Tras haber leído el magnífico artículo de Timothy Snyder en el “Thinking about” https://snyder.substack.com/p/recoup-the-costs del pasado 21 de febrero, me siento obligado a hacerme eco de su contenido y añadir algunas reflexiones de mi cosecha propia. Es insultante que el Sr. Donald Trump repita constantemente que Ucrania (víctima de una invasión rusa, criminal y a gran escala) debe pagar el coste de la ayuda recibida bajo la administración Biden, para compensar al contribuyente estadounidense. Semejante declaración dice mucho sobre Estados Unidos a fecha de hoy y es inquietante para los países que estuvieron bajo el yugo ruso, Estonia, Letonia, Lituania, Finlandia, Polonia y demás países que se agruparon bajo el denominado “telón de acero”. Es despreciable que, si un país decide ayudar a otro país, tras hacerlo afirme que se trata de un simple préstamo que hay que devolver.
La reiterades declaraciones de Trump y sus acólitos, proponen que Ucrania conceda la mitad de sus derechos mineros, de otros recursos nacionales y de sus puertos a perpetuidad a cambio de no sabemos qué. En realidad, se trata de exigir que Ucrania se convierta en una colonia estadounidense permanente y que si no lo hace se le retirará la ayuda estadounidense en el sobreentendido de que Rusia se quedará con esos recursos. No sabemos si semejante propuesta es una bravuconada como las muchas otras que hemos oído últimamente, pero en cualquier caso muchos europeos pensamos que toda Europa debe oponerse a ese chantaje con todos nuestros recursos disponibles. Sin embargo, soy consciente de lo mucho que toda Europa debe a Estados Unidos, sobre todo si recordamos que el final de la primera y segunda guerra mundial a favor de los aliados fue posible gracias a los suministros americanos, su ejército y su decisión política.
Las demandas estadounidenses bajo el concepto de reparaciones de guerra son extremadamente severas para Ucrania y mucho más severas que las que se exigieron a Alemania después de cualquiera de las dos guerras mundiales. Lo increíble es que esa exigencia va dirigida contra Ucrania que es la víctima y no contra el agresor: la Rusia de Putin. Debe quedar claro de principio a fin de que el agresor es Rusia y Ucrania es la víctima. Hasta hace poco, la discusión en Estados Unidos y en otros foros internacionales era sobre las reparaciones que Rusia, como estado agresor, debería pagar: esa es la discusión social e históricamente coherente que, entre otras cosas, transmitiría el mensaje internacional de que los costes de los agresores bélicos (tanto actuales como futuros) son muy altos.
Creo que es necesario analizar el verdadero valor de la ayuda americana y compararlo con el valor de lo que reclama a cambio. Se habla de una ayuda de unos 500.000 millones de dólares. Esa cifra (sea mayor o menor) es minúscula comparada con el valor de los recursos ucranianos que reclama Trump. Además, debe tenerse en cuenta que el valor de esa ayuda se quedó en territorio norteamericano por varias vías. La primera fue que financió sus fábricas de armamento, pagando a trabajadores estadounidenses. De hecho, no fue nunca dinero contante y sonante: fueron armas, que en su mayoría estaban consideradas obsoletas para el ejército norteamericano y que en condiciones normales habrían sido desmanteladas y desechadas, con un coste significativo para el contribuyente estadounidense. Seguramente, es mucho menos de lo que los europeos han concedido a Ucrania y que por supuesto, ahora no exigimos que nos devuelvan. Los costes para Estados Unidos de la guerra de Irak fueron muy superiores, por no hablar de los de Vietnam y Corea. Y lo que es más lacerante: la ayuda norteamericana a Ucrania es menos de la mitad de la riqueza personal del contribuyente estadounidense, Elon Musk. De hecho, el aumento de la riqueza de Musk desde que Trump fue elegido presidente hace tres meses es mayor que toda la ayuda estadounidense prestada a Ucrania en los últimos tres años. Musk podría pagar personalmente una parte anual de la ayuda estadounidense a Ucrania y seguir siendo el hombre más rico del mundo.
