
Jaume Bosch mezcla en su libro “Fer política” (Tres y Quatre SL) detalles de su biografía personal y reflexiones sobre el pasado, el presente y el futuro de Catalunya. Se estrenó en la política representativa como concejal del ayuntamiento de Sant Feliu de Llobregat cuando tenía 25 años. Licenciado en Derecho, pasó del activismo en la clandestinidad del franquismo al ayuntamiento de su villa natal, la vicepresidencia de la Diputación de Barcelona, el Parlamento de Catalunya o el Senado. En el gobierno de la Generalitat ocupó cargos como la Subdirección general de Coordinación de las Policías Locales. Ha sido dirigente del PSUC e IC-V y ahora forma parte del Consejo Nacional de los Comunes. Tiene 72 años.
Empieza el libro con la frase de Joan Fuster de «la política la haces o te la hacen». Tiene claro que es necesario comprometerse con la acción política
Sí, claro. Yo vengo de una generación que nos comprometimos contra el franquismo y ahora hay motivos más que suficientes, frente a todo lo que está pasando en el mundo, el genocidio en Gaza, la guerra de Ucrania, el ascenso de la extrema derecha, Trump y Putin repartiéndose en el mundo, para que la gente se intente comprometer en hacer política de la manera que cada uno crea más oportuno, en el partido que crea más oportuno o en ningún partido. Hay muchas formas de hacer política, sobre todo para fortalecer la democracia.
A los jóvenes parece que cuesta convencerlos para que asuman este compromiso
Sí, sí, efectivamente. Sólo con palabras difícilmente convenceremos a un sector de la juventud que puede sentirse atraído por los cantos de sirena de la extrema derecha. O somos capaces de llenar la democracia de contenido social y que no sea una aventura conseguir una vivienda, o que los trabajos para la gente joven no sean precarios, o difícilmente, sólo con palabras, les convenceremos de que vale la pena defender la democracia. En el libro intento contar algunas cosas de cara a esa gente para que entiendan qué fue la dictadura franquista. Los que somos de una determinada generación lo sabemos perfectamente, pero mucha gente joven no. Y que esto afectaba no sólo a que los partidos o los sindicatos estuviesen prohibidos, sino que afectaba las costumbres, la lengua, las relaciones entre chicos y chicas, las diversas opciones de tipo sexual, afectaba la vida cotidiana. Esto no hemos sabido explicarlo bien y parece que la lucha contra el franquismo fue sólo un tema estrictamente político cuando esta política englobaba muchas otras cosas que afectaban a la vida cotidiana, la universidad, la enseñanza, la obligatoriedad de hacer el servicio militar… Tenemos que ir por ahí y al mismo tiempo llenar de contenido la democracia, que eso está costando mucho, con medidas sociales para que los jóvenes vean que en un marco democrático tienen posibilidades de desarrollar su trayectoria vital.
En el libro se queja de las alusiones despectivas al «régimen del 78»
Entiendo a los que se refieren al régimen del 78 como una estructura que se fue creando de bipartidismo, con un inmovilismo total y, además, con una interpretación absolutamente restrictiva de la Constitución hecha por el Tribunal Constitucional en sus peores épocas. Esto es verdad, pero, al mismo tiempo, me parece un error que quiera equipararse el régimen actual con el franquista o que se busquen similitudes. Estamos en una democracia imperfecta, evidentemente, pero estamos en una democracia y aquello era una dictadura. Por tanto, pensar que se pasó del régimen franquista al del 78 entendiéndolo de forma peyorativa como un régimen sin suficiente libertad, me parece un error. Lo que no significa que no deban plantearse muchísimas cosas: el papel de la monarquía, el papel de las diversas nacionalidades en España, el papel del Senado,… muchísimas cosas que quedaron mal solucionadas en la Constitución. En el libro, explico que lo peor de la Constitución ha sido la interpretación restrictiva que ha hecho durante unos años el Tribunal Constitucional, porque la Constitución también admitía una interpretación más abierta. Y ahora se está viendo.
¿En relación a qué?
