
El Síndrome de Ovario Poliquístico (SOP) es una patología que tenemos entre el 6 y el 21% de la población en edad reproductiva. Es un trastorno hormonal muy frecuente. Pero, que sea frecuente, no quita que sea complejo. Primero porque es un trastorno tanto ginecológico como endocrino. Por lo tanto, no solamente tiene que ver con el sistema reproductivo sino que, en general, tiene que ver con todo el cuerpo. El 70% de las mujeres con SOP padecen un desorden llamado resistencia a la insulina (RI), un problema metabólico que altera los ovarios y provoca síntomas como la irregularidad del ciclo, el exceso de grasa, incapacidad para adelgazar. De buenas a primeras, el SOP es una patología indolora, pasiva incluso, pero un SOP “mal llevado” implica que, a la larga, se te va a caer el cabello por exceso de andrógenos, tendrás brotes de acné, problemas en las articulaciones, problemas con las tiroides, problemas con la fertilidad, problemas cardiovasculares, etc. Un SOP “mal llevado” podría suponer, incluso, una muerte prematura.
El diagnóstico sigue tres criterios básicos (llamados los criterios de Rotterdam): ciclos irregulares; signos de hiperandrogenismo, que es, una analítica con un exceso de andrógenos o presencia de vello en zonas masculinas (lo que se llama hirsutismo); por último, una ecografía en la que se perciben los ovarios con una apariencia poliquística. Hay distintos tipos de SOP, siendo el por/de RI el más común. Pero cada SOP es un mundo igual que cada mujer o persona con ovarios lo es.
Vale. Ahora realmente, ¿Qué es el SOP? Dejando los datos y los cientifismos de lado, como persona que lo padece, como persona que hace cinco años que le diagnosticaron, que tenía ciclos de 6 a 9 meses, que tiene todos los síntomas, que hace un año que está controlando su SOP, os puedo decir que, en realidad, no lo sé. No sé qué es el SOP. Puedo ser objetiva, decir que lo que se ha descrito en los dos anteriores párrafos es el SOP, lo que he ido leyendo en distintos libros, lo que he ido investigando por mi cuenta, pero, una parte de mí sigue sin sentirse del todo identificada. Algo que me ayudó mucho fue descubrir que “síndrome” significa cúmulo de síntomas. A mí me parece, por mi experiencia personal y por los casos que conozco, que el SOP es un saco en el que nos han metido a todas las que cumplimos los criterios de Rotterdam sin saber exactamente si tenemos la misma patología. El tiempo lo dirá, supongo.
Pero si hay algo con lo que podemos conectar todas es que, tener SOP, (o, en definitiva, tener una patología “ginecológica”), significa, cómo no, tener algo de lo que no puedes hablar, no del todo, y que no eres capaz de comprender, porque nadie te ha lo enseñado. Te dan el diagnóstico, te explican cuatro cosas, cuatro directrices inútiles combinables: tienes que adelgazar, te costará quedarte embarazada, toma la píldora. Y ya, búscate la vida. Pero, ¿qué hago yo con esto? Esto me lo pregunté yo, cuando tenía diecinueve años, una depresión de caballo, se me caía el pelo a grandes cantidades y era incapaz de adelgazar. Nadie me ayudó. Nadie me dijo lo que tenía que hacer con este bicho que tenía dentro y que no sabía qué me hacía, pero ningún bien me hacía.
Tomé la píldora durante dos años y, al principio, mis síntomas mejoraron. Pero luego empeoraron. Y entonces decidí investigar. Y me di cuenta de muchas cosas. Que, generalizando, los profesionales no ayudan (¿por qué será…? ¿el sistema? ¿la sociedad? ¿No viene todo de lo mismo?). Tenía diecinueve cuando me dijeron que me costaría quedarme embarazada (¿Y a mí qué más me da esto, si mi única responsabilidad es sacar buenas notas en la uni?). Cuando me dijeron que tenía sobrepeso, que me pusiera a dieta (como si yo no lo hubiera intentado, como si no hubiera sido consciente de cómo era mi cuerpo desde que era una niña). Y, después de dos años comiendo insuficientemente, yendo al gimnasio con las tripas rugiendo, viendo como mis compañeras de spinning adelgazaban y yo no, me di cuenta de que todo eso era lo peor que podría haberle hecho a mi pobre y sufriente cuerpo. Que las dietas hipocalóricas (es decir, las dietas en las que las calorías son menores a las que deberíamos comer) ponen el cuerpo a un estrés innecesario, que las hormonas se alteran, que todo empeora. Que la píldora es un pequeño e insuficiente parche que funciona… hasta que deja de funcionar (¿quién se quiere poner una tirita en una herida tan grande? ¿Una herida abierta que evidentemente no se curará sin algún que otro punto…?). Con la píldora no hay regla que valga. De hecho, “la regla” de la píldora tiene un nombre muy feo que deja los pelos de punta: sangrado por deprivación. Wow.
