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cine

¿A quién pertenece el miedo? Las mujeres disputan el terror en Sitges
El festival reivindica una tradición en la que las mujeres han encontrado un lenguaje para representar su opresión, mientras siguen disputándose el poder de construir las imágenes del horror.

Laura Casamitjana22 de octubre de 2026 - 07:35
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Gillian Anderson y Hannah Einbinder en una imagen de Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma.

Una adolescente cubierta de sangre ha presidido la 59.ª edición del Festival de Sitges. Es Carrie, el personaje que Stephen King imaginó y Brian De Palma llevó al cine hace cincuenta años. Una chica humillada por su primera menstruación, criada bajo el fanatismo religioso de su madre y condenada a descubrir que la violencia puede convertirse en su único lenguaje posible. Medio siglo después, su rostro ensangrentado es más reconocible que nunca.

El homenaje de Sitges abre una puerta a la estrecha relación entre las mujeres y el terror. Pocos géneros han utilizado tanto el cuerpo femenino como escenario del miedo: mujeres perseguidas, castigadas por su sexualidad, transformadas en criaturas amenazantes. Al mismo tiempo, a las cineastas, lo fantástico les ha permitido dar forma a experiencias que el realismo no siempre alcanza a expresar. La paradoja es que ese imaginario ha sido construido, mayoritariamente, desde una industria masculinizada. Durante décadas, las mujeres han habitado las pesadillas que otros escribían para ellas.

El cuerpo como territorio de violencia

Antes del cine, escritoras como Ann Radcliffe habían abordado la feminidad con la novela gótica. Mary Shelley publicó Frankenstein en 1818, una historia sobre la creación de vida y el abandono de una criatura por quien debía hacerse responsable de ella. Lo monstruoso permitía interrogar el poder y los vínculos humanos mediante figuras imposibles.

«Todas las sociedades humanas tienen una concepción de lo femenino monstruoso, de aquello que en la mujer resulta chocante, aterrador, horroroso, abyecto», escribió Barbara Creed en The Monstrous-Feminine. La teórica examina cómo el terror cinematográfico ha asociado la monstruosidad con la sexualidad y la reproducción femeninas. La madre devoradora, la bruja o el cuerpo poseído expresan ansiedades culturales sobre mujeres que rebasan la norma establecida. La violencia del slasher también admite esa lectura: el cuchillo que penetra repetidamente el cuerpo de una mujer, a menudo castigada por su deseo, adquiere una dimensión sexual difícil de ignorar. En ese mismo género podríamos fijarnos en la final girl, la joven que sobrevive y acaba enfrentándose a su perseguidor. Sitges ha recuperado esos códigos con Adolescencia, sexo y muerte en Campamento Miasma, de Jane Schoenbrun, que los revisita desde una sensibilidad queer.

En Carrie, la sangre menstrual desencadena una humillación y la sangre de cerdo precipita la venganza. Su cuerpo pasa de ser el objeto del castigo al instrumento de una respuesta aterradora. Todo ello nos lleva a preguntar quién decide cómo se muestra ese sufrimiento y qué sucede cuando son las mujeres quienes dirigen la mirada.

Summer H. Howell y Samantha Sloyan en Carrie (Mike Flanagan, 2026).

El miedo desde el otro lado de la cámara

Carlota Pereda, que en Cerdita convirtió el acoso gordófobo en materia de terror, inaugura Sitges con Found Alive. La película sigue a una superviviente de un secuestro que, años después, participa en la búsqueda de otras víctimas. Su planteamiento permite cuestionar una tradición fascinada por los asesinos hasta convertirlos en iconos, mientras quienes sufren su violencia apenas tienen vida más allá de la agresión.

Imagen de Sanguine, ganadora del Premio a Mejor película de Sitges 2026.

También el body horror está ampliando sus significados. Sanguine, de Marion Le Corroller, premiada como mejor película en Sitges, presenta a una médica residente cuyo organismo comienza a transformarse bajo la presión de un hospital competitivo, en que la exigencia de rendimiento se vuelve carne. El agotamiento adquiere una forma monstruosa que devuelve al entorno laboral parte de la responsabilidad habitualmente depositada en el individuo. 

El pulso del fantástico español

Dos de las producciones españolas presentadas en Sitges ofrecen otras aproximaciones al miedo. En Salitre, la bilbaína Norma Vila transforma el síndrome del nido vacío en horror psicológico. Maite, interpretada por una extraordinaria Nagore Aranburu, siente que su mundo se desmorona cuando su hija anuncia que quiere marcharse a estudiar a Barcelona. Aranburu interpreta esa pérdida anticipada con una contención que deja entrever una fragilidad enorme bajo el caparazón del personaje. Vila retrata una maternidad amenazada por el fin de su función cotidiana, donde la incomunicación y el temor al abandono pueden deformar el cuidado hasta volverlo asfixiante.

Las catalanas Clàudia y Paula Serra sitúan 11 en un refugio de los Pirineos donde ocho niños y dos monitores quedan atrapados por una tormenta. Al hacer recuento descubren un niño de más. Su presencia altera la convivencia y plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde alcanza el deber de proteger al desconocido cuando el grupo empieza a temerlo? Con los mecanismos del cine de encierro, las directoras convierten el refugio en un lugar de sospecha. En ambas películas, aquello que debía ofrecer seguridad termina produciendo miedo.

Quién puede contar el miedo

Sitges ha estrenado un documental con el mismo nombre de la sección que dedica a impulsar el cine de género entre las directoras, WomanInFan, de Mònica Garcia i Massagué. El largometraje recupera la contribución de las mujeres a la historia del fantástico, y que todavía sea necesario reconstruir ese linaje dice mucho de un género que ha colocado incesantemente a las mujeres frente a la cámara mientras relegaba a muchas de sus creadoras.

La directora Carlota Pereda, que ha participado en el festival con Found alive, en una imagen del documental WomanInFan (Mònica Garcia i Massagué, 2026).

El reconocimiento no corrige por sí solo las condiciones de producción. Según CIMA, en 2025 las mujeres ocupaban el 39 % de los principales cargos de responsabilidad del largometraje español, pero solo el 30 % de los puestos de dirección, guion y producción. Las películas dirigidas por mujeres tenían, además, un coste medio un 51 % inferior al de las dirigidas por hombres. Aunque estos datos abarcan todo el cine español, ayudan a entender qué desigualdades condicionan también el fantástico. Que Sanguine sea apenas la quinta película dirigida por una mujer que gana Sitges, y que Pereda haya sido la primera directora española en inaugurar el festival, revela tanto los avances como su tardanza.

Cincuenta años después, Carrie sigue cubierta de sangre en el imaginario del festival. Todavía encarna la rabia de una adolescente castigada por un mundo que teme su cuerpo. Aunque cada vez más mujeres pueden decidir qué resulta monstruoso y desde dónde contemplarlo, falta que tengan también los recursos para seguir imaginando sus propias pesadillas.

Sitges terror
Laura Casamitjana
Laura Casamitjana

Periodista

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