Soy hija de Merce.
Soy hija de la comunidad de Pinoso, en los Valles del Vinalopó. Me he criado en calles, plazas, patios y cocinas, en el rescoldo de Estrelita, la tía Remediet y Enriqueta, entre otras vecinas.
Soy hija de la escuela en valenciano, de maestros rurales como Càpito, que nos transmitió el cariño por el medio ambiente y el territorio, la lengua y la cultura propias, y el respeto por la vida y las sabidurías de la gente mayor, inspirándonos para buscar y contar historias. De hecho, por él, con once años, conocí personalmente a la periodista Pilar Algarra, a la que veía presentar las noticias de Canal 9 todos los días. Al saber que nació en el Xinorlet, un pequeño pueblecito cerca del mío, me espoleó para seguir el camino que ella y tantas compañeras abrieron y ensancharon para nosotros…
Necesitamos referentes, referentes cercanos, cotidianos y alcanzables, para poder estar en libertad. Y esa es la función mágica de los medios de comunicación: son-somos hacedores de sueños, de posibles.
Imaginarios e identidades
Los medios de comunicación son agentes de socialización potentísimos, junto con la escuela y la familia. Con los usos actuales, pasamos entre 8 y 10 horas al día frente a las pantallas, según diferentes estudios, quizá tengan más influencia en la comprensión que hacemos del mundo y la adhesión a las ideas y valores que predominan. De modo que tienen gran responsabilidad en lo que somos, pensamos y hacemos, en donde nos arraigamos, cómo sentimos nuestro cuerpo o al que amamos… En este sentido, acompañan la creación de subjetividades e identidades.
Esto es que los medios de comunicación contribuyen a crear el imaginario colectivo a partir del cual creamos otras cosas, por ejemplo, los vínculos, las relaciones. En otras palabras, creamos a partir de lo que conocemos, de ciertos referentes; repetimos modelos, casi siempre los mismos y en bucle. Como muestra, el amor romántico o la familia nuclear heterosexual que encontramos en la mayoría de producciones culturales. Por eso, es importantísimo renovar, crear nuevos imaginarios, con otras referencias, si no queremos perpetuar patrones de aprendizaje sexistas, clasistas, xenófobos, homófobos, gordofóbicos, valencianofóbicos, edadistas…
A menudo me preguntan cómo conseguir una sociedad igualitaria desde los medios de comunicación. La respuesta es compleja, sin embargo, siempre resulta una oportunidad para razonar sobre los retos que encaramos: por un lado, acoger y normalizar la diversidad, porque las sociedades son mucho más heterogéneas y complejas de lo que contamos; y, por otro, desnormalizar la violencia machista. Ambos con una acción triple: despatriarcalizar la representación, la cultura mediática y las estructuras culturales.
En cuanto a los contenidos, el sexismo en los medios de comunicación es cotidiano y, por tanto, normalizador. Las estrategias patriarcales más habituales son el silencio y la ocultación, así como el desprecio que representan los estereotipos y prejuicios de género. Como muestra, las mujeres sólo representamos el 26% de los sujetos de la información, según la última Monitorización Mundial de Medios, o sea que nos invisibilizan y nos niegan como agentes y protagonistas del mundo, cuando tenemos conocimientos, experiencias, saberes y talentos numerosos y diversos. Los medios de comunicación deben buscarlos para poder contar lo que pasa y nos pasa con todas las voces y miradas posibles…
Además, encontramos tratamiento vicarios, infantilizadores y tontificadores, expresiones de las tutelas y condescendencias patriarcales, que cuestionan y ridiculizan a las mujeres con poder para deslegitimar su presencia en el espacio público. Es el caso de las deportistas de élite que son referenciadas por sus relaciones de pareja y no por sus logros profesionales, como la tenista Paula Badosa, o las políticas que, a diferencia de sus compañeros, son llamadas por el nombre de pila o con el artículo delante: Milagrosa, Soraya o la Cospedal, pero nunca diríamos Eduardo, Mariano o el Sánchez.
Asimismo, son habituales prácticas como la objetivización y la sexualización de mujeres y niñas, por ejemplo en la publicidad, el cine o los videojuegos que envían el mensaje de que lo importante es nuestro cuerpo y el uso y el abuso que hagan a los demás. El peligro de estos relatos es que normalizan y glamurizan la cultura de la violencia sexual: sin ir más lejos el videoclip Animals del grupo pop (y no de reggaeton) Maroon 5, que romantiza el acoso sexual, o la portada de Vogue con la actriz Sadie Sink echada en el suelo.