Por ejemplo, en el tema de las autonomías, en el concepto de las libertades, en el tema de la amnistía,… El Tribunal Constitucional de hace unos años seguro que habría declarado inconstitucional la amnistía. El Tribunal Constitucional actual es muy probable que la declare constitucional. Aquí existe una diferencia radical. Un Tribunal Constitucional que, durante una época, tuvo cierto prestigio, y del que, por ejemplo, una persona catalana, como Carles Viver Pi-Sunyer, fue vicepresidente, pasó a una época en la que estaba monopolizado por una mayoría clara alineada con el PP o más a la derecha. Ahora esto ha vuelto a cambiar, ha costado mucho, y admite una interpretación de la Constitución hacia cambios que podrían ir en una dirección más positiva.
Vio con buenos ojos el 15M donde se gritaba «no nos representan» dirigiéndose a la clase política, pero usted era diputado en el Parlament
Lo explico en el libro porque fue algo curioso. Cuando vi lo que ocurría en la plaza de Catalunya quise acercarme porque me interesaba. Alguien me dijo que siendo diputado igual no me recibían muy bien. La verdad es que, como que no me conocían, nadie me dijo nada y pude pasear por allí. Cuando escuché por radio que se iba a producir el desalojo, ordenado por Felip Puig, fui y lo vi en primera persona. Me pasó una carga por delante. Luego en el Parlament lo denuncié y pedí la dimisión de Felip Puig. Al cabo de unos días se constituían los ayuntamientos democráticos. Asistí al del ayuntamiento de Sant Feliu y fuera había una concentración de gente que gritaba “no nos representáis, no nos representáis”. Pero cuando acabó el acto, me vino un grupo de chicos y me dio las gracias por haber llevado el tema del desalojo al Parlament.
Pensé que era una cierta ironía y que quizás sí que les representaba un poco. A partir de ahí entendí que aunque el 15M representaba un cuestionamiento generalizado para todos los partidos, que después se fue matizando, desde la izquierda no había otra alternativa que pudiera funcionar que la unión, con todas las dificultades que hubo, del movimiento de los activistas que venían del 15M y la tradición que podíamos representar el PSUC e Iniciativa. Es verdad que algunos compañeros lo vieron con muchas reticencias y que desde el otro lado también había reticencias por parte de algunos. Finalmente predominó la idea de que había que sumar esfuerzos y esto fue lo que hizo posible que Ada Colau ganase las elecciones al ayuntamiento de Barcelona. Si hubiera habido una candidatura de Iniciativa en competición con Ada Colau difícilmente habría sido alcaldesa.
¿Cuáles son los valores que han marcado su trayectoria personal y política?
Un valor que quizá no sea exactamente un valor, pero que yo lo pongo en valor, es el Derecho. Tuve profesores, algunos muy malos, pero la mayoría muy buenos. Jordi Solé Tura, por ejemplo, me marcó mucho. Éste es un valor que, con el tiempo, he tenido que cuestionarme también porque la utilización que se ha hecho del Derecho por parte de la derecha pura y dura y, sobre todo, de una parte del poder judicial, deja mucho que desear y dista mucho de lo que yo pienso que debería ser. Está el valor de la libertad. Ha sido un error, que seguramente no se ha hecho conscientemente, que se haya dejado coger la bandera de la libertad a gente como Isabel Díaz Ayuso, por ejemplo, cuando la libertad es otra cosa, porque va unida a otro valor, que es la igualdad. Sin igualdad no existe libertad o sin lucha por la igualdad no hay libertad. Y, luego, no es exactamente un valor pero para mí lo ha sido, la defensa de la lengua catalana. Siempre he sido especialmente sensible a esa defensa y ha marcado bastante mi trayectoria.

¿El Jaume Bosch de ahora y el joven activista durante el franquismo son muy diferentes?
