Hay semanas en las que parece que la política deja de discutir políticas públicas y se dedica a debatir sobre s misma. Mientras la vivienda sigue expulsando a miles de personas de sus barrios, la salud y los servicios públicos acumulan tensiones y la desigualdad sigue creciendo, el debate público parece estar dominado por vetos, filtraciones, purgas internas, equilibrios de poder y disputas de liderazgo. La preparación de las candidaturas para las próximas elecciones ha ofrecido un nuevo ejemplo.
La convocatoria a elecciones legislativas del 29 de noviembre ha acelerado las negociaciones internas para construir candidaturas, acaparando titulares y programas de entrevistas. En solo unos días, hemos sido testigos de debates públicos sobre luchas abiertas por el control de aparatos partidistas y discrepancias que se han expresado más en términos de lealtades y rivalidades que en proyectos políticos. El foco a menudo no está en los programas o propuestas, sino en quién entra y quién sale, quién gana influencia, quién pierde cargos o qué líder ha logrado imponer sus criterios.
Que los partidos elaboren sus listas es normal y necesario. El problema surge cuando es más difícil identificar el debate político detrás de las decisiones que las rivalidades personales que las condicionan. Con demasiada frecuencia, las discrepancias fundamentales quedan eclipsadas por una lucha por el liderazgo.
Que los partidos elaboren sus listas es normal y necesario. El problema surge cuando es más difícil identificar el debate político detrás de las decisiones que las rivalidades personales
Los vetos se han convertido en una herramienta común en la política contemporánea. Lo hemos visto en los últimos días en diferentes espacios políticos, donde las negociaciones sobre candidaturas han estado marcadas tanto por incompatibilidades personales como por divergencias estratégicas. A menudo es difícil discernir dónde termina el debate político legítimo y dónde comienzan las animosidades personales. Cuando esta frontera se difumina, los ciudadanos tienen la percepción de que las decisiones se toman menos para defender una idea del país que para resolver equilibrios internos o resolver asuntos pendientes.
Una parte creciente de la opinión pública tiene la sensación de que muchas de las decisiones que marcan la agenda política no nacen de una reflexión sobre la sociedad que quieren construir, sino de cálculos de poder, equilibrios internos y vetos cruzados. Aunque la calidad de los servicios públicos sigue preocupando a la población, gran parte de la conversación política gira en torno a quién controla una organización o quién ha ganado en la última batalla interna.
Esta forma de funcionar no es exclusiva de ninguna ideología. La encontramos tanto en la derecha como en la izquierda, en las esferas catalana y española, en partidos grandes y pequeños. Los acrónimos cambian, los protagonistas se renuevan y los discursos se reformulaban, pero el patrón suele ser el mismo. Los vetos han acabado convirtiéndose en una herramienta habitual en la política contemporánea. Algunos se dirigen contra oponentes políticos; otros afectan a personas en el mismo espacio o en la misma organización. A veces se formulan explícitamente y, en otras ocasiones, operan de forma más discreta. En cualquier caso, con demasiada frecuencia responden a incompatibilidades personales más que a profundos desacuerdos programáticos.
Cuando esto ocurre, la política deja de percibirse como un espacio de construcción colectiva y empieza a parecer una competencia permanente entre figuras que disputan el poder y el protagonismo. Las consecuencias son visibles. La desafección crece, el desinterés se extiende y el malestar aumenta. Mucha gente tiene la impresión de que sus preocupaciones diarias han quedado relegadas a un segundo plano mientras los líderes concentran sus energías en disputas internas difíciles de entender y aún más difíciles de justificar.
Las consecuencias son visibles. La desafección crece, el desinterés se extiende y el malestar aumenta. Mucha gente tiene la impresión de que sus preocupaciones diarias han quedado relegadas a un segundo plano
Aquí es donde surge gran parte de la distancia entre los representantes y los representados. La confianza es un activo frágil: lleva tiempo construirla, pero puede deteriorarse muy rápidamente cuando los ciudadanos perciben que la principal preocupación de sus líderes es preservar o ampliar los espacios de poder.
Cuando hablamos de liderazgo transformador, no como una teoría abstracta, sino como una práctica esencial para afrontar sociedades cada vez más complejas, diversas y polarizadas, nos referimos a un liderazgo basado en cuatro valores: empatía, visión, coraje y coherencia.
La empatía nos permite entender qué es lo que realmente preocupa a los ciudadanos y evitar quedar atrapados en la dinámica del despacho. La visión ayuda a construir horizontes compartidos más allá de las próximas elecciones. El valor requiere tomar decisiones difíciles cuando el interés general lo requiere. Y, por último, la coherencia conecta las palabras con los hechos y da credibilidad a los proyectos.
Si miramos la política catalana y española a través de estos cuatro valores, surge una conclusión inquietante. Quizá el problema no sea la falta de liderazgo visible. Hay muchos protagonistas. También hay presencia mediática, personalización de la política y exposición constante de líderes. Lo que falta son figuras capaces de generar confianza, esperanza y un sentido de proyecto compartido.
La democracia necesita debate, desacuerdo y confrontación de ideas. Necesita pluralidad y competencia política. Lo que no se puede permitir es quedar atrapado en una dinámica permanente de egos en competencia, vetos cruzados y fobias personales.
Porque cuando la política se convierte en una batalla de liderazgo personal, todos pierden. También aquellos que aparentemente ganan la disputa del momento. El que pierde con más claridad es una ciudadanía que sigue esperando respuestas a sus problemas mientras observa, con una mezcla de cansancio e incredulidad, un juego que parece jugarse muy lejos de sus necesidades.
La cuestión relevante no es quién acabará ocupando los puestos más altos de las candidaturas. La cuestión subyacente es otra: ¿serán capaces los liderazgos que surjan de estas dinámicas de reconectar con una sociedad cada vez más escéptica, desconfiada y distante de la política?
