Hace unos días trascendió el interrogatorio del juez Carretero en la denuncia que hizo Elisa Mouliaà contra Errejón. Un penoso interrogatorio, carente de tacto, de sensibilidad y con descripciones y un léxico que deberían estar lejos de la judicatura.
Esto fue un claro ejemplo de revictimización, donde la denunciante fue atacada en su dignidad e intimidad. Testimonio de ello fueron las cerca de 15.000 quejas al CGPJ contra el juez en casi dos días. El rechazo fue tal que la página no daba abasto, colapsando hasta el sábado pasado. Casi el mismo número de quejas que el CGPJ recibe durante todo un año.
Esta vez trascendió y pudimos escuchar y ver el interrogatorio, y la gran diferencia en tono y palabras que el juez empleaba entre la denuncianta y el denunciado. Pero, ¿cuántas veces este tipo de conductas, esta revictimización y esta violencia institucional quedan en el anonimato y nunca deberían producirse? Ya lo hemos vivido fuera, pero que dentro de una institución también ocurra es inadmisible.
La revictimización causa un gran daño a la víctima y, cuando se publica, a todas las mujeres que podrían denunciar —si ya de por sí, las violencias sexuales son difíciles de denunciar— ejemplos como estos no dan demasiada confianza para hacerlo.
El juez se defendía diciendo que le sorprendía que en nuestro siglo alguien pudiera escandalizarse por hablar de culo o tetas. Creo que no ha llegado a entender que precisamente el no dejar hablar a la denunciante, redirigiendo y poniendo en su boca lo que él quería escuchar, el poco tacto y la total falta de atención y escucha a una víctima de violencia sexual fue lo que alarmó e irritó.
La formación y la perspectiva de género son absolutamente necesarias en el poder judicial para que actos como estos dejen de repetirse.
Artículo original de elCugatenc

