En los años en que para quedar en grupo se utilizaba el teléfono fijo y el método de la cadena, que la música se enlataba en discos y casetes, que nos recomendamos y prestábamos, que no sabías cómo te habían quedado las fotografías hasta una semana después, que el turismo sólo nos visitaba de junio a septiembre y que el ferrocarril que subía a la Autónoma iba tan abarrotado como el metro de Tokio, en aquellos años de empanada mental y escasa épica generacional un grupo de chicos y chicas hicimos amistad mientras estudiábamos periodismo y publicidad.
La amistad todavía perdura, en especial por parte de ellas, que siempre fueron el epicentro del grupo. Pero he aquí que uno de los chicos ha revisitado aquellos años felices para reconciliarse (y reconciliarnos) con su momento más triste: el del amigo que puso fin a su vida sin que absolutamente ninguno de los otros lo supiéramos anticipar. Y lo ha plasmado en una novela gráfica, un cómic, cargado de sensibilidad, humor y amor. Y en la que el yo adulto hace las paces con el yo joven a través de un viaje que, ahora lo sabemos, el autor tenía pendiente hacía más de treinta años. Una obra que, de hecho, no es una despedida, sino un reencuentro.
El cómic se titula Son cuatro días y lo firma Joan S. Luna, un nombre que a los de la carrera no nos acaba de resonar, ya que allí siempre fue Joan Sancho. Más adelante, desde Mondo Sonoro y adoptando su apellido materno como marca personal, Joan Luna se convirtió en un referente de la crítica musical en Cataluña y más allá. El día de la presentación, la mayor parte de los asistentes escuchaban las explicaciones de Luna, mientras que los compañeros de la facultad sólo podíamos ver a Sancho, posiblemente porque la carcasa externa la mantiene bastante intacta y sigue siendo el mismo buen tipo de siempre.
Tratándose del periodista que es, pero sobre todo de la época que retrata, la música está muy presente en el cómic. El mismo título sale de una canción de El Último de la Fila, el grupo con el que todos asociamos a ese amigo perdido. Era un chico divertido en la distancia corta, más bien tímido, pero que después de unas cuantas birras podía ponerse a cantar a capella alguna del Último, Los Burros o Los Rápidos. Y por eso todavía hoy, más de treinta años después, si escuchamos la voz de Manolo García automáticamente nos sale el reflejo pavloviano y pensamos en él. En aquel chaval que, como todos, buscaba su encaje en el mundo, en esa manera de moverse y de risa, y en lo que se le pasaría por la cabeza y por qué nos no lo olimos.
Esta pregunta seguro que nos la hemos hecho internamente todos los que habíamos sido sus amigos. Y con más intensidad que nadie, Joan. Esto se respira en la obra. Y no dice mucho de mí que nunca hubiera pensado en los sentimientos del mejor amigo del amigo.
A excepción del autor, que aparece con su nombre real, el resto están cambiados deliberadamente (servidor, con otro nombre, tiene un papel muy menor). Las fechas se han movido un poco de sitio, y algunos diálogos y situaciones en realidad nunca existieron, o son fruto de recuerdos subjetivos. Y, sin embargo, la obra es fiel a unos tiempos y unos hechos. Y lo es en buena parte gracias a las ilustraciones de Jordi Pastor, que capta la inocencia e inseguridades de los dos personajes centrales, y retrata ese momento en que se salía de fiesta pululando por Ciutat Vella, sin itinerario fijo porque carecíamos de la calle o la zona de bares que tenían y tienen tantas ciudades. El carrer Ample es lo que más se le parecía, si bien la mayor parte de noches la ruta desembocaba en la Plaça Reial, el espacio donde la tapa del libro sitúa a los dos protagonistas.
Más allá de hacer las paces con su duelo particular, la principal gracia del libro es que Joan y Jordi han sido capaces de abordar un tema tabú en un formato inesperado. Y de acercarnos al sentimiento de quienes se quedan, un sentimiento complejo y mutante, que va de la culpa a la disculpa. Pero no es una obra lacrimógena, al contrario, rezuma la felicidad de los tiempos vividos y un sincero homenaje a la amistad. El personaje Joan no se limita a contarnos su historia, sino que da saltos en el tiempo, y ahora es alguien que quiere entender el suicidio y que para ello se entrevista con personas que lo han vivido de cerca. Como él, pero seguramente en una etapa más madura y reflexiva de sus vidas. Joan busca respuestas. Y no nos las dice, pero creo que las encuentra.
Si quieren saber más, desde una óptica estrictamente formal, les recomiendo la reseña publicada en este mismo espacio por el experto en cómics Jordi Ojeda: El dolor congelado: romper el tabú del suicidio a través de la narrativa gráfica.
