Vivimos en un mundo distópico. ¿Qué significa esto?
Que proyecciones que hace poco tiempo nos hubieran parecido inverosímiles o propias de una película de ciencia ficción, del cuento de la criada, se convierten en una realidad cotidiana y banalizada. Hace pocos años nadie habría imaginado una presidencia tan disruptiva como la que está conduciendo a Donald Trump actualmente, con un personal político que encarna realmente una distopía, la negación de la ciencia, la mofa de la cultura, el cuestionamiento de las formas democráticas y en general de todo el orden internacional surgido de la Segunda Guerra Mundial, que actualmente está siendo puesto en cuestión. Por eso, en el libro hablo del mundo de los depredadores porque parece haber un nuevo orden a redefinir sobre la base de una nueva correlación de fuerzas y de una disputa que hay que dirimir en términos que nada tienen que ver con el mantenimiento del derecho internacional ni de las pautas de conducta entre naciones que han regido durante décadas.
La alternativa la deposita en el socialismo democrático, aunque matiza que debe radicalizarse ideológica y programáticamente. ¿Cómo debería ser esa radicalización?
Entender que lo que estamos viviendo es una nueva configuración del capitalismo, profundamente agresiva, liderada por una élite tecnocrática, tecnofeudal podríamos decir. Estos días se está discutiendo y está circulando mucho el manifiesto de Palantir, que es, de hecho, la formulación ideológica de una de las corporaciones más potentes de inteligencia artificial, que proporciona la inteligencia artificial del Pentágono y de otras agencias estatales americanas, y que encarna la idea de una élite capitalista que cree profundamente como dice su gurú Peter Thiel, que la libertad es incompatible con la democracia. Este planteamiento es muy radical, porque es una reconfiguración del capitalismo que pone en cuestión todo lo que han sido conquistas progresistas del siglo XX, el estado del bienestar, la democracia política y la democracia liberal.
Estamos viviendo una nueva configuración del capitalismo, profundamente agresiva, liderada por una élite tecnocrática, tecnofeudal
El programa socialdemócrata, que es un programa destinado a reducir las desigualdades y proveer un conjunto de derechos a la ciudadanía, difícilmente podrá realizarse si no es con una determinación mucho mayor de la mostrada hasta ahora y con una radicalidad en el sentido de ir a la raíz del problema. La raíz del problema es la profunda desigualdad social que se ha instaurado en las décadas de neoliberalismo de las que salimos y que han engendrado el monstruo de la situación actual, como un alien surgido de las entrañas de la sociedad neoliberal. Tenemos esta distopía, ese intento de destruir, de sobrepasar la democracia e instaurar un orden basado en un dominio de las élites tecnofeudales. La socialdemocracia deberá radicalizarse para ir a la raíz de esa desigualdad, que es la profunda acumulación de riqueza en manos de un pool extremo de la sociedad. Riqueza que significa poder y que implica que el mantenimiento del estado del bienestar, su desarrollo y aún más la transición ecológica que es insoslayable, no podrán ser realizados sin incursiones muy enérgicas en dominios que hasta ahora parecían vetados.
No podremos sostener esta transformación social y este desarrollo del estado del bienestar sin unas políticas muy enérgicas de tasación de los ricos y de embridar y de intervenir de forma voluntarista en los mercados, evolucionar hacia una sociedad con mercado, pero no de mercado.
No podremos sostener el desarrollo del estado del bienestar sin unas políticas muy enérgicas de tasación de los ricos y de embridar a los mercados
Es impensable resolver la profundidad de las crisis que se están gestando sin ese horizonte de cambio muy radical. No se trata de un nuevo programa sino de entender que la realización de este programa histórico de la socialdemocracia, de la redistribución de la riqueza y de avanzar hacia una sociedad más igualitaria deberá hacerse con métodos mucho más enérgicos y dejando atrás políticas que han debilitado el mensaje transformador del socialismo, como han sido los años del neoliberalismo, el hecho de pensar que podríamos avanzar o progresar administrando lo que había. El status quo anterior no volverá. Vamos hacia una sociedad mucho más avanzada socialmente o hacia una distópica de desigualdad y de autoritarismo.
