En Los caballeros las prefieren rubias (Howard Hawks, 1953), el personaje de Marilyn Monroe, una suerte de cantante cazafortunas que viaja con su amiga en un crucero para encontrar un marido rico, especula con su compañera de caza sobre por qué el dinero es importante en el amor: «Si una chica pasa todo su tiempo preocupándose por el dinero que no tiene, ¿cómo va a tener tiempo para estar enamorada?». Esta célebre reflexión encapsula una verdad incómoda: cuando las preocupaciones materiales dominan nuestras vidas, el espacio para el amor genuino se ve inevitablemente reducido. En una sociedad marcada por profundas desigualdades económicas y sociales, el amor ya no es solo una cuestión de emociones personales o afinidades románticas; se ha convertido en un campo de batalla donde las estructuras de poder reproducen y perpetúan diferencias. Porque, aunque el célebre «contigo a pan y cebolla» pinta la precariedad de rosa, debemos recordar que «cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana».
El amor, tal como lo conocimos en el cine del siglo XX —ese ideal romántico de encuentro fortuito, pasión desbordante y felicidad compartida—, fue, en muchos sentidos, un invento cultural que parece estar a punto de desaparecer. Aunque es necesario hacer una crítica feminista a estas narrativas cinematográficas que solían relegar a las mujeres a roles secundarios o dependientes, este fenómeno excede los sesgos de género. La pasión de cine no solo era el reflejo de unos ideales románticos, sino también producto de una época donde se daban las condiciones que permitían cierta estabilidad y miras hacia lo desconocido.
Eva Illouz es una de las pensadoras que nos permiten entender esta mutación. A lo largo de toda su obra, ha explorado la influencia de las estructuras sociales y económicas en las dinámicas del amor. Estas desigualdades crean «mercados del amor» donde las personas buscan parejas dentro de su propia clase, refuerzan las barreras y limitan la posibilidad de experimentar el amor con alguien diferente. En un mundo donde todo está parametrizado y las personas viven con miedo a bajar peldaños en la escala social, es muy difícil romper el guion que la sociedad ha establecido. En este contexto, el amor se convierte en una transacción racional en la que cada decisión está calculada para minimizar riesgos y maximizar beneficios. Las aplicaciones de citas y las redes han exacerbado esta tendencia al reducir las relaciones humanas a perfiles predefinidos y criterios cuantificables. Los algoritmos que rigen estas plataformas filtran a los posibles candidatos según factores como ingresos, educación y estatus, eliminando cualquier oportunidad para la sorpresa o encuentro con lo desconocido. Es así como la lógica del mercado amplía las desigualdades existentes e impide que el amor tenga un papel como experiencia transformadora, manteniéndonos dentro de entornos seguros y conocidos. El amor deja de ser una fuerza que nos conecta con lo universal y se reduce a una práctica funcional que reproduce nuestras divisiones sociales.
Tampoco es oro todo lo que reluce. Muchas de esas grandes historias cinematográficas que han representado como nadie ese ideal romántico del siglo XX estaban construidas desde una perspectiva patriarcal, y las mujeres ejercían el papel de objetos de deseo o salvadoras emocionales de hombres problemáticos. El amor romántico, además de ser un noble propósito, ha sido el yugo bajo el cual se han sometido generaciones de mujeres por una falsa promesa de felicidad. Pero, a pesar de la habitual crítica feminista, lo que realmente estaba en juego era la posibilidad de imaginar el amor como algo espontáneo y trascendente. Esa posibilidad parece haberse evaporado, no solo por los roles de género, también por las transformaciones neoliberales de las últimas décadas que han roto las dinámicas de movilidad social.