Incluso, el abordaje de la violencia contra las mujeres como noticia-suceso, y no como femenicidios en el marco de la vulneración de los derechos humanos, las políticas públicas y la salud pública, por un lado, oculta las responsabilidades invididuales, colectivas, institucionales… y su dimensión política, y, por tanto, cualquier posibilidad de intervención y cambio; y, por otra, culpabiliza, responsabiliza, alecciona a las mujeres, nos revictimiza, limita derechos y libertades, y promueve en nosotros la cultura del miedo, el sometimiento y la infantilización, como sostiene Nerea Barjola.
Nuevos referentes
Todo esto es cotidiano, porque nos referimos a impactos numerosos, intensos y continuados, por lo que, aparte de esto, es necesario cambiar la cultura mediática: las formas de pensar, hacer y compartir los productos culturales, los relatos, las miradas, nuestros referentes y valores como colectivo y sector cultural… Hay que abandonar la exaltación del conflicto y de la figura del héroe-colonizador y dar centralidad a todo lo situado en los márgenes hasta ahora, la vida y quien la cuida, desde la proximidad y la esperanza, por ejemplo el trabajo de la fotoperiodista de Eva Máñez Mercats, el proyecto de La Naturadora Los cuidados, manos invisibles que sostienen la vida o las radios comunitarias, como Radio Victoria, en El Salvador.
Por último, replantear el modelo laboral actual para que se priorice la paridad en todos los procesos, tanto en los puestos de decisión como en la base, modificar la consideración de las profesionales dentro de las estructuras empresariales, porque la violencia estructural nos expulsa: desempleo, brecha salarial, techo de cristal, pérdida, de influencia, precariedad, dificultades para ejercer la corresponsabilidad y cuidados, trabajo no remunerado, insatisfacción profesional, problemas de salud, acoso laboral y sexual…
Para concluir, si bien es necesario que los medios de comunicación cambien, la ciudadanía debe tener elementos para decodificar los mensajes, conocer las lógicas neoliberales y patriarcales con las que operan y, así, protegernos de su toxicidad, porque la desinformación y la alienación nos hacen vulnerables y manipulables. Es necesario promover la capacidad crítica y el consumo responsable por medio de la educación mediática con perspectiva de género, analizando en grupo canciones, películas, anuncios y noticias, de modo que podamos crear, entre todas, entornos, digitales y desvirtualizados, más seguros, saludables y sostenibles.
Según el Plan director de coeducación de la Consejería de Educación, Investigación, Cultura y Deporte, es necesario intervenir con la comunidad educativa en este sentido e incorporar la enseñanza de habilidades y herramientas para una lectura comprensiva y crítica de los mensajes audiovisuales y, por lo general, de los discursos y productos de los medios de comunicación como un trabajo clave para salvar la influencia de una cultura de masas sexista y estereotipada. Sin embargo, no especifica cómo hacerlo: si mediante la formación del profesorado, la externalización de las actividades o una opción mixta que facilite la transversalidad de los conocimientos con perspectivas y experiencias de profesionales y personas expertas, y que evite la parcialidad y el efecto estanco de las actuaciones actuales.
Mientras no esté claro, podemos ir haciendo con la referencia del Programa de educación en comunicación del Consell del Audiovisual de Catalunya, EDU-CAC, expertas como la periodista Anna Gimeno Berbegal, del Consell Audiovisual de la Comunitat Valenciana, y la artivista Yolanda Domínguez, así como experiencias cercanas. Entre otras, la Red de periodistas y fotoperiodistas feministas del País Valencià Les Beatrius (identificación y transformación de contenidos sexistas, ciberacción #Referentes y exposición-charla para escuelas El túnel del terror del periodismo machista), el proyecto de periodismo de datos que monitorea la participación de mujeres en los espacios de opinión de Catalunya, On són les dones o el Observatori Sense Tòpics, proyecto de CEAR-PV y la Unió de Periodistes Valencians, con recursos para trabajar el discurso de odio y los mensajes racistas y xenófobos.
Los medios de comunicación ponen un marco de realidad: deconstruyémoslo y creemos uno propio, nos animan desde Edu-Cac. De sueños y esperanza, añade.
¡Y adelante!