Era razonable que la administración Biden y los demócratas y republicanos en aquel Congreso creyeran que la ayuda a Ucrania servía de una manera u otra a los intereses estadounidenses, tanto económicos como políticos. Además, ningún soldado estadounidense ha luchado en la guerra en Ucrania, como si lo hicieron en la 1ª y 2ª guerra mundial. Por otro lado, no estaría de más cuantificar el valor económico de las enseñanzas que los ucranianos han transmitido al mundo entero y en particular a los norteamericanos con relación a cómo se libran las guerras actuales. De hecho, los ucranianos han utilizado las armas estadounidenses, que, en lugar de permanecer en los estantes de los almacenes estadounidenses y luego ser desechadas, estos sistemas de armas han sido sometidos a una auditoría en el campo de batalla, generando información extremadamente valiosa para los estadounidenses. Los ucranianos también han desarrollado sus propios sistemas de armas, elementos que no existen en los Estados Unidos, pero que en el futuro (suponiendo una victoria ucraniana y una alianza con los Estados Unidos) serían compartidos. Es más que plausible, en términos militares estrictos, que la inversión norteamericana en Ucrania ha recuperado con creces sus costos.
Sin embargo, las ganancias económicas y de seguridad para Estados Unidos de su inversión en Ucrania fueron mucho más amplias. Ucrania mantuvo el conflicto a nivel local, evitando así la inestabilidad económica global y las pérdidas financieras que, previsiblemente hubiesen sido mucho mayores que lo aportado en estos 3 últimos años. Parece evidente que los ucranianos han cumplido esencialmente toda la misión que se suponía era el objetivo de la OTAN, absorbiendo la fuerza de todo el ejército ruso por sí solos y ahorrando a otros, incluido Estados Unidos, los costes mucho mayores de una guerra con más países implicados. Al mantener a raya a Rusia, los ucranianos también han disuadido la agresión china en el Pacífico, al demostrar cuán costosas y difíciles pueden ser las operaciones ofensivas. Hasta 2022, ese era el escenario más temido para una guerra global, cuyos costos, en términos humanos y financieros, habrían sido órdenes de magnitud mayores que la ayuda estadounidense a Ucrania. Si Estados Unidos continúa con su política de debilitar a Ucrania y fortalecer a Rusia, todos esos costos, enormemente mayores que los costos de la ayuda a Ucrania, tendrán que ser pagados por los estadounidenses. No hay duda de que el contribuyente estadounidense ha ayudado enormemente a Ucrania y tiene motivos para estar orgulloso. De hecho, esa ayuda a Ucrania ha cambiado la historia del mundo y por tanto los estadounidenses tienen todo el derecho a estar orgullosos de la ayuda militar y humanitaria que ha permitido a los ucranianos defenderse, vivir y evitar por ahora la derrota. Por ellos, los ucranianos están agradecidos, y sus funcionarios siempre reconocen públicamente el valor de la ayuda estadounidense. Pero los costes de esa ayuda para los estadounidenses han sido solo financieros, y soy de los que piensa que ya se ha recuperado mil veces en estabilidad económica y seguridad nacional. Sin embargo, los costes de la guerra para los ucranianos son de una naturaleza completamente diferente. Han perdido decenas de miles de niños, secuestrados por Rusia. Cientos de miles de soldados ucranianos han resultado heridos. Decenas de miles han muerto. La gente bajo ocupación sufre torturas masivas. Las ciudades han sido totalmente destruidas. Y, sin embargo, al mismo tiempo, los ucranianos reconstruyen y luchan, lo mejor que pueden, contra un enemigo muy superior a todos los niveles. Soy de los que piensa que la invasión rusa de Ucrania, ha provocado daños económicos, políticos, sociales y morales que alguien debería calcular y comunicar al mundo entero.
Finalmente, quisiera recordar que el ataque de Rusia, en el corazón de Europa nos ha recordado elementos cruciales. Primero y, ante todo, nos ha mostrado que la paz en el continente europeo no está garantizada y que las tensiones geopolíticas pueden escalar rápidamente hacia conflictos armados de gran magnitud. No menos importante es el sufrimiento humano: creo que puede hablarse de millones de personas (militares y civiles de ambos bandos) muertos y heridos, por no hablar de los millones de refugiados y desplazados, y la destrucción de ciudades y pueblos. Todo ello sin entrar a valorar el impacto global significativo que ha tenido y tiene esa guerra en la economía mundial, la seguridad alimentaria y la estabilidad energética. Por suerte, la respuesta internacional al ataque ruso ha demostrado la importancia de la solidaridad entre las naciones para apoyar a las víctimas de la agresión y para defender los valores democráticos y los derechos humanos.
Finalmente quisiera recordar que los conflictos armados persisten en el mundo y que es necesario promover la diplomacia y el diálogo para resolver las disputas de manera pacífica. La Historia nos ha demostrado que la guerra no soluciona los problemas, solo los retrasa y genera nuevas etapas de incertidumbre, rivalidad y rencor entre las potencias grandes y pequeñas. En resumen, el ataque de Rusia a Ucrania es una muestra palpable y un recordatorio sombrío de los peligros de la guerra y la importancia de trabajar por un mundo más pacífico y justo.