Vamos hacia una sociedad mucho más avanzada socialmente o hacia una distópica de desigualdad y de autoritarismo
¿Por qué hemos llegado a esa situación? ¿Por qué tenemos a Trump de presidente de Estados Unidos y a Milei de Argentina?
Porque el capitalismo ha llegado a una situación de ahogo; en particular, el capitalismo encabezado por el imperio americano. Los años de globalización correspondían ya a la necesidad que tenía el capitalismo de mantener los procesos de acumulación, de deshacerse o rebasar las constricciones que suponían los pactos o los equilibrios de la posguerra. De hecho, la ola neoliberal fue de desregulación y de apertura del comercio mundial, sobre todo una vez que colapsó a la Unión Soviética y parecía que el imperio americano sencillamente era el dueño del mundo, su hegemonía era indiscutible y se había llegado a lo que algunos llegaron a formular, como Fukuyama, como el final de la historia. Es decir, ya no existían más conflictos de modelos a nivel mundial, el liberalismo se imponía como una regla general y la fluidez del comercio y el incremento de la productividad acabarían vertiendo sus beneficios sobre el conjunto de la humanidad y se irían reabsorbiendo los conflictos.
La historia ha demostrado que esto era completamente falso, que en los años del neoliberalismo han facilitado, por una parte, una acumulación extraordinaria de la riqueza en un pool cada vez más reducido de la sociedad y, por otra parte, el desplazamiento de gran parte de la producción industrial de las viejas metrópolis hacia Asia, que ha acabado generando un rival gigante, China. China ha pasado de ser la fábrica del mundo a ser una potencia tecnológica capaz de disputar la hegemonía a Estados Unidos. El capitalismo americano ha detectado como un adversario estratégico y como un peligro existencial el potencial de China.
Todo lo que estamos viendo como conflictos regionales, como la guerra con Irán, es, de hecho, un intento del imperio americano de mantener su control sobre las fuentes de energía, sobre las materias primas y un intento de ahogar el desarrollo y el potencial de China. Estamos llegando a esta situación crítica de tensión sobre las democracias justamente como una expresión de las dificultades del imperio americano para mantener su hegemonía, que intenta resolver de forma cada vez más violenta, cada vez por métodos menos de soft power, incluso en términos militares. Es la expresión de un imperio que percibe su decadencia y no está dispuesto a abandonar la escena de la historia pacíficamente.
Todo lo que estamos viendo como conflictos regionales es un intento del imperio americano de mantener su control sobre las fuentes de energía y las materias primas y de ahogar el desarrollo de China
La derrota de Orban en las elecciones en Hungría y la de Meloni en Italia en el referéndum de reforma de la justicia, ¿permiten pensar que, como dijo Pedro Sánchez en el Global Progressive Mobilisation, los tiempos de la extrema derecha ya han llegado a su fin o es una visión demasiado optimista?
Es una visión demasiado optimista. Es esperanzador, demuestra que hay posibilidades, efectivamente, de contrarrestar y de hacer frente a esa ola reaccionaria, a esa ola de la extrema derecha, pero es prematuro pensar que esto ya significa un cambio de tendencia. La extrema derecha todavía no ha dicho ni mucho menos su última palabra porque a lo que estamos asistiendo ahora es a un ascenso suyo que es el resultado de la expresión de un movimiento muy profundo de las capas tectónicas de nuestra sociedad.
El crecimiento de las desigualdades ha generado una profunda desestabilización de las clases medias, que eran un factor tradicionalmente de estabilidad en los países occidentales. Hace años que las clases medias vislumbran el peligro de su descomposición, de su decadencia, de su declive, tienen miedo, y ese miedo favorece no sólo los discursos de la extrema derecha, sino el desplazamiento de las bases sociales que habían sostenido a la derecha conservadora tradicional, la derecha liberal, con todos sus matices y diferentes expresiones en los países, en las viejas metrópolis industriales, hacia posiciones más radicales.