Me gustaría decir que esencialmente no. Evidentemente, pretender que alguien es inmutable a los cambios y que no evoluciona es absurdo, porque te quedas anclado en el pasado y la sociedad va cambiando y tú debes adaptarte a ello. Pero sí me ha parecido que me intentaba adaptar a unos cambios, muchos de ellos impensables en aquellos momentos, sin abandonar los valores esenciales. En este sentido sí estoy satisfecho por mi trayectoria, que a mí me parece que mantiene un elemento de coherencia.
Hay dos capítulos largos en el libro dedicados al soberanismo y a ser de izquierdas. ¿Están equilibradas estas convicciones o una pesa más que la otra?
En mi caso, no. Esto no es muy habitual, porque en lo que se refiere al soberanismo muchas veces se ha dejado de lado el tema social y desde la izquierda demasiado a menudo se ha considerado que el tema nacional quedaba un poco en segundo término ante la necesidad de luchar por los temas sociales. Los derechos nacionales y sociales son una misma lucha, son dos caras de la misma moneda, pero yo me lo creo. Durante el ‘procés’ se pudo comprobar cómo el bando más independentista se olvidaba absolutamente de los temas sociales e incluso de gobernar determinados aspectos, como la enseñanza, la salud, la lucha contra la sequía, por ejemplo, y cómo desde la izquierda, especialmente la vinculada al PSOE, pero también la situada a la izquierda del PSOE, se ponía demasiado en segundo plano una cuestión que para mí siempre ha sido esencial, que es que Catalunya es una nación, tiene derecho a decidir si quiere ser independiente, si quiere un estado federal o confederal. Durante el ‘procés’, en el que participé activamente para defender un referéndum pactado, como hacía el Pacto Nacional por el Referéndum, vi que eso iba por mal camino y que era un continuo de errores.
Para fortalecer mis tesis, me atrevo a citar a Josep Fontana, militante histórico del PSUC, historiador de mucho prestigio, que defendía el derecho a la autodeterminación, que escribió que en el ADN de Catalunya está aspirar a la independencia y que a la vez ponía en cuestión las absurdidades que se decían desde el sector independentista, como aquello de que “Europa nos espera”. Cuando decían que se proclamaría la independencia de forma unilateral, Fontana se preguntaba «¿y qué pasará al día siguiente?». ¿El ejército, la policía nacional o la guardia civil subirán en camiones y se irán a Zaragoza o habrá que negociar con el Estado? Me parecía esencial negociar un referendo pactado. Ahora estamos en otra fase. En la de fortalecer la nación, de fortalecer la idea de Catalunya como un solo pueblo -porque hubo conflictos que erosionaron este concepto- y de fortalecer el autogobierno. Cuando todo esto esté negociado, si todo va bien, pienso que habrá que preguntar su opinión al pueblo catalán porque somos la única comunidad autónoma que tiene un estatuto distinto al que votó el pueblo. Esta anomalía sólo puede solucionarse votando. Ahora bien, entiendo que no será votar la independencia. En todo caso, se podrá votar, por ejemplo, el acuerdo al que se haya alcanzado con el Estado u otras fórmulas, pero al final el pueblo deberá tener la última palabra.
Usted fue a votar el 1 de octubre de 2017 pero dice que hay que distinguir un referéndum de independencia de un referéndum sobre la independencia
El 1 de octubre se realizó un intento de referéndum sobre la independencia, pero evidentemente no tenía las condiciones de rigurosidad y control democrático que requería. Incluso los observadores exteriores dijeron que no tenía validez jurídica. Después se ha teorizado, por ejemplo, desde el gobierno cuando estaba Esquerra Republicana con varios informes sobre qué referéndum se podía hacer. Se ha hecho una cierta trampa. Un referéndum de independencia era el de Escocia, que si salía que sí se iniciaba un proceso que culminaba con que Escocia era un estado independiente. Un referendo sobre la independencia, que es lo que ha avalado el Instituto de Estudios de Autogobierno y varios estudios de la Generalitat en la época de Esquerra Republicana, es saber la opinión de la gente. Antes del 1 de octubre ya se había planteado que era necesario un referéndum sobre la independencia para conocer la opinión de la gente y, de salir que la quería, entonces iniciar un proceso que podía culminar con otro referéndum, ya de plena validez.
