Nos encontramos en un momento de cambio de ciclo político en Catalunya. Uno de los fenómenos que ha comportado el llamado “procés” ha sido la pérdida de la hegemonía política en Catalunya del espacio que representaba Convergència i Unió en favor de Esquerra Republicana de Catalunya que poco a poco va ocupando un lugar central y protagonista. Justo ahora que hace diez años de la investidura de Artur Mas, parece que las próximas elecciones pueden acabar de confirmar el cierre de una etapa donde el centro-derecha catalanista, hoy más fragmentado que nunca, marcaba el paso.
Este cambio de ciclo, que ya hace tiempo que se entrevé y se podría interpretar, a primera vista, como un giro a la izquierda del electoral catalán resulta, de hecho, un fenómeno más complejo del cual destacan dos aspectos. Por un lado, el desgaste de una marca política – Convergència i Unió – y de unos liderazgos asociados a la mala praxis – para decirlo de una manera suave – y de la otra, el crecimiento exponencial de otra fuerza política – Esquerra Republicana de Cataluña –que ha sabido encontrar la fórmula de aquello que Oriol Junqueras decía “asemejarse en el pueblo que queremos representar” y que era, precisamente, una de las claves del pujolisme.
De la hegemonía a competir por los restos
El catalanismo nacionalista de la era pujolista destacaba por su aparente carácter abierto, moderado y tolerante, hecho que permitió crear ciertos consensos de país y ostentar el poder político durando casi un cuarto de siglo, periodo en el cual se instaló un imaginario colectivo donde el partido devino “la casa grande del catalanismo” y el President “el padre o el abuelo de Catalunya”. Un país, un partido, un President. El sentir mayoritario de gran parte de la ciudadanía de Catalunya, de manera consciente, o no, ha ligado a menudo el prototipo de la mujer o el hombre catalán a una determinada manera de hacer guiada por la “seny”, y una manera de sentir, siempre subalterna y en pequeñas dosis por la “rauxa”, dentro de un determinado espacio político el cual era su viva imagen. Nadie se imaginaba a Les Teresines votando otra cosa que no fuera Convergència.
Más allá de la innegable herencia cultural que todavía hoy perdura por todas partes, poco queda de este proyecto político, de esa “visión de país”, de ese modo de hacer y de sentir en el principal heredero de este espacio político postconvergente que es Junts por Catalunya. En primer lugar, porque ellos mismos ponen mucho esfuerzo en renunciar a cualquier tipo de vinculación con CiU cuando gran parte de sus cuadros eran miembros. Aquí es donde empieza uno de los primeros aspectos problemáticos de esta nueva fuerza política, que nace con un gran déficit al apostarlo todo al eje nacional: la falta de ubicación en el campo de las ideas.
A día de hoy, el escenario político que disputa Junts por Catalunya cada vez resulta más pequeño, limitándose a atizar las brasas del procés, donde primero se interpelaba a quienes querían votar, después quienes quería votar que sí y ahora, de los que votan sí, a los que son más ambiciosos. Junts por Catalunya comete un error estratégico de cajón. En política, ni en ninguna parte, se suma restando. Eduard Voltes ya lo decía hace un par de años en un artículo: “la fuerza política donde hay el grosor de los exconvergentes es un artefacto tan puro que ya solo hace frontera con los que piensan igual, y solo puede aspirar a crecer tomándole votos a los otros partidos independentistas.”
Ni de derechas ni de izquierdas
Ciertamente la fuga hacia delante de Junts por Catalunya para cortar cualquier vínculo con lo que representaba CiU ha generado un relato dónde en múltiples ocasiones se ha recurrido al tópico “no somos de derechas, ni de izquierdas” o “hay de todo”, como si la política fuera ideológicamente neutra en todo aquello relacionado con las nociones de libertad, justicia, igualdad, soberanía, economía o la gestión de recursos escasos. Si bien es cierto que vivimos en un momento de cierta confusión ideológica, no hemos llegado a un estado donde la distinción entre derecha e izquierda haya dejado de tener sentido. El eje izquierda-derecha, a pesar de haber haber sufrido evoluciones a lo largo de la historia contemporánea sigue plenamente vigente y es difícilmente viable querer ser un espacio político que devenga una especie de bufete libre ideológico en este sentido. El sistema democrático se fundamenta en la existencia de alternativas, y estas se basan en la oposición y la contradicción entre derecha e izquierda.