Vemos desplazamientos que son muy sintomáticos, muy llamativos. El discurso de la derecha se va radicalizando y cada vez se acerca más a la extrema derecha. Cada vez se normalizan más los discursos xenófobos, racistas, de la extrema derecha y son incorporados al discurso de la derecha más tradicional. Lo estamos viendo estos días con la evolución del PP, y de forma muy clara con el pacto de gobernanza que se ha establecido en Extremadura, que, más allá de la importancia demográfica y del peso específico de esta comunidad en la realidad nacional, tiene un poder simbólico muy importante.
El discurso de la derecha se va radicalizando y cada vez se acerca más a la extrema derecha
Significa que la derecha tradicional, la derecha del PP, las fuerzas conservadoras son capaces de asimilar, adoptar y hacer suyo un discurso abiertamente racista, profundamente racista, xenófobo e incluso desafiando la propia legalidad. Esto que aparece a nivel simbólico corresponde a un movimiento social de fondo.
¿Es prematuro pensar que ese movimiento está en retroceso?
Es prematuro pensar que ese movimiento de fondo que es muy importante, que es muy general y que está presente en todas las democracias occidentales se desvanecerá sencillamente porque han tenido algunos obstáculos o el primer contacto con una resistencia democrática a esta acometida. Pienso que hay que ser optimista desde el punto de vista de lo que significan hechos como estos tropiezos de la extrema derecha, el éxito de Mamdani en Nueva York, la reacción popular que vimos en Minneapolis contra las actuaciones del ICE de Trump o el hecho de que en las elecciones municipales francesas las principales capitales hayan permanecido en manos de fuerzas progresistas, del Partido Socialista en París o Marsella o de los ecologistas en Lyon. Todo esto es esperanzador pero no deberíamos perder de vista la potencia de esta ola reaccionaria de fondo y no deberíamos cantar victoria antes de tiempo. Habrá batallas mucho más duras que se perfilan en el horizonte. La extrema derecha no ha dicho su última palabra ni mucho menos y la desesperación y tensión profunda que está en el origen de toda esta evolución en el capitalismo americano es lo suficientemente latente e importante como para entender que el riesgo de fuertes batallas políticas, de nuevas crisis sociales, económicas y de todo orden, está todavía encima de la mesa.
¿Teme que vuelvan los tiempos oscuros del nazismo, del fascismo, del franquismo?
Probablemente no bajo las formas que hemos conocido, pero sí bajo formas autoritarias. El manifiesto de Palantir, al que me refería al principio, dibuja una sociedad sometida a la voluntad política de una élite tecnológica profundamente nihilista y representativa de esta última mutación del capitalismo, que está convencida de que la humanidad es incapaz de elevarse por encima de su situación, de ser ama de su destino, de forjarlo de forma democrática, deliberativa, libre y que no tiene otro concebible más que el de ser guiada por una élite capaz de generar una tecnología disruptiva que permita resolver todos los problemas. Es una fantasía. Tienen un potencial agresivo. El manifiesto de Palantir es un compromiso con esa idea de mantener el imperio.
Dice que la nueva élite de Silicon Valley debe estar agradecida al sistema financiero americano, que le ha permitido alcanzar un potencial y una preeminencia sobre el mundo económico y desarrollar utensilios que cambiarán la configuración del estado y del mundo, que darán un potencial enorme a la capacidad militar de Estados Unidos para seguir rigiendo los destinos de la humanidad. Esta pulsión es profundamente fascista. No en las formas de los desfiles y de la estética que conocimos en los años treinta, pero sí en el sentido de una animadversión profunda a la democracia y un odio y una necesidad de destruir todo lo que representa la esperanza de cambio que está encarnada por la clase trabajadora, sus movimientos, la ilustración, los movimientos progresistas, la idea de una solidaridad, de una cooperación, de una superación de las formas conflictivas que ha conocido la humanidad en los períodos anteriores.