Este juego, especialmente durante la última campaña electoral, se jugó de forma algo excesiva. Se decía «votaremos sobre la independencia» sin explicar que votar sobre la independencia quería decir iniciar un proceso en el que, basado en la buena fe del Estado, después se puedan aplicar las medidas y las reformas legales que permitieran llegar a una decisión definitiva. Se ha hecho mucha demagogia. Algo que recomienda siempre la Comisión de Venecia en estos procesos es que cuando se vota la gente debe estar enterada exactamente de qué vota. Y, por tanto, si se llegara a realizar un referéndum habrá que aclarar si es un referéndum sobre la independencia, para conocer la opinión de la gente, o si es un referéndum de independencia, que si sale que sí, quiere decir que Catalunya será un estado independiente. Existe una diferencia sustancial.
Mucha gente esperaba que arriasen la bandera de España del Palacio de la Generalitat en la plaza Sant Jaume
Por supuesto. Yo lo estaba viendo por televisión y alguien había dicho a los de TV3 que iban a bajar la bandera española del Palau de la Generalitat el 27-O y estuvieron enfocándola durante horas. Las dos imágenes definitivas de ese día, cuando se proclamó la relación unilateral de independencia, son, una, TV3 que decía que estaban preparados enfocando la bandera española, que nadie bajó y que sigue allí puesta, y, dos, las caras de los diputados en el Parlament, todas de una extrema preocupación, excepto las de los diputados de la CUP, que estaban eufóricos, y que finalmente fueron los únicos que no tuvieron a nadie encarcelado. Ambas imágenes muestran la insuficiencia de aquel proceso.
Lo que es una lástima es que, en este procéso, la gente que fue advirtiendo de que aquello no iba bien, fueron calificados de equidistantes, de botiflers, de traidores, y que esto se fue ampliando a un sector cada vez más amplio. A Joan Tardà, de Esquerra Republicana, independentista de toda la vida, le llamaban botifler por la calle. Esto demuestra un cierto punto de situación absolutamente equivocada y enloquecida. Lo que reivindico en el libro es que aquellos que dijimos que Catalunya tiene derecho a la independencia y sobre todo tiene derecho a hacer un referéndum para decidir su futuro, pero que a la vez discrepábamos y decíamos que aquello no iría a ninguna parte porque era imposible llegar a la independencia con estos planteamientos, recibimos, y yo no fui especialmente afectado por ello, pero alguna también en mi caso, el calificativo de triadores. Parecía una herejía que había que condenar y cada vez se fue acentuando.
Volveremos a ver movilizaciones tan multitudinarias como las que se produjeron durante el ‘procés’. El mundo independentista se ha desmovilizado mucho
El sentimiento de una parte de la gente de Catalunya a favor de la independencia está ahí, y el sentimiento de mucha gente, que yo creo que es mayoría, que quería un referéndum, también está ahí. Ahora, este ‘procés’ ha retrasado cualquier hito que pudiera conseguirse en un futuro, porque hay mucha gente quemada, mucha gente decepcionada. La gente más ideológicamente formada con el soberanismo creo que entiende que ahora no es el momento, pero que en el futuro puede llegar. Y después hay otro sector que se sumó al movimiento soberanista, aunque nunca lo había sido, por motivos sobre todo económicos, lo de España nos roba, con la independencia aquí será la rehostia porque lo tendremos todo y España ya no nos robará. Esta gente ha ido hacia el desencanto total y una parte hacia Aliança Catalana. Aliança Catalana se explica, por muchas razones, la islamofobia, el odio a la migración, pero también por un sector de gente que se creyó de verdad que seríamos independientes y que eso significaba ventajas económicas brutales. Han visto que esto no se ha hecho realidad y descargan su frustración votando a Aliança Catalana.

¿Qué ganaría Catalunya siendo independiente?
