Este año se cumplen noventa años de las jornadas que transformaron Barcelona en una ciudad empoderada por el movimiento obrero. Entre el 18 y el 21 de julio de 1936, la ciudad vivió cuatro días que cambiarían los signos de los tiempos. La derrota de la insurrección militar abrió las puertas a una situación insólita: la coexistencia de dos poderes. Por un lado, el poder legal de la Generalitat y las instituciones republicanas; por el otro, el poder real que emanaba de las calles, de los sindicatos y de los comités obreros que habían contribuido decisivamente a derrotar los sublevados. Durante aquellas horas decisivas, Barcelona se convirtió en el escenario de una auténtica revolución social que alteraría profundamente la vida política, económica y social del país.

La tarde del sábado 18 de julio de 1936, Barcelona presentaba un cielo sereno, sin nubes y con aquella luz radiante característica de los días de verano. Desde la calle se podían ver las ventanas abiertas de las viviendas con las persianas medio recogidas y las cortinas blancas que se movían, suavemente, con el poco aire que corría.  

Hacia las dos y media, las Ramblas eran un ir y venir de gente. Algunas mujeres hablaban en corro ante el mercado de la Boquería. Bajo el brazo llevaban fruta y verdura envuelta en hatillos que habían comprado a Pepeta Raspall, una de las vendedoras más conocidas del mercado. En su puesto ofrecía productos de proximidad recién cosechados de los huertos del Baix Llobregat. Mientras tanto, los tenderos de algunos establecimientos empezaban a bajar las persianas de hierro. Los basureros subían Ramblas arriba lentamente, sin ánimo, arrastrando las grandes escobas de ramas. Otros peatones bajaban más decididos con paso rápido hacia el Cine Edén de la calle Nou de la Rambla. Se proyectaban tres películas en sesión continua, desde las cuatro de la tarde, con una obra maestra de Claude Rains, El hombre invisible. Pero antes era costumbre tomar el café en la terraza del Bar Think-Halle, donde cada sábado los limpiabotas se sentaban en un taburete a la espera de algún cliente. 

En el centro de la ciudad, pues, se vivían las últimas horas de calma antes de la tormenta que se divisaba. El día antes, el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, informó a los sindicatos sobre la insurrección militar en Marruecos. Bien pronto en los ateneos libertarios corrió el rumor de ruido de sables en los cuarteles de Barcelona. El gobierno de la Generalitat estaba al tanto de los movimientos a través de sus confidentes dentro del ejército, y también la CNT, la fuerza sindical mayoritaria en Cataluña, que se había preparado para pasar la noche en vela ante los cuarteles con armas procedentes de armerías asaltadas o requisadas, ante la negativa de Companys de repartir armas entre los civiles. Había que hacer frente a la conspiración militar inminente pero el comisario general de orden público del gobierno catalán, Frederic Escofet, quería evitar, como Companys, la distribución de armas a las organizaciones obreras, por miedo a que se desencadenara una revolución social.

El llamado «oasis catalán», estaba a punto de agrietarse. A partir del día siguiente algunas amistades se convertirían en silencios, muchas conversaciones en sospechas, y una cantidad significativa de familias barcelonesas descubrirían lo que era pasar hambre de verdad. Nadie habría imaginado aquella tarde de julio que, dos años más tarde, el hambre transformaría la ciudad. Sobre todo a partir de 1938, cuando los bombardeos de la aviación fascista, la escasez y el racionamiento hicieron desaparecer los gatos y palomas del ecosistema urbano.

A partir del día siguiente algunas amistades se convertirían en silencios, muchas conversaciones en sospechas, y las familias barcelonesas descubrirían qué era pasar hambre de verdad

El día siguiente, domingo 19 de julio, los rumores se hicieron realidad. Hacia las cuatro de la madrugada, las tropas sublevadas salieron de los cuarteles situados en la periferia de la ciudad. De Pedralbes a San Andreu, pasando por el barrio de Girona, hasta llegar al mar por el barrio de Docks y de Jaime I. Cerraban el perímetro de los barrios de Lepanto y Tarragona.  

En el Eixample, al poco de amanecer, algunos vecinos escucharon disparos procedentes de la calle Urgell. Fue entonces cuando también sonaron las sirenas de los talleres y las fábricas dando la señal de alarma. El objetivo del regimiento de infantería número 13 del cuartel del Bruc era llegar a la plaza Cataluña para hacerse con el control de los enclaves estratégicos (Hotel Colón, Casino Militar, Nueva Maison Dorée y la Telefónica). En pocas horas un escuadrón de militares rebeldes llegó a la plaza Universidad. Posteriormente, se supo que los rebeldes usaron el edificio universitario para retener personas detenidas por las calles por donde pasaban.  

El sonido seco de los fusiles también rebotaba entre las fachadas de la calle Córcega/Roger de Llúria, muy cerca del cruce del Cinco de Oros (hoy, Diagonal/Paseo de Gracia), punto de encuentro de los sublevados de los cuarteles de Girona y San Andreu. 