Por tanto, existe una amenaza, efectivamente, de autoritarismo y de nuevas formas de fascismo para las que tendremos que encontrar una palabra más apropiada, porque cuando hablamos de fascismo nos imaginamos, lógicamente, una experiencia totalitaria que corresponde a un episodio histórico muy concreto del siglo XX, pero que enlaza con su espíritu totalitario aniquilador de cualquier forma democrática y de organización del movimiento obrero, de la sociedad civil.
Hay una amenaza de autoritarismo y de nuevas formas de fascismo para las que tendremos que encontrar una palabra más apropiada
Quien ha plantado cara a Trump, a Netanyahu, a la extrema derecha, es Pedro Sánchez. Se ha convertido en una especie de héroe mundial de los progresistas
Está jugando un papel extremadamente positivo y audaz. Es una de las características del estilo de Pedro Sánchez, que tiene esa intuición de por dónde van los grandes movimientos políticos y sociales, y tiene esa capacidad, dicen algunos, de sacar un conejo de la chistera y cuando no le quedan más conejos, cambiar de chistera. Sabe situarse en un punto en el que acaba siendo el primero.
Pedro Sánchez está jugando un papel extremadamente positivo y audaz
Cuando pronunció el ‘No en la guerra’, al inicio de la intervención israelo-americana contra Irán, toda la prensa, incluso la liberal, como La Vanguardia, emitió de editoriales angustiados. «¡Ay que nos quedaremos solos, ay que España quedará aislada, ay que Europa no responderá!». Al final, su ‘No en la guerra’ ha ido arrastrando posiciones, adhesiones muy importantes y significativas. En esto, tiene una gran intuición. El encuentro de la Global Progressive Mobilisation ha sido un éxito y es un buen punto de referencia. Ahora bien, sería necesario que esto fuera más lejos y que no se quedara en una simple demostración de fuerza.
Hay muchas tendencias y fuerzas progresistas en el mundo que quieren imprimir a la humanidad otro rumbo, otro horizonte. Sería necesario que esto tuviera consecuencias prácticas. Sería importantísimo reactivar y dar una nueva vitalidad a la Internacional Socialista, que ha tenido hasta ahora una función más bien simbólica o de coordinación, y sería un marco de organización y fortalecimiento de los partidos socialdemócratas y socialistas afiliados, que les diera un paraguas y que sirviera también para construir una hoja de ruta compartida sobre todo a nivel europeo y a nivel de concordancia de las fuerzas progresistas europeas con el Sur global.
Hay muchas tendencias y fuerzas progresistas en el mundo que quieren imprimir a la humanidad otro rumbo, otro horizonte
¿Es necesario mejorar las relaciones de Europa con este Sur global?
Una de las mayores problemáticas que tiene Europa en estos momentos es la credibilidad de sus valores democráticos, de los valores democráticos que afirma, porque en situaciones críticas en los últimos tiempos ha demostrado desgraciadamente jugar con un doble baremo. Ha sido capaz de alinearse junto a Ucrania contra una agresión, pero ha sido incapaz de defender los derechos democráticos de Palestina frente a un genocidio. Esto ha debilitado enormemente la credibilidad de su mensaje, de su pretensión de ser un faro democrático a nivel mundial ante el Sur global.
Una de las mayores problemáticas que tiene Europa es la credibilidad de sus valores democráticos porque en situaciones críticas en los últimos tiempos ha demostrado desgraciadamente jugar con un doble baremo
Restablecer esta confianza debe ser una responsabilidad de la izquierda, de la izquierda europea sobre todo, que debe coordinar sus esfuerzos para avanzar muy decididamente en Europa hacia su integración, hacia una integración de tipo federativo de la Unión Europea y hacia una autonomía y una coherencia de su actitud y de su posicionamiento en el orden internacional. No puede seguir manteniendo ese doble lenguaje, esa inconsecuencia, ni contar con el paraguas americano porque ya no es un aliado fiable. Tiene que apostar decididamente por una nueva relación con los países donde este doble lenguaje ha abierto o mantenido abiertas y supurando las heridas del viejo colonialismo. Si quiere recuperar y jugar un papel progresista, un papel de referente democrático de defensa del derecho internacional a nivel mundial, debe restablecer vínculos de confianza muy sólidos con los países del llamado Sur global, que sólo confiarán en Europa si es coherente con sus palabras.