Dependería de muchas cosas. En estos momentos se habla mucho de soberanías compartidas. Es evidente que la soberanía absoluta en el mundo actual no existe. Me gustaría que Catalunya pudiera tener la soberanía compartida que le corresponde. ¿Y esto cómo se concreta? Con la capacidad de decidir. Estoy dispuesto a aceptar, tranquilísimamente, un estado federal, o un estado confederal, porque comparado con de dónde venimos sería un avance muy bestia. Lo que ganaríamos poniendo a votación la independencia sería el reconocimiento de Catalunya como sujeto político y, por tanto, su capacidad de decidir si quiere la independencia o unirse libremente al estado español, que sería una opción absolutamente razonable, pero desde una perspectiva de la voluntad expresada por el pueblo, y concretado en un estado federal o confederal que respetara esta soberanía.
¿Qué es ser de izquierdas hoy?
En el libro intento reflexionar sobre ello, y hablo de las definiciones que hacía Norberto Bobbio hace muchos años, pero que me parecen bastante atinadas y actuales. Se puede definir de muchas maneras, pero ser de izquierdas significa luchar para que los desiguales sean menos desiguales, añadiendo toda una serie de temas que han ido surgiendo a lo largo de los últimos años, los de los derechos del colectivo LGTBIQ+, la lucha contra la emergencia climática y, en estos momentos, ser de izquierdas en el estado español implica una lucha clara por la memoria democràtica, porque uno de los elementos que más diferencia a la derecha del PP, Vox, etcétera, de la izquierda o incluso de los partidos democráticos es la lucha por la memoria democrática. El intento de desfigurar qué fue el franquismo y de esconder lo que fue la dictadura y de oponerse, como hacen, a las leyes de memoria, a los homenajes a la gente republicana, me parece absolutamente demencial.
El pasado fin de semana estuve en Mauthausen en los actos del 80 aniversario de la liberación del campo y una de las impresiones más bonitas que tuve fue que había miles de jóvenes de todos los países europeos, con banderas, con flores, rindiendo homenaje a la gente que luchó por la democracia y que sufrió la represión del nazismo. Este elemento es hoy muy fundamental y marca la diferencia entre derecha e izquierda o partidos democráticos. Y el otro elemento importante es el tema de los feminismos en la medida en que Vox, de forma brutal, y PP, de una forma más disimulada pero también clara, acaban aceptando y quitando importancia a las imágenes de la violencia machista negándose en muchos casos, incluso, a hacer minutos de silencio cuando se ha asesinado a una mujer. Es decir, igualdad más lo que hemos ido construyendo a lo largo de estos años, lucha contra la emergencia climática, ecologismo, lucha por la memoria democrática, lucha por los feminismos… Ser de izquierdas básicamente es defender estos derechos.
El Rey Felipe VI también acudió a los actos de Mauthausen. ¿Coincidió con él?
Lo vi. Vi cómo la gente gritaba “viva la República” y era una imagen muy curiosa. La delegación oficial de España llevaba dos banderas españolas. Dos funcionarios de la pequeña comitiva las llevaban junto al rey. Detrás había cientos de personas con banderas republicanas. Esto demuestra bastante cuál es la situación hoy todavía en España. Es decir, un rey que puedes leer positivamente que, al menos, tiene el gesto de ir a Mauthausen donde murieron muchos republicanos españoles y catalanes, pero al mismo tiempo una situación en la que todavía no se han dado todos los pasos necesarios. Cuando se entrevistó el rey con algunos familiares, a una señora mayor le preguntó qué necesitaba y ella le contestó que sólo necesitaba una cosa, que pidiera perdón. Esto es brutal y explica algunos temas. La monarquía es verdad que está avalada por la Constitución pero la mayoría de la población actual no la ha votado y, por otra parte, tiene el pecado original que nació con Juan Carlos como sucesor del general Franco. Puedo estar dispuesto a aceptar que ir a Mauthausen es un gesto importante de la monarquía, seguramente más pensado para la política internacional que para la política interna, pero hasta que la población actual o futura de España no pueda definirse sobre si quiere una monarquía o una república, el rey estará en una situación complicada.