Eric Fassin, sociólogo francés, destaca que los votantes de derechas y los votantes de izquierdas tienen diferentes afectos y sentimientos. Según explicaba en una entrevista reciente, “la derecha se guía por el resentimiento, la izquierda por la indignación. La derecha cree que alguien disfruta en lugar suyo; la izquierda cree que se tiene que hacer un sistema en qué todo el mundo disfrute más”. En este sentido, solo hay que repasar las diversas alocuciones de los principales representantes de este espacio político para poder ubicar su discurso en el eje izquierda-derecha. Otro aspecto, no menor, del vacío ideológico es el hecho que señala el propio autor, el cual concluye que dejar al margen el conflicto entre derecha e izquierda es reforzar el neoliberalismo.
Precisamente es en este caldo de cultivo, donde el debate identitario del proyecto político gira únicamente en torno a un nacionalismo historicista y a la busca del hecho diferencial, donde a menudo Junts por Catalunya anda por terrenos pantanosos. No se puede construir un proyecto político sólido desde una sola idea, que no deja de ser un mero objetivo. Cuando se abre la ventana a la indefinición acaban entrando por la puerta personajes como Joan Canadell con su discurso esencialista, de rechazo hacia el que considera extranjero como una forma de inflamar la opinión pública, efectiva en su caso. A los catalanes y catalanas, y en esto no somos diferentes al resto, la cuestión nacional nos despierta visceralmente. Pero este tipo de discursos se asimilan peligrosamente a la idea del “Make America great again” de Donald Trump o del «Italia primero» de Salvini. Ya lo decía Eugenio Trias que «desacralitzar la concepción patriótica y nacionalista es tarea urgente de quienes quieran que el pensamiento político y social se nutra de conciencia ilustrada, moderna y civil».
El sectarismo y la deriva esencialista
Uno de los principales errores de los líderes políticos del procés es que nunca se han dirigido al conjunto del país. Con el tiempo, algunos de los partidos han ido abandonando este discurso basado en una idea de Catalunya de mitades enfrentadas. Lejos de pensar en el conjunto del país, desde Junts por Catalunta se insiste en esta deriva sectaria, incapaz de empatizar y de interlocutar con los no convencidos y de sumar mayorías amplias. Es precisamente esta deriva sectaria la que está llevando al que tenía que ser el “corredor central del independentismo” a devenir un espacio malhumorado, antipático, dolido e incordiado. Zambullido en el luto y la autocomplacencia, solo es capaz de tejer alianzas basadas en el recelo, la desconfianza y la competitividad electoral.
A día de hoy, el gran espacio del centro derecha catalán solo ofrece un discurso basado en un nacionalismo defensivo, que se levanta por encima de los conflictos sociales y económicos, que son los que dan identidad a la sociedad civil, donde figuras antipolíticas toman cada vez más protagonismo y dónde únicamente conceptos abstractos e intangibles como la idea de nación tienen valor. Y es así como se acaba transitando hacia el esencialisme de las “jugadas maestras” y el pensamiento mágico, por encima de la existencia. Ya solo se habla de “las cosas como querríamos que fueran” olvidando “las cosas tal como sueño”.
La deriva identitaria, intolerante con “el otro”, esencialista, desideologizada, vacía de contenido, fundamentada en el enfrentamiento y la división, que protagonizan algunos cuadros de Junts per Catalunya, representa un lento descenso hacia la insignificancia de los herederos del catalanismo político dominante de los últimos cien años. Cómo decía el escritor Amin Maalouf en El naufragio de las civilizaciones; “En un mundo en que impera un hormiguero identitario todos somos forzosamente traidores para alguien, y a veces para todas las partes a la vez. Cualquier minoritario, cualquier migrante, cualquier cosmopolita, cualquier poseedor de dos nacionalidades, es un traidor en potencia”.