La izquierda debe coordinar sus esfuerzos para restablecer la confianza en Europa del Sur global
Algunos analistas dicen que la izquierda, los socialdemócratas, los socialistas, se han centrado demasiado en cuestiones identitarias y han dejado de lado los intereses de los trabajadores
Éste es y ha sido el gran dilema, la deriva de la socialdemocracia hacia el social-liberalismo en los años de neoliberalismo. El social-liberalismo ha tenido encarnaciones muy significativas y reconocibles como Toni Blair en Gran Bretaña o Gerd Schröder en Alemania que fueron una adaptación al marco neoliberal. Lo que hizo la socialdemocracia fue insertarse en ese marco y tener más que una política redistributiva una gestión apaciguadora de ciertas desigualdades. No me atrevería a decir una especie de liberalismo compasivo, pero por ahí iban las cosas. No hace falta exagerarlo porque es verdad que ha tenido siempre cierta sensibilidad social pero la ausencia de un horizonte de cambio, de transformación, porque estábamos ya al final de la historia y eso había acabado impregnando a todo el mundo, ha dado un peso extraordinario a las políticas societales algunas de las cuales no es necesario tratar con desprecio. Ha habido avances y progresos en determinados temas de derechos civiles, matrimonio homosexual y otros, que durante estas décadas han sido defendidos y promovidos desde la izquierda pero más allá de estos cambios societales no se ha hecho frente a un profundo malestar. Los años del neoliberalismo y los años de la globalización, incluso cuando se habló de globalización feliz de los años sobre todo 90, tuvieron un impacto social muy grande, de desagregación de la base social tradicional de las de izquierdas de los grandes bastiones industriales, las cuencas mineras, las grandes concentraciones productivas, que fueron reemplazadas por unas economías más terciarizadas, más de servicios y un desplazamiento de la producción industrial hacia Asia.
Pone el ejemplo de Francia
Francia es un caso emblemático. Unas dos terceras partes de los trabajadores de las grandes multinacionales francesas están en el extranjero. Algunos países llevaron muy lejos la idea de las empresas sin fábricas, con las fábricas fuera. Esto generó una situación de atomización y de precarización de amplios sectores de la clase obrera tradicional y también cuando la crisis financiera apareció, sobre todo en el 2008, una desestabilización y un temor muy grande de las clases medias que vieron el rostro de la decadencia, y ese miedo nunca las ha abandonado. La socialdemocracia durante todos estos años, viendo que perdía peso en sus bases tradicionales que empezaban a ser penetradas por el discurso de la extrema derecha que iba a buscar a los perdedores de la globalización y que conseguía progresivos logros electorales, quiso buscar su apoyo en las clases medias ilustradas progresistas de las ciudades, con estudios universitarios, los hijos y los herederos del estado del bienestar.
Estos hijos y herederos del estado del bienestar, en la medida en que se desagregaba a la clase trabajadora tradicional y que ellos mismos eran desestabilizados, empezaban también a verse polarizados. Las capas superiores se sentían atraídas por las tendencias aspiracionales y las capas medias sentían esa incertidumbre. Durante años la socialdemocracia ha hecho una apuesta por apoyarse electoralmente en estas clases urbanas y por eso también debemos relativizar el éxito de las izquierdas en las elecciones municipales de Francia. Es verdad que ha conservado París, Marsella o Lyon y lo han hecho apoyándose en estas capas sociales pero la masa periurbana, empobrecida, todavía se le escapa y sería una ilusión y una equivocación de la izquierda no ir al cuerpo a cuerpo para reconquistar, reconfigurar y volver a ganar preeminencia sobre lo que es la clase trabajadora, actualmente más atomizada, más debilitada. Sin eso no tendrá la mayoría social ni el empuje ni la fuerza para realizar una transformación social real.