Las preocupaciones económicas descritas por el personaje de Marilyn Monroe van más allá de la forma en que buscamos pareja, y muestran nuestra capacidad para construir relaciones significativas y sostenibles. En La corrosión del carácter (1998), Richard Sennett explica que las estructuras que antes organizaban la vida cotidiana han sufrido la erosión y el desgaste a las que las han sometido la precarización laboral y la falta de rutinas perdurables. Durante gran parte del siglo XX, las personas podían construir narrativas coherentes sobre sí mismas y su lugar en el mundo gracias a empleos fijos, horarios regulares y comunidades arraigadas. Estas condiciones permitían desarrollar relaciones significativas y sostenibles a largo plazo. Hoy, en cambio, vivimos en un contexto de cambio constante y flexibilidad extrema, donde los trabajos son temporales y las relaciones sociales fugaces. Esta inestabilidad genera una sensación de fragilidad existencial que dificulta la formación de identidades sólidas. Sin puntos de referencia fijos, las personas tienden a volverse defensivas, priorizando la supervivencia inmediata sobre la exploración creativa del mundo, y el amor se ve afectado por la misma incertidumbre que caracteriza otras áreas de la vida. Las personas buscan certezas en sus relaciones, eligiendo parejas que sean «accesibles» y «seguras». En vez de abrirnos a lo diferente, reproducimos nuestras propias limitaciones, privándonos de la oportunidad de conectar con alguien que podría representar algo nuevo o desafiante. El ideal romántico del siglo XX, aunque imperfecto, se sostenía sobre cierta estabilidad social que hemos perdido. Esta permitía, al menos en teoría, que las personas pudieran arriesgarse a amar sin temor a quedarse sin redes de apoyo.
Podríamos hablar también de cómo el amor y el deseo están mediados por estructuras simbólicas y sociales. Para Alenka Zupančič, el amor verdadero implica una apertura radical hacia el otro que trasciende las categorías preexistentes, incluidas las de clase. En este sentido, el amor tiene el potencial de desafiar las estructuras de desigualdad y las barreras sociales. Sin embargo, en un mundo dominado por la inestabilidad y la programación rígida de nuestras vidas, la capacidad para experimentar esta ruptura disminuye. Nos volvemos incapaces de reconocer y valorar lo singular en el otro porque estamos atrapados en patrones repetitivos y autorreferenciales. La rotura del ascensor social limita las oportunidades de encuentro con personas de otros estratos y refuerzan una mentalidad defensiva con el resto. En todo caso, la falta de imaginación para concebir el amor como algo transformador refleja una pérdida más amplia: la incapacidad para relacionarnos con el mundo de manera abierta y receptiva.
Por último, sería interesante entender cómo el amor se ve afectado por el capitalismo neoliberal y las transformaciones de los espacios urbanos, que generan entornos altamente segregados y excluyentes. Las ciudades contemporáneas están organizadas de manera que separan a las personas según su poder adquisitivo. Los barrios de lujo, las zonas periféricas marginadas y los centros de consumo hiperturistificados refuerzan la división social. El amor se ve afectado por la misma lógica de exclusión que caracteriza otros aspectos de la vida urbana. Las interacciones con personas de diferentes orígenes se vuelven cada vez más raras.
El amor de las películas del siglo XX, aunque cargado de idealizaciones cuestionables, representaba una idea poderosa: podía ser una fuerza capaz de trascender todo tipo de barreras. Esa expectativa parece desdibujarse. Además de los cambios culturales —como el feminismo, la redefinición de los roles en las relaciones, etc.— que han transformado nuestra forma de entender el amor, las estructuras mismas de nuestras sociedades han mutado radicalmente. Recuperar el amor como una fuerza que conecta, que desafía las barreras y que nos permite imaginar un mundo más justo, exige algo más que buenas intenciones individuales. Necesitamos repensar las reglas del juego: reconstruir lugares compartidos donde la diversidad sea posible y priorizar condiciones que permitan la estabilidad emocional y material. Solo así podremos escapar de la rueda que atormenta al personaje de Marilyn Monroe, dejar de preocuparnos tanto por el dinero para poder disfrutar más del amor.

