La pregunta puede hacer sonreír. Tiene algo de chiste tecnológico, como aquellos disquetes de tres pulgadas o los CD-ROM que un día parecían fundamentales para conservar nuestros recuerdos eternos y que hoy son casi piezas de museo. Pero detrás de esa aparente frivolidad se esconde una cuestión mucho más profunda: ¿cómo preservaremos la memoria de una sociedad que cada día genera millones de documentos digitales, pero que cambia de formatos, plataformas y tecnologías a una velocidad vertiginosa?
Quizá nunca habíamos acumulado tanta información, tanto conocimiento. Y, paradójicamente, quizá nunca había sido tan frágil. En esta nueva conversación de Catalunya Plural, nuestro director, Pere Ortín, habla con Marc Hernández Güell, tecnólogo y director de La Tempesta.cc, para abordar un debate que a menudo queda eclipsado por el entusiasmo tecnológico, pero que será decisivo para entender el futuro de la cultura, los museos, los archivos y, en definitiva, de nuestra inteligencia y también de nuestra memoria colectiva.
Durante muchos años hemos identificado la transformación digital con la digitalización. Escanear documentos, subir colecciones a internet o crear nuevas plataformas parecía suficiente. Pero hoy esa idea ya se ha quedado pequeña. Ahora toca preguntarse, como hace Marc Hernández junto a su equipo, no solo cómo digitalizamos el patrimonio, sino cómo conseguimos que siga siendo vivo, accesible y relevante en una época dominada por los datos, los algoritmos y la inteligencia artificial.
¿Qué ocurre cuando los responsables de los archivos y los museos se encuentran con los tecnólogos? ¿Hablan el mismo idioma? ¿Comparten las mismas prioridades? ¿Las instituciones culturales siguen entendiendo el mundo digital como un simple escaparate o ya han asumido que supone una transformación profunda de su forma de trabajar y de relacionarse con la ciudadanía?
Son preguntas que van mucho más allá de la tecnología. Hablan de cultura, de democracia y, sobre todo, de poder. Porque la irrupción de la inteligencia artificial no solo cambiará la manera en que buscamos información. También modificará la forma en que descubrimos una obra de arte, consultamos un archivo histórico o interpretamos nuestro patrimonio. Puede convertir millones de documentos invisibles en conocimiento accesible. Pero también puede amplificar sesgos, consolidar monopolios tecnológicos o dejar en manos de algoritmos decisiones que hasta ahora considerábamos responsabilidad de las instituciones públicas.
La conversación con Marc Hernández Güell nos invita precisamente a reflexionar sobre ese punto de inflexión. Sin tecnofobia, pero también sin ingenuidad. Porque detrás de cada avance tecnológico siempre hay preguntas políticas, sociales y éticas que no podemos dejar exclusivamente en manos de los ingenieros o de las grandes corporaciones digitales.
Hay además otro debate que atraviesa toda la conversación: el del conocimiento abierto. En una época en la que los datos se han convertido en el nuevo petróleo, ¿qué sentido tiene privatizar el patrimonio cultural? ¿Quién debería controlar las enormes cantidades de información que generan museos, bibliotecas y archivos? ¿Qué límites no deberíamos traspasar si queremos que la tecnología siga estando al servicio del bien común?
Estas preguntas afectan a la cultura, pero también a la educación, la sanidad, la ciencia y al conjunto de los servicios públicos. Por eso la conversación acaba trascendiendo los museos para convertirse en una reflexión mucho más amplia sobre qué modelo de sociedad estamos construyendo. Dentro de cincuenta años, cuando una nueva generación intente comprender quiénes fuimos, ¿qué encontrará? ¿Un relato rico, plural y crítico? ¿O una memoria filtrada por los intereses comerciales de un puñado de plataformas globales? ¿Qué deberíamos estar preservando hoy para que el futuro no herede una historia incompleta, sesgada o profundamente injusta?
Durante siglos, las sociedades han luchado por decidir quién escribía la historia. Hoy la pregunta es otra: ¿quién escribirá la memoria cuando ya no sean las personas, sino los algoritmos, quienes ordenen el conocimiento del mundo? La respuesta no es tecnológica. Es política, cultural y democrática. Por eso esta conversación no trata solo de museos, archivos o inteligencia artificial. Trata del derecho colectivo a recordar sin que nadie decida por nosotros qué merece seguir existiendo y qué puede ser borrado para siempre.