Sería una equivocación de la izquierda no ir al cuerpo a cuerpo para reconquistar y volver a ganar preeminencia sobre lo que es la clase trabajadora actualmente más atomizada, más debilitada
¿Cómo puede reconquistar esta clase trabajadora que le ha dado la espalda?
No basta con el lenguaje. No se trata sólo de hablar, se trata de definir unas políticas que permitan cohesionar a esta clase trabajadora. Estas políticas no pueden ser identitarias, reconocer sencillamente una pléyade de identidades que piden ser reconocidas y que se disputan cuál es más oprimida o más menospreciada. El éxito de Mamdani no se ha basado en la definición de políticas identitarias, sino en respuestas sencillas pero al mismo tiempo muy enérgicas a la situación de la población trabajadora en Nueva York: acceso a sanidad, transporte público, guarderías, acceso a la vivienda, abrir supermercados con precios accesibles.
El éxito de Mamdani no se ha basado en las políticas identitarias sino en respuestas sencillas pero al mismo tiempo muy enérgicas a la situación de la población trabajadora de Nueva York
Respuestas aparentemente muy elementales pero que van a la raíz del problema, de la situación de desigualdad. Y, pese a las limitaciones municipales, Mamdani intenta tasar a los más ricos. La socialdemocracia puede reencontrar su base social y reorganizarla. Esto obliga a dejar atrás los años y modos y políticas de la época neoliberal.
Hay un capítulo de libro que titula “¿Derribar el feminismo?”. Cuestiona cómo se ha enfocado la cuestión de las personas trans. ¿Tiene este debate importancia en la pérdida de apoyo de la izquierda?
Ha tenido y tiene importancia porque este debate ha hecho mucho daño, sobre todo, a una de las fuerzas transformadoras más importantes y revolucionarias de nuestro tiempo que es el feminismo. Revolucionario en el sentido que plantea de la forma más radical la cuestión fundamental, que es la de la igualdad. Y en la medida en que el feminismo, históricamente, con su identificación del patriarcado, de todos los dispositivos culturales y materiales de dominación de los hombres sobre las mujeres, ha detectado o puesto el dedo en la llaga sobre algo funcional y estructural de todos los sistemas de desigualdad y de explotación.
El transgenerismo es una corriente que viene de la posmodernidad. Publico un artículo que se titula, «Judith Butler está sobrevalorada», porque pienso que, desde el punto de vista del nivel filosófico y del nivel del pensamiento, es, y me permito una expresión que puede parecer exagerada, muy mediocre. No despunta por nada, pero es muy funcional con la ideología neoliberal individualista. Amélia Valcárcel o Rosa Cobo lo han identificado muy bien y dicen con acierto que todo cambio de época comporta una redefinición del papel de la mujer. Y esa ola reaccionaria de fondo que ha surgido de las entrañas del neoliberalismo y del individualismo conlleva una redefinición del papel de la mujer en un rol de nueva servidumbre.
El feminismo ha planteado hasta finales del siglo XX una agenda internacional para la igualdad muy potente. Y lo que tenemos en frente ahora es una reacción ante la amenaza que supone ese avance de los derechos de las mujeres, una reafirmación que va vinculada a la ola autoritaria del papel preeminente del hombre. El feminismo es muy colectivista, plantea derechos y conquistas colectivas y un movimiento solidario. El neoliberalismo y la posmodernidad plantean un escepticismo frente a todo esto. Margaret Thatcher decía que no hay sociedad. La posmodernidad desconfía de la ilustración, de la idea de progreso, de la idea de esfuerzo colectivo. Representa una actitud escéptica y desmoralizada sobre el futuro de la humanidad y el esfuerzo colectivo. Y cuestiona el feminismo. Por eso Judith Butler habla de derribar este concepto del feminismo, dice que la idea de mujer no es más que una construcción. Incluso lo que llaman la realidad biológica de la mujer es indiferente o subsumida en una construcción meramente cultural. Entonces todo termina siendo individual, todo acaba siendo una construcción de lenguaje. Y esto ataca profundamente las raíces del feminismo y su combate por la igualdad. Acaba siendo un viaje por el que una cierta misoginia se instala y penetra dentro del movimiento feminista.