Muchos trabajadores que antes votaban a partidos de izquierda, se han pasado a la extrema derecha. ¿Qué está pasando? ¿La izquierda puede recuperarlos?
Es una situación complicadísima. Esto viene de lejos. Me acuerdo de que Joan García Nieto realizó una encuesta en la Siemens, en Cornellà, en los años 70 y preguntaba de qué clase se consideraban que eran los trabajadores. La mayoría de los trabajadores dijeron que eran clase media. A veces hay clichés que no se adaptan a la realidad. Las fábricas en los años de la transición eran sitios de politización que, además, se extendía hacia los barrios, hacia los partidos, etc. Ahora esto ya no funciona. Encima, te encuentras que muchos de los trabajadores viven en barrios en los que las condiciones de vida son jodidas, que sus hijos no tienen acceso a la vivienda, etc., y equivocadamente lo atribuyen a la emigración, que es un hecho absolutamente lamentable cuando el que es pobre acusa de su situación al que aún es más pobre.
O la democracia es capaz de proporcionar bienestar y mejores condiciones laborales a los trabajadores y que vean que con las izquierdas las condiciones de vida y trabajo mejoran, o los cantos de sirena de la extrema derecha, que lo simplifica todo, que hace acusaciones falsas muchas veces y que lo viste todo de blanco o negro, seguirán abriéndose camino. Cuento la anécdota que viví en Paraguay donde nos llevaron a un barrio muy degradado y vi muchas banderas rojas en las casas. Yo pensaba «¡qué conciencia de clase!» pero resulta que eran del Partido Colorado, que es la derecha. Aquí crees que en Cornellà todo el mundo votará a las izquierdas pero hay un nivel elevado de Vox. Hay esquemas que fallan, pero entonces desde las izquierdas lo que deberíamos hacer es analizar bien por qué fallan y no se me ocurre otra fórmula que demostrar que con la democracia pueden mejorar las condiciones de vida de la gente.
¿Sirven estos argumentos también para Francia, Estados Unidos o Argentina?
Creo que sí. En el caso de Argentina, por ejemplo, el peronismo ya muy desgastado, por escándalos y otras cuestiones, era incapaz de ofrecer a la gente trabajadora unas perspectivas estimulantes de futuro. Llega ese hombre con la motosierra y resulta que se ha incrementado de forma sustancial el nivel de pobreza de los argentinos. Quizás estas cosas pueden servir para que la gente vea las consecuencias de que gobiernen los que dicen que tienen las soluciones fáciles desmantelando el Estado. El Estado puede cometer muchos errores y tener muchos problemas, pero es una garantía de prestación de servicios a la gente que tiene limitados recursos económicos. Si tú desmantelas el Estado, dejas en situación de vulnerabilidad a muchas personas, y eso está ocurriendo. Tampoco soy del todo negativo ni pesimista. Pienso que existe capacidad de reacción. Pese a la ola general, es muy significativo, por ejemplo, lo que ha pasado en las elecciones en Rumanía. Con una primera vuelta con el 40% del candidato de la extrema derecha, resulta que en la segunda gana el alcalde de Bucarest con el 53%. Vi que un profesor explicaba por televisión que había ido a votar a mucha gente porque veían el peligro. Esperamos que haya esa reacción. Si alguien no es capaz de reaccionar ante las brutalidades que realiza Trump o el aval que da al genocidio de Palestina, es que tiene muy poca sensibilidad.
Hay más países, aparte de Estados Unidos, que avalan el genocidio de Palestina.
Hay muchas complicidades. Netanyahu se siente más capaz de hacer lo que le dé la gana porque sabe que el mínimo contrapeso que le ponía Joe Biden en Estados Unidos ya no lo tiene. Ahora está diciendo que se quiere quedar toda la franja y va matando a gente cada día, aunque teóricamente había un alto el fuego. Esto es muy duro. Lo vemos todos los días por televisión y cuesta mucho que la gente reaccione.
Europa no lo hace.
