Más de 334.000 personas mayores de 65 años viven solas en Catalunya y corren el riesgo de sufrir soledad no deseada. Son datos del último informe de la asociación Amics de la Gent Gran, realizado por Elisa Sala, quien lamenta que “la soledad es un fenómeno tan subjetivo que es difícil tener datos confiables y oficiales”. Envejecer y sufrir aislamiento no es una situación nueva, pero es cierto que a raíz de la pandemia y el confinamiento, se ha agravado el sentimiento de soledad no deseada.
Desde el marzo pasado, cuando se decretó el encierro y las residencias de gente mayor empezaron a ser el polvorín del virus, la tercera edad ha estado en el centro de la atención mediática, pero como sujeto pasivo. “Las acciones en el marco de la crisis y la comunicación han sido edadistas y han vulnerado derechos de las personas mayores de manera directa e indirecta”, denuncia Elisa Sala.
Según datos del Ayuntamiento de Barcelona, el 31,8% de personas de más de 65 años pasaron solas el confinamiento. “Son personas muy aisladas, que ya sufrían sentimiento de soledad antes de la pandemia y, precisamente por eso, se han expuesto menos al virus”, explica Daniel Salvador, presidente de la asociación Avismón, que acompaña y asiste a personas mayores que viven solas, con pocos recursos y están en riesgo de exclusión. De las 730 personas que atienden, la Covid ha segado la vida de 28 abuelos y abuelas en residencias y solo de 3 personas que vivían en su casa.
Los abuelos y abuelas que viven solos son aquellos que, precisamente, suelen salir poco de casa y reciben pocas visitas. Por eso, en muchos casos el sufrimiento a raíz del confinamiento no fue tanto por no poder salir de casa, sino por saberse totalmente aislados del exterior. “Nos llamó mucha gente nueva que a la que habíamos atendido antes, que nos pedía de todo, pero principalmente nos requerían ayuda psicológica”, recuerda Salvador. “Muchas veces no eran los mismos abuelos quienes llamaban, sino sobrinas, hijos o hermanas preocupadas”.
Asociaciones que practican el voluntariado para acompañar personas mayores han visto este año como su tarea social se ha visto extremadamente afectada. Grupos como Avismón resolvieron el acompañamiento vía llamadas telefónicas, puesto que tuvieron que anular las visitas que los voluntarios realizaban a casa de los abuelos y abuelas. “Tenemos 400 voluntarios y la mitad de ellos son jubilados y tienen más de 70 años. También son personas de riesgo a las cuales tenemos que cuidar”, explica Salvador. Esta asociación, como todas, ha tenido que anular casi todas las actividades de este 2020: desde la fiesta mayor, hasta hacer un Sant Jordi pasado por agua en julio. Pero han querido salvar, como han podido, la Navidad.
Comidas con la segunda familia
“Es una época complicada, emocionalmente”, reconoce el director de Avismón. Por eso, cada año se organizan varias actividades para que aquellas personas que están solas no pasen en soledad estas fechas. Pero este año la pandemia complica la logística y más ahora, que a pocos días de Navidad la curva de la tercera ola se eleva peligrosamente. “Necesitamos que nos toquen, que nos abracen, vernos la sonrisa”, dice Daniel Salvador. Por eso, los voluntarios y voluntarias de Avismón han cambiado la dinámica de su ya tradicional comida de Navidad para adaptarla a los tiempos pandémicos.
El año pasado se juntaron 275 personas, entre usuarios y voluntarios, en un hotel para celebrar una comida juntos. Este año, esta celebración se ha convertido en varias comidas en grupos de dos o tres. Pero por el miedo al virus, solo se han apuntado 86. Los comensales son una o dos personas mayores, acompañadas del voluntario que les acompaña recurrentemente. “Son los voluntarios más mayores, los que sabemos que tienen una interacción social reducida y que, por lo tanto, no suponen un gran riesgo de contagio”. Uno de estos grupos lo conforman Teresa y Dolors, junto con su voluntaria, Conchita, que se juntaron el 17 de diciembre para comida en un bar de Sants, en Barcelona.