Misoginia ¿en qué sentido?
El transgenerismo considera que la prostitución es un trabajo e incluso puede ser una fuente de identidad cuando el feminismo la había identificado históricamente, con acierto, como una forma de esclavitud, de deshumanización y de explotación extrema de la mujer y como un factor de reproducción constante de los prejuicios y estereotipos de dominación machista. Considera que la pornografía es una expresión cultural e incluso lo he oído de gente de izquierdas que dice que la pornografía podría ser un elemento educador en la sexualidad de cara a adolescentes y jóvenes, cuando es la escenificación de la violencia erotizada del hombre sobre la mujer con una brutalidad y con unas proporciones inauditas. O que los vientres de alquiler pueden ser una forma de altruismo. Cuando una corriente expresa que ser una mujer pueda identificarse con un sentimiento o que las personas puedan haber nacido en cuerpos equivocados, es profundamente reaccionaria, anticientífica, ante la que la izquierda ha cedido mucho, demasiado, por la manía de respetar todo lo que se presentaba como nuevas identidades, pero en realidad lo que hay detrás de esta dinámica es el cuestionamiento del esfuerzo colectivo de emancipación. Lo considero un movimiento profundamente reaccionario. Decirlo de esta forma tan seca puede parecer brutal porque puede ser conducido y defendido por gente con buenísimas intenciones. Ése no es el problema. Sabemos que el camino del infierno a veces está sembrado de magníficas intenciones, pero ideológicamente es un movimiento reaccionario que socava los cimientos más progresistas, más dinámicos y más transformadores del feminismo que les amenaza. Este debate está mal resuelto, mal digerido, por la izquierda, pero tarde o temprano deberemos resolverlo.
¿Cree que la extrema derecha caerá por su propio peso o seguirá creciendo?
No, la extrema derecha no caerá por su propio peso, habrá que vencerla y habrá que hacerlo reconquistando y disputándole la base social que hoy intenta disgregar y evitando la fractura social que pretende, con cierto éxito, instaurar. Como concejal, me he encontrado en algún Consell de Barri con discursos de extrema derecha de personas que planteaban de forma populista y demagógica, por ejemplo, que habían ido a pedir ayuda a los servicios sociales y que no habían sido bien atendidos pero que, en cambio, los inmigrantes eran bien atendidos.
Esto es mentira, pero puede funcionar por qué, desde el punto de vista de la percepción popular, en audiencias donde esto se ha dicho, he podido constatar que no ha habido una reacción airada contra estas palabras, sino una reacción sino de asentimiento, de aceptación de esta percepción, de este diagnóstico. La extrema derecha no va a desaparecer porque en la medida en que no tengamos los servicios públicos bien dimensionados y puedan aparecer cuestiones elementales como el acceso a los servicios sociales o a la vivienda como un bien escaso en disputa entre pobres, no conseguiremos desmontar su discurso, que se basa en la percepción de una amenaza identitaria. A la extrema derecha no la venceremos sólo con discursos sino con políticas sociales muy avanzadas.
A la extrema derecha no la venceremos sólo con discursos sino con políticas sociales muy avanzadas
No la venceremos si no tasamos a los ricos y encontramos los recursos necesarios para mantener y desarrollar el estado del bienestar y para gestionar una transición ecológica justa que no la paguen los más pobres. Si no hacemos esto con audacia y con determinación no venceremos a la extrema derecha. No será suficiente con discursos moralizadores, porque a la gente le resbala cuando sus condiciones de vida son precarias y piensa antes en las exigencias de la supervivencia cotidiana que en los discursos más elevados. Difícilmente podremos hacer que estos discursos progresistas tengan fuerza y se conviertan en una realidad material si no los acompañamos, si no los sostenemos con políticas y acciones realmente transformadoras.

