Esta primavera he dedicado dos sábados a conversar con más de una veintena de personas a las que no conocía previamente. Hemos debatido sobre la ira, la amistad, la democracia y también sobre temas de actualidad política y social. Ha sido una experiencia intensa, emocional e intelectualmente. Organizada por el Institut Català Internacional per la Pau y el Centre d’Estudis de Temes Contemporanis, la Àgora de debat democràtic quiere ser un espacio de encuentro entre personas de diferentes profesiones y orígenes, con posiciones ideológicas diversas, con la intención de fomentar el diálogo y fortalecer la democracia.
El encuentro se estructuraba a lo largo de tres sábados, en horario de mañana y tarde. Yo solo pude asistir al primero y al tercero, y me perdí una fantástica conferencia de la filósofa Begoña Román sobre la amistad, que —según me contaron después los compañeros— dejó absolutamente fascinados al resto de participantes el segundo sábado.
El primer día, el tema de debate era la ira, y dinamizaba la sesión el escritor Raül Garrigasait, de Casa dels Clàssics. Había que llevar leído de casa un fragmento del libro De la ira, de Séneca. Creo que fue un acierto este planteamiento, porque permitió establecer un diálogo a partir de un tema conocido que a todos nos afecta y que, a la vez, no genera las barreras que pueden provocar algunos temas de actualidad más polarizadores. El buen hacer del dinamizador y las ganas de participar de los asistentes hicieron que el encuentro fuese muy intenso y enriquecedor a todos los niveles.
El tercer sábado, la sesión la conducía el catedrático de ciencia política Ferran Requejo, y los textos a leer eran dos interesantísimos fragmentos de la Historia de la guerra del Peloponeso, de Tucídides. El debate se centró en la democracia, el poder y la guerra.
Me gustaría destacar algunas virtudes de esta propuesta:
En primer lugar, resaltar lo contracultural que resulta, en esta sociedad nuestra de urgencias y relaciones superficiales, pasar casi ocho horas mirándose a la cara con otras personas y escuchándose sin prisas. Incluso en espacios donde existen mecanismos democráticos —pienso, por ejemplo, en los claustros de nuestras escuelas— rara vez se producen procesos de escucha y comunicación de esta intensidad.
En segundo lugar, la riqueza que representa la oportunidad de debatir con personas de posicionamientos ideológicos diferentes y en algunos casos antagónicos. Tenemos una sociedad muy diversa, pero cada vez más encerrada en burbujas sociales e ideológicas que no se comunican entre sí. Esto conduce a los procesos de polarización que todos conocemos y que tanto dificultan el diálogo. Sin espacios como el que representan estos encuentros, ese diálogo será cada vez más difícil, si no directamente imposible.
Por otra parte, en un mundo y unas relaciones sociales cada vez más dominadas por las redes sociales, con sus mensajes breves y polarizadores, resulta también una experiencia casi revolucionaria pasar tantas horas delante de personas de carne y hueso y escuchar sus ideas y argumentos sin tener que reaccionar de forma digital.
Además, vivimos en una democracia formal, pero que está lejos de ser una democracia real. Los parlamentos pocas veces son espacios de debate auténtico y muchos supuestos debates públicos no son más que intercambios de relatos prefabricados. La democracia no debería ser solo unas normas y unas instituciones, sino también un espacio de discrepancias compartidas y de debates reales. Si no generamos espacios donde se produzcan esos debates, la democracia seguirá empobreciéndose y estará cada vez más en peligro de desaparecer.
A todo esto hay que añadir que vivimos en sociedades cada vez más diversas. Muchos defendemos que esta diversidad es positiva, pero a menudo esa diversidad no convive, ni comparte espacios de encuentro. Una sociedad muy diversa sin comunicación entre sus grupos será una sociedad con mayor tendencia al conflicto y a ver al otro como una amenaza. Una razón más para valorar la propuesta de la Àgora de debat democràtic.
Volviendo al funcionamiento del debate, también querría señalar que el diálogo fue fluido y sincero, y que hubo muy buen entendimiento, pero también nos atascamos en algún tema y hubo silencios en algunos momentos. El diálogo real nunca es sencillo, ni resulta fácil abordar todas las cuestiones. Estos espacios de encuentro son muy necesarios, pero tampoco resuelven por sí solos las diferencias que tensionan nuestras sociedades.
Como crítica al planteamiento, creo que entre los participantes había demasiados universitarios, profesores y doctorados. Una sobrerrepresentación de las clases universitarias y profesionales. Habría que extender la experiencia a diferentes profesiones y clases sociales y abrir el debate a otros ámbitos de la sociedad.
Finalmente, dos sentimientos contradictorios: el primero, de extrañeza al salir del encuentro y pensar que difícilmente coincidiré de nuevo con esas personas con las que he compartido horas tan intensas y con quienes me he sentido extrañamente cercano. Confío en que el azar me permita reencontrar al menos a algunas en el futuro. El segundo, un sentimiento de rabia e impotencia al volver a conectar las noticias y ver a algunos líderes construyendo relatos absolutamente falsos y manipuladores que destruyen toda posibilidad de diálogo. Necesitamos diálogo para recomponer la sociedad, pero también confrontación y rechazo hacia quienes no dudan en destruir las condiciones para la democracia con tal de consolidar su poder.
Y para terminar, agradecer a Pablo Aguiar y al ICIP por haberme invitado a una experiencia tan enriquecedora y desear que la iniciativa continúe y pueda celebrar muchas más ediciones. Solo con personas y organizaciones así podremos salir adelante.