“Estamos todo lo bien que podemos estar”, dice Dolors, justo cuando se sienta a la mesa, ya empezando a hojear la carta. Tanto ella como Teresa se emocionan recordando la comida del año pasado: “era tan bonito estar todos juntos, en aquel hotel tan grande…La comida, la decoración y la compañía, ¡Todo fuer perfecto!”, rememoran. Pero hoy solo son tres: “Qué remedio -dice- toca cuidarse”, apunta Dolors.
Saben que este año será una Navidad atípica, que pasarán con parte de la familia lejos. Dolors, que vive sola, seguramente lo celebrará con su sobrina, que también es vecina y es quien la ha ayudado todos estos meses. Pero todavía no lo tienen claro, porque su marido es médico y “vete a saber cómo va todo”. Su hijo vive lejos y no le verá, porque no se quieren arriesgar. Teresa vive con su hijo, que sufre una dolencia cardíaca que le hace fallar el corazón. “Ya tengo el caldo y los canelones de Sant Esteve preparados y en el congelador”, dice Teresa. Tampoco verá a su otra hija, que vive fuera de Barcelona. “Pero pondrá una videoconferencia y ya nos felicitaremos”, ríe Teresa. “Yo no me acostumbro a estas cosas, pensaba que no usaría nunca estos aparatos”, explica.
“¡Nos hemos tenido que volver modernas!”, exclama Conchita, de 60 años. Hace tres años que se jubiló y dos que es voluntaria de Avismón, muy próxima a Teresa y Dolors. “Vamos a hacer pedidos, la compra…¡Pero sobre todo nos explicamos chismes!”, apunta, pícara, Dolors. “Nos hacemos compañía las unas a las otras”, asegura Conchita. Este año, dice, han hecho “aquello que han podido” y el acompañamiento se ha reducido al ámbito telefónico. “Echamos de menos estar todos juntos”, se lamenta.
Encerradas en casa, “es lo que toca”
Teresa hace punto de cruz y, estos días, se entretiene tejiendo postales de Navidad para sus amigas de Avismón. Pone poco las noticias, “yo no quiero que me pongan nerviosa, con tanta Covid”, dice. Tiene 92 años y a los 70 empezó a hacer de voluntaria para la asociación, durante 8 años. Ahora es usuaria y ha encontrado “una familia”. Recuerda con añoranza los días en que podía encontrarse cada domingo con las amigas de la asociación de viudas. Ahora solo se pueden llamar y, desde que empezó la pandemia, han muerto tres. Aun así, asegura que tiene “una vida plena”, porque se llaman a menudo.
El teléfono y las vídeollamadas -para quienes no se ven afectados por la brecha digital- han sustituido los abrazos y los besos. “Pero es para cuidarnos”, dice Daniel Salvador, presidente de Avismón, quien reconoce que “nos costó decidir si hacíamos las comidas o no. Finalmente solo las hemos hecho con las personas que están muy solas. Tal y como está la pandemia, si las hubiéramos tenido pensadas para la semana que viene, no las hubiéramos celebrado”, dice.
Vienen fechas complicadas, y lo saben. Las directrices de los gobiernos a la hora de organizar las Navidades son poco claras y con muchas lagunas. “Pero no por eso tenemos que ser unos irresponsables”, alerta Salvador. “Nosotros vemos la muerte de cerca a menudo y por eso sabemos que nos tenemos que cuidar y evitar interacciones innecesarias: no nos tenemos que poner en riesgo por un momento de alegría”, dice, dirigiéndose a aquellos que se saltarán las restricciones en Navidad. “Para ellos quizás es una gripe, pero para otro puede significar la muerte. Y ellos, algún día, también serán mayores”. Mayores como Teresa y Dolors que, hoy, han celebrado su particular Navidad avanzada. Eran pocas, pero bien avenidas. Pronto volverán a casa, a hacer ganchillo o a escuchar la radio, pero habiendo compartido un buen rato con buenas amigas. Todo un pequeño lujo en estas navidades pandémicas.


1 comentari
hola soy cuidadora de personas mayores .aparte esido monitora socio cultural 16 años con niños. por un mal jesto tratando una señora mallor estado mala y perdi el trabajo. pero no soporto aunque las familias se portan mal. Las personas mallores estén solos . yo no tengo padres pero jamás los dejé solos