Y, ahora… ¡ay, ahora! Ahora voy a la consulta y me planto delante del médico con los deberes hechos y el tema estudiadito. Que, claro, todos deberíamos saber un poco de medicina porque, al fin y al cabo, es nuestro cuerpo, pero yo he tenido que aprender a la fuerza, porque, si no lo hacía, sentía que no estaba viviendo. Que me dejaba llevar y mal aconsejar y levitaba en una nube de podredumbre desde la cual no podía hacer nada más que mirar como me pasaba la vida por delante. Ahora he tenido que pedir explicaciones, he indagado, incluso tras el trauma de haber recibido respuestas súper condescendientes. He tenido que preguntar, preguntar, ir a segundas, terceras y cuartas opiniones. Y, haciendo eso, me han sorprendido diagnósticos inesperados de otras enfermedades autoinmunes que “no tienen nada que ver con el SOP”, pero ¡sorpresa! sí que tienen que ver. Porque se dan de la mano y todo es un pez que se muerde la cola, un ciclo que da vueltas, vueltas, vueltas y vueltas…
El mundo no está hecho para nosotras. El estrés nos hunde, la ansiedad es cada vez más frecuente. No hace falta que describa la sociedad y el mundo en el que vivimos, un mundo que no es compatible con nadie, menos con nosotras. Somos muy vulnerables. Ir a trabajar y tener una semana estresante ya supone para mí un retraso en el ciclo. Pero, además, la contaminación y los disruptores endocrinos que hay en esta empeoran enormemente los síntomas del SOP.
A veces me gustaría hablar con mi yo del pasado y decirle que no pasa nada, que no se preocupe. Que no se esfuerce tanto en adelgazar. Que borre esas odiosas apps que miden las calorías, que haga oídos sordos a los jueces de la alimentación, que no llore por “comer de más”. Que no le haga caso a ese médico que le llamó hipocondríaca porque empezó a investigar y tenía dudas sobre sus síntomas. El que le llamó gorda. La que dijo que se arrepentiría de dejar la píldora. Que no se preocupe si está saturada, si se siente perdida. Que las respuestas (unas medias respuestas) llegarán. Que, en unos años, el mundo empezará a cambiar. Que, poco a poco, habrá más profesionales especializados y sensibilizados con esta patología. Y es que sí: pese a ser insuficientes, cada vez hay más estudios. Más estudios concienciados con la brecha de género, con el ciclo y sus fluctuaciones hormonales, con la importancia que tienen el útero y la ovulación.
Pese a todavía ser una patología incomprendida y aunque todavía no nos acabemos de comprender del todo, las cosas están cambiando. Estamos saliendo a la palestra, estamos explicando nuestra historia y ya no nos da vergüenza hablar de la regla (o la falta de esta misma), si estamos ovulando o no, si estamos con dolor de ovarios, si estamos mal por el Síndrome Premenstrual… ya no nos da miedo hablar del SOP, la endometriosis, de la dismenorrea, la fibromialgia, etc. Y yo creo que es muy importante dejar de lado ese pudor impuesto por la sociedad, dejar de sufrir en silencio, ocultar patologías crónicas, que no tienen cura, pero ¡por qué no se sabe si son curables! Patologías que han tenido nuestras madres y nuestras abuelas y nunca lo supieron. Patologías que tendrán nuestras hijas. Es muy importante quejarnos. Es muy importante que hablemos un poco más (¡o mucho, muchísimo más!) del SOP.