El papel de Europa es muy triste. En todos los sentidos. Europa para nuestra generación era la esperanza de democracia y más derechos sociales. En estos momentos, en Europa crece la extrema derecha y es incapaz de tener una voz propia frente a hechos como la guerra de Ucrania o el genocidio de Palestina. La Europa de las libertades queda absolutamente cuestionada por esta inoperancia a la hora de hacer frente a estas cuestiones. La paradoja de todo esto es que las dos grandes potencias que ganaron la Segunda Guerra Mundial contra el nazismo y el fascismo -Estados Unidos y la URSS, ahora Rusia- resulta que están gobernadas por personajes que, no al cien por cien pero sí en un porcentaje elevado, abrazan ideas de quienes perdieron la guerra, del nazismo y del fascismo. Y esto es muy grave.
Hacia el final del libro habla de la relación entre los políticos y los medios de comunicación. Destaca que el buen periodismo puede ayudar a evitar la derechización de la sociedad.
¡Por supuesto! Me parece esencial, porque esta derechización se basa en fake news, en rumores, en falsedades clamorosas que corren sin ningún tipo de control por la red y que llegan especialmente a gente joven. El buen periodismo es un antídoto, una vacuna contra esto. Sé que existen muchas limitaciones. Medios de comunicación supeditados a una propiedad que ve las cosas de una determinada manera, precarización de los trabajos, crisis de la prensa de papel, una publicidad que pesa mucho… pero creo en los profesionales de verdad. En el libro cito a Manuel Vázquez Montalban, Xavier Vinader, Montserrat Minobis, una serie de gente que, en aquellos momentos, jugaron un papel importante. Ahora hay otros, pero a su lado hay incluso falsos periodistas y falsos medios de comunicación. Es básico todo lo que desde los medios de comunicación se pueda hacer para explicar simplemente lo que está pasando.
No hace falta poner ninguna línea ideológica por un lado u otro, sino explicar qué está pasando. Aunque ya sé que la objetividad no existe, a favor de la democracia sí que se debe. Los medios de comunicación tienen un papel muy determinante y en su seno se está dando una lucha importante por ver quién los controla y qué mensaje emiten. A mí me parece, y no es porque ahora estés tú aquí, que es muy interesante la experiencia de Catalunya Plural, que profesionales de la comunicación saquen adelante un digital, con las limitaciones económicas que seguramente tendrá, donde puedas encontrar reflexión, en lugar de esto es blanco o es negro, éste es malo, éste es bueno.

Es crítico con el papel de TV3 y Catalunya Ràdio. Lamenta que están más pendiente de Junts y ERC que de los comunes y el PSC.
Me parece que es bastante difícil de contradecir esta opinión. En el Parlament defendí a capa y espada a TV3 ante los ataques de Ciutadans, que la atacaban básicamente porque emite en catalán. Pero dicho esto, tengo todo el derecho como ciudadano a discrepar de determinadas informaciones. Seguramente no es por consignas, pero hay determinados periodistas, que se han formado en política en el ‘procés’, que tienen la tendencia a pensar que es más importante una manifestación convocada por la Intersindical que una convocada por Comisiones Obreras y UGT, que son absolutamente mayoritarias. Me parece una vergüenza que cuando se hace información del Congreso de Diputados siempre se saca lo que opinan Junts y Esquerra y nunca lo que opinan el PSC y los Comunes. ¿Quién representa a Catalunya en el Congreso? ¿Esquerra y Junts? ¡Pero si la suma de PSC y Comunes es infinitamente más elevada en las elecciones generales que la de ellos! Existe la tendencia a pensar que Esquerra y Junts son los que representan a Catalunya. No, Catalunya la representan todos los diputados y diputadas electos y, por tanto, no es justo que TV3 y Catalunya Ràdio enfoquen la información parlamentaria en Madrid sólo a partir de la perspectiva de lo que dicen el gobierno, Junts y Esquerra. ¿Y los otros diputados y diputadas catalanes por qué no salen? Es una crítica que hay que hacer y que me veo muy capaz de defenderla.
¿Qué escenario prevé para la Catalunya de los próximos años?
