«Tengo que darle gracias a la vida. Y quiero recomendar a la gente joven que lo que se puede llamar triunfar es arrancar y empezar de nuevo cada vez que uno cae». Fue una de sus últimas sentencias de vida en una de las múltiples entrevistas que concedió. Pepe Mujica, el símbolo de la izquierda latinoamericana y referente en todo el mundo, murió el 13 de mayo a los 89 años.
Lo anunció el presidente de Uruguay, Yamandú Orsi, a través de las redes sociales. Mujica, que gobernó el país latinoamericano entre 2010 y 2015, informó a principios de este año que el cáncer que le fue diagnosticado en el esófago se le había extendido al hígado. «Lo que pido es que me dejen tranquilo. Que no me acosen con entrevistas al pedo ni nada más. Se terminó mi ciclo hace rato. Sinceramente, me estoy muriendo y el guerrero tiene derecho a su descanso», dijo entonces.
Exguerrillero y tras una vida comprometida con los más vulnerables, llegó a la presidencia con 75 años en una coalición de izquierda. Creció en un barrio de clase obrera de Montevideo, que fue también un símbolo de la resistencia a la última dictadura en Uruguay.
«Me acusan de marxista. Yo soy un estoico. Tengo una manera de ver distinta. El mundo… Estoy conforme porque hay semillas, hay gente que va a seguir, una generación de militantes, gente que sigue levantando la bandera», dijo Mujica en una entrevista en La Sexta.
Con ese mismo ánimo, Mujica siempre expresó confianza en el ser humano: “Yo me dediqué a cambiar el mundo y no cambié un carajo, pero estuve entretenido y le di un sentido a mi vida. Moriré feliz. Gasté soñando, peleando, luchando. Me cagaron a palos y todo lo demás. No importa, no tengo cuentas para cobrar”, dijo también en una entrevista con El País.
De la cárcel la presidencia
Mientras fue presidente, Mujica evitó vivir en la mansión presidencial.
Permaneció junto a su esposa, la política y exguerrillera Lucía Topolansky, en su modesta casa en las afueras de Montevideo, sin servicio doméstico y con escasa seguridad. Nunca tuvieron hijos.
Esto, sumado al hecho de que vistiera siempre de manera informal, se lo viera a menudo conduciendo su Volkswagen «escarabajo» celeste de 1987 y donara gran parte de su salario, hizo que algunos medios lo llamaran «el presidente más pobre del mundo». Mujica argumentaba que «pobres son los que quieren más, los que no les alcanza nada», añadió. «Esos son pobres, porque se meten en una carrera infinita. Entonces no les va a dar el tiempo de la vida ni nada».
Explicaba que que su pasión por la política, así como por los libros o la tierra, se la transmitió su madre, que lo crió en un hogar de clase media junto a su hermana menor: el padre de ambos murió cuando él tenía 8 años.
De joven fue militante del Partido Nacional, una de las fuerzas políticas tradicionales de Uruguay, que más tarde sería oposición de centroderecha a su gobierno. En la década de 1960 participó de la fundación del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T), una guerrilla urbana de izquierda influida por la revolución cubana y el socialismo.
Fue capturado cuatro veces. En una de ellas, en 1970, recibió seis disparos que casi le cuestan la vida. Logró huir de la cárcel pero volvieron a atraparlo en 1972. Logró fugarse otra vez, pero su libertad duró solo unos meses. Estuvo en prisión hasta 1985. Durante los más de 14 años en prisión sufrió torturas y sobrevivió en condiciones infrahumanas, con largos periodos de aislamiento.
Cuando los militares uruguayos dieron el golpe de Estado de 1973, lo incluyeron en un grupo de «nueve rehenes» tupamaros que amenazaron con matar si la guerrilla volvía a actuar. «Esos años de soledad», explicó Mujica a la cadena BBC «fueron probablemente los que más me enseñaron».
Mujica quedó libre con una amnistía en 1985, al finalizar el régimen militar uruguayo. En ese momento empezó su carrera política. Fue diputado y senador, y en 2005 ministro de Ganadería y Agricultura del primer gobierno del Frente Amplio, la coalición uruguaya de izquierda.
En esos años, su popularidad creció. Recorrió el país sin cesar, hasta convertirse en candidato presidencial del Frente Amplio. Venció en la segunda vuelta de las elecciones de 2009 con casi 53% de los votos. Tenía 74 años.
Eran tiempos de triunfos para la izquierda latinoamericana, que tenía entre sus principales figuras al entonces presidente brasileño Luiz Inácio «Lula» da Silva y a su par venezolano Hugo Chávez. Aunque mantuvo una relación cercana con ambos, Mujica marcó distancia del socialismo chavista y gobernó a su manera, dando muestras de pragmatismo.
Durante su mandato, la economía uruguaya creció a un promedio anual de 5,4%, se redujo la pobreza y el desempleo se mantuvo en niveles bajos.
Cuando terminó su gobierno, Mujica tenía un alto índice de popularidad y fue elegido senador.
En defensa de la austeridad
Mujica se afianzo como referente global de la izquierda a raíz de su discurso en la cumbre Río+20 de la ONU sobre desarrollo sustentable, en junio de 2012 en Río de Janeiro. Ante decenas de jefes de Estado y de gobierno, criticó la sociedad de consumo que, advertía, lleva a la gente a trabajar más para pagar deudas. «Estas cosas son muy elementales: el desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. Tiene que ser a favor de la felicidad humana, del amor a la Tierra, de las relaciones humanas, de cuidar a los hijos, de tener amigos». sostuvo.
La austeridad fue el leitmotiv de su pensamiento político. En septiembre de 2013, en un discurso de 45 minutos ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, criticó la civilización de consumo: «Parecería que hemos nacido sólo para consumir y consumir, y cuando no podemos, cargamos con la frustración, la pobreza y la autoexclusión».
En su serie de más de 100 videocolumnas «Conciencia Sur» en DW Español, José Mujica siguió analizando la realidad política global desde agosto de 2016 hasta diciembre de 2024 desde el jardín de su «chacra», o desde su pequeño cuarto de trabajo.
«Cuando compras algo, no lo compras con dinero, sino con el tiempo de vida que tuviste que gastar para tener ese dinero. Pero con la diferencia de que la única cosa que no se puede comprar es la vida. La vida se gasta. Y es miserable gastar la vida para perder libertad», argumentaba José Mujica.
Durante su gobierno, Uruguay ya había llamado la atención por leyes sociales que aprobó el Parlamento, como la despenalización del aborto, el reconocimiento del matrimonio homosexual y la regulación del mercado de marihuana por parte del Estado. Mujica aseguraba que nunca probó el cannabis y que legalizarlo no estaba en sus planes cuando llegó a la presidencia, pero en pleno mandato decidió hacerlo con el argumento de que la prohibición había fracasado y quería rescatar parte del mercado del narco.
El auge de su figura coincidió con un desencanto con los políticos tradicionales en muchos países y un vacío que Mujica ocupó parcialmente en la izquierda de América Latina, tras la muerte de Chávez y los escándalos de corrupción que salpicaron a Lula.