En la plaza de España los sediciosos instalaron dos piezas de artillería en dirección a Creu Coberta para bombardear las barricadas defensivas levantadas por los vecinos y los obreros del barrio de Sants. Un escuadrón rebelde se dirigió Paralelo abajo hasta la plaza del Teatro, donde se produjo una confrontación armada con los confederales (CNT-FAI).

Después de seis horas de combate entre los militares golpistas y las fuerzas de orden público, que contaban con el apoyo de civiles anarquistas, poumistas, socialistas y de formaciones catalanistas radicales, la situación no se decantaba por ningún bando. No obstante, las fuerzas rebeldes adoptaron una estrategia de resistencia, refugiándose en el convento de las Carmelitas, en el edificio del Molino, los Astilleros y las Dependencias militares.

Después de seis horas de combate, la situación no se decantaba por ningún bando. No obstante, las fuerzas rebeldes adoptaron una estrategia de resistencia

Viendo la situación en Barcelona, y después de que las islas Baleares hubieran quedado bajo el control de los militares sublevados, el general Manuel Goded decidió volar hasta Barcelona en un hidroavión para ponerse al frente de la insurrección. Aun así, al llegar ya no tuvo margen de maniobra para cambiar la situación y en pocas horas acabó detenido y obligado a ordenar por radio la rendición de los militares que todavía resistían. 

De hecho, la intervención de la Guardia civil, con el coronel Escobar al frente, fue clave en favor del gobierno de la Generalitat y precipitó la rendición de los últimos focos de resistencia rebelde. Uno de los combates más feroces tuvo lugar en plaza Cataluña, donde precisamente la acción conjunta de la Guardia Civil, la Guardia de Asalto y los milicianos obligaron a los sublevados a rendirse. 

Después, el paisaje era desolador. Vehículos parados, cadáveres de combatientes y caballos tendidos en el suelo. Se respiraba un aire denso con una mezcla de olores de humo, pólvora y caballos muertos en medio de plaza Cataluña. Algunos de los caballos empezaban a hincharse y descomponerse. El calor también aceleraba la descomposición de los cadáveres de los combatientes. Las farmacias céntricas abrieron siguiendo las indicaciones del gobierno de la Generalitat. No daban abasto para asistir a los numerosos heridos. El Clínic se colapsó con los heridos graves y muertos. El doctor Trias, director del centro sanitario, se desplazó en ambulancia desde su residencia para poner orden. La cifra de víctimas en las 24 horas de combates y de los días siguientes se saldó con 450 muertos y más de 2.000 heridos.     

El lunes 20 de julio, el ensañamiento desatado sobre los rebeldes rendidos en las Carmelitas y los Astilleros hizo presagiar que se iniciaba un camino vengativo de no retorno. Durante la misma tarde de lunes se prendió fuego a la sede de la formación conservadora de la Liga Catalana del paseo de Gracia y se confiscó la vivienda de su dirigente, Francesc Cambó, situada en la vía Laietana. El día siguiente, martes, se asaltó la sede social del Club Republicano, afín al Partido Radical de Lerroux. También se quemaron algunos edificios religiosos en un clima de euforia revolucionaria. En algunos balcones y ventanas aparecieron distintivos blancos, un gesto improvisado con el que muchas familias no querían ser identificadas como colaboradoras de los «pacos», los francotiradores ocultos partidarios del golpe de estado que disparaban desde azoteas y edificios. 

El asalto y la confiscación de 30.000 fusiles del cuartel de San Andreu por parte de los milicianos anarquistas significó un punto de inflexión. El poder real estaba ahora en manos del pueblo. Milicianos armados, obreros, mujeres celebraban la derrota de los militares sublevados encima de los camiones requisados. No solo se había vencido el golpe de estado, sino que se iniciaba un nuevo orden revolucionario que se alargaría hasta inicios de septiembre. 

No solo se había vencido el golpe de estado, sino que se iniciaba un nuevo orden revolucionario que se alargaría hasta inicios de septiembre

Lejos de resignarse a quedar relegado, Lluís Companys intentó recuperar la autoridad de la Generalitat mediante una política de pacto e integración de las fuerzas obreras. La creación por decreto el día 21 de julio del Comité Central de Milicias Antifascistas respondía, en parte, a la voluntad de incorporar el nuevo poder revolucionario a una estructura coordinada y evitar que la Generalitat quedara desautorizada. 

El 23 de julio salieron las primeras columnas hacia el frente de Aragón. El reclutamiento se realizaba a través de las organizaciones políticas y sindicales. Y lo hacían cuando todavía colgaban los carteles de la campaña «Semana contra la Guerra» y de la Olimpiada Popular que no se celebró, testigos de una ciudad que, hasta pocos días antes, había querido presentarse al mundo como un espacio de paz, antifascismo y fraternidad internacional. 

Durante aquellos días de julio, la Rosa de Fuego despertó de nuevo. La ciudad obrera y rebelde volvía a hacer historia entre el entusiasmo revolucionario, la esperanza de cambio social y las incertidumbres del futuro.

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Quim Pastor Esqueu

Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad de Barcelona. 30 años dedicados a la docencia en eta postobligatoria. Autor del libro «La vida sota les bombes» de la colección Guerra Civil a Catalunya (Naono, 2008).

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