Ahora toca una etapa de tranquilidad. La gente de todas las ideologías está cansada del enfrentamiento. No es casualidad que haya desaparecido Ciutadans, que hace pocos años ganó las elecciones al Parlament aunque no pudo gobernar. Estamos viviendo el final de lo que supuso la ola independentista y al mismo tiempo el final o la adaptación de la ola del 15M. Se está produciendo una situación que yo no quiero calificar de estabilidad porque aquí hay muchos elementos todavía de conflicto. En Catalunya no acabará de ajustarse la situación hasta que no se aplique del todo la amnistía, que estaba pensada para favorecer un cierto reencuentro. Entramos en una etapa en la que lo que toca, y algunos ya lo han dicho, es no tanto buscar un estado sino fortalecer la nación, el autogobierno, la lengua y las condiciones sociales de los catalanes y las catalanas. Ahora lo que toca es una etapa mucho menos épica, hacer frente a problemas como Rodalies, el estado de la sanidad pública o el tema de la vivienda, a la vez que fortalecer el concepto de Catalunya como un solo pueblo, defender la lengua catalana e incrementar el autogobierno. Esto puede dar de sí durante unos años y después veremos exactamente, no puedo ser profeta, hacia dónde evolucionan las cosas.
En su libro explica que ha coincidido con algunos personajes importantes de la política internacional. ¿De cuál tiene el mejor recuerdo?
Enrico Berlinguer influyó mucho en mí con el eurocomunismo y el Partido Comunista Italiano. Fui al mitin que hizo en Barcelona, pero no llegué a conocerlo personalmente. A Pepe Mújica sí le he conocido. En Montevideo primero y después en Barcelona. A Montevideo fuimos con Miquel Caminal a explicar el Estatuto de Autonomía a las izquierdas latinoamericanas. Fue una experiencia muy interesante y el que presidía la sesión era Mújica, que poco después fue presidente de Uruguay. Era un hombre muy atractivo y simpático. Lo primero que nos dijo era si habíamos probado la carne de Uruguay, que era la mejor del mundo, según él. Mújica se ha convertido en un referente moral para mucha gente, y quiero añadir que es un referente moral pero de izquierdas, porque ahora parece que todo el mundo quiera apropiárselo y que todo el mundo estuviera de acuerdo con él. Fue guerrillero de los Tupamaros y después fue presidente por el Frente Amplio. Era un hombre decididamente y descaradamente de izquierdas. Y lo que hacía era ser coherente con esto. Me parece perfecto que todo el mundo se sienta representado con Mújica, pero no era el papa del Roma.
Era un militante de la izquierda que realizó reformas profundas en su país, que ha defendido siempre los valores de la izquierda y que con cáncer en una fase avanzada participó en la última campaña electoral apoyando al candidato del Frente Amplio, que acabó ganando. No era un neutral. Era una buena persona y una persona coherente, pero también hay que recordar que era un hombre de izquierdas. Y cuando hablábamos de qué mensajes puede emitir la izquierda de cara a la juventud, hay mucha gente joven que a mí me ha hablado bien de Mújica porque era un tío de izquierdas cojonudo, fabuloso, coherente, no hubo puertas giratorias para él. A veces existe la tendencia a diluir la ideología o la militancia de algunas personas. Es el ejemplo, que también hablo en el libro, de la película El 47. Es una película excelente que a mí me gustó muchísimo, pero no puedes hacer la película d’El 47 sin explicara que Manolo Vital era militante de Comisiones Obreras y del PSUC. Él fue el líder de una lucha colectiva que tenía detrás el apoyo de un sindicato y de un partido. Me pareció muy bien que Comisiones Obreras llevase el autobús 47 a su Congreso porque era una forma clara de reivindicarlo. Manolo Vital era un hombre que quería que su barrio viviera mejor, sí, cierto, pero también era miembro del PSUC y de Comisiones Obreras. Pepe Mújica era una gran persona y coherente, pero también era militante del Frente Amplio. Esto debe reivindicarse.

