Desde los desiertos de Sonora, donde la frontera se confunde con la intemperie y la violencia deja marcas visibles e invisibles sobre el territorio, la antropóloga mexicana Natalia Mendoza lleva años observando aquello que a menudo escapa a las explicaciones convencionales. En El extravío de los signos, una de las intelectuales más agudas de América Latina explora qué ocurre cuando el horror altera nuestra capacidad de comprender el mundo.
Conversamos con ella sobre violencia, miedo, lenguaje y las formas de resistencia que sobreviven incluso en los paisajes más devastados.
Hay lugares que se habitan y lugares que terminan habitándote. Sonora pertenece a esta segunda categoría. Un territorio inmenso donde el desierto parece no tener fin, donde la frontera atraviesa geografías y vidas, donde la belleza y la brutalidad conviven bajo el mismo sol inclemente.
Gracias a amigos sonorenses he aprendido que el desierto nunca está vacío. Está lleno de rastros. De historias. De ausencias. De personas que cruzan, desaparecen, sobreviven o resisten. También de signos que solo saben leer quienes han aprendido a escuchar el silencio.
Natalia Mendoza es una de esas personas. Antropóloga, investigadora y observadora excepcional de las transformaciones que la violencia ha impuesto sobre México, lleva años estudiando cómo el crimen organizado, el miedo y la incertidumbre alteran no solo la vida cotidiana, sino también las formas en que las sociedades producen sentido.

Su libro “El extravío de los signos” es un ensayo tan incómodo como necesario. Lejos de las interpretaciones rápidas o de las narrativas simplificadoras sobre la violencia, Mendoza se adentra en una pregunta más profunda: qué sucede cuando el horror desordena los códigos con los que interpretamos la realidad, cuando las certezas se vuelven frágiles y entender el mundo se convierte en una tarea cada vez más difícil.
En tiempos de ruido permanente, la autora reivindica algo poco frecuente: la atención. La capacidad de observar los detalles, de descifrar las señales dispersas, de comprender cómo las personas intentan orientarse cuando el sentido parece haberse roto. Porque quizá la violencia no solo mata cuerpos. También erosiona los lenguajes con los que nombramos lo que ocurre.

