todas partes a raíz de la muerte del papa Francisco, este lunes, explican por sí mismas el fenómeno de este pontificado. Francisco es un papa que caía bien, así en general: por sus gestos humildes y coherentes, porque se entendía lo que decía y porque lo que decía, o lo que intuíamos, nos parecía bien. ¿Y qué intuíamos? Sobre todo, que la Iglesia católica debía ser útil al mundo fiel al mandato evangélico. Empezando por atender en primer lugar a los excluidos, los “descartados”. A la hora de concretarlo seguramente no estaríamos todos tan de acuerdo (ha combinado decisiones contundentes con la ausencia de reformas reales de gran alcance), pero confiábamos: éste era el camino. Y en un mundo que da heredad, lleno de hostilidades y extremos, con serias nubes planeando nuestro porvenir más cercano, su voz y presencia era el de la esperanza. Así quiso titular el Año Jubilar que estamos viviendo (y su biografía). Esperanza significa atrevimiento, significa huir tanto del pesimismo como del optimismo. Quiere decir camino incierto, de hecho; un camino no trazado sino sólo intuido, hacia delante, hacia los demás, y consciente de los obstáculos inevitables. Esto es, el cristianismo.
Ahora, esta segunda persona del plural que uso no se corresponde sólo a los católicos. Ni a los cristianos. De hecho, muchos de los obstáculos de los que hablaba están dentro. Recordemos que el papa anterior, Benedicto XVI, se cruza ante las enormes dificultades que no tiene ánimo de afrontar. Las reticencias son importantes y el éxito de las reformas depende de que su resultado no implique rupturas. Pero el mensaje y el impacto de Francisco interpela a mucha gente. Tanto otras confesiones religiosas, cristianas o no, como del grueso de indiferentes, agnósticos o ateos que le han tenido de referente.
religiones hay muchas en el mundo. Aquí en Europa el cristianismo baja pero crece en el Sur global, donde también crecen todo lo demás. Lo mejor que pueden ofrecer todas ellas en el mundo de hoy son testigos de esperanza como el de Francisco. De hecho, por eso están ahí y me temo que por eso crecen, a pesar de los augurios modernos. Alguien debe dedicarse a ello porque, ciertamente, a veces la esperanza cuesta mucho.
Con Cataluña el papa Bergoglio fue atento, discreto y respetuoso. Conocía de primera mano a nuestro país, tanto por sus interlocutores como por alguna visita que había hecho antes de ser papa. (“hay que olor a ovejas”) Y también el inicio de la canonización de Antoni Gaudí, que es un inmenso regalo otorgado a finales de su vida que merece la plenitud que predicaba.

