Donald Trump y su corte, encabezada por Elon Musk, han conseguido, entre otras cosas, que el interés periodístico y la atención de la opinión pública se centre en la política internacional, teniéndonos a todas pendientes de qué consecuencias tendrán sus políticas de sheriff milhombres. No cabe duda de que los próximos años serán de alta volatilidad y complejidad, donde la geopolítica será crucial y los acontecimientos globales ganarán peso ante los locales.
Este hecho, sumado a un cierto desencuentro y agotamiento de buena parte de la ciudadanía, hace que en nuestro país las noticias vinculadas a la política catalana y española hayan entrado en una fase que navega entre el tedio y el desinterés. Así, estos últimos meses han pasado a un segundo plano, restando protagonismo y titulares a los que hasta ahora copaban los medios.
Pero la realidad es tozuda y temas como el desastre de los trenes de cercanías, el problema de la vivienda o el fracaso en la gestión de los fenómenos migratorios, entre otros, van volviendo a posicionar a nuestra clase política en el foco del análisis. Y todo ello nos recuerda, por si lo habíamos olvidado, que la política catalana y española del año 25 de este siglo que no sabemos cómo acabará, está en manos de tres políticos bien diferentes que comparten un discutible mérito: haber convertido el «trilerismo» político en su doctrina y hoja de ruta.
Académicamente, hacer «trilerismo» en política se refiere al uso de tácticas engañosas, manipuladoras o poco éticas para conseguir objetivos políticos. El término proviene, evidentemente, de la palabra que define a la persona que practica el juego del trilero, un juego de azar fraudulento en el que se manipulan objetos para engañar a los participantes y hacerles perder dinero. En el contexto político, implica utilizar estrategias como la desinformación, la manipulación de la opinión pública, las promesas falsas o incumplidas y otras prácticas que buscan confundir o engañar a los ciudadanos para obtener ventajas políticas. Tácticas pueden incluir la distorsión de la verdad, la creación de narrativas engañosas o la utilización de técnicas de propaganda para influir en las percepciones y decisiones de los votantes.
Los señores de la Moncloa, Waterloo y Sant Vicenç dels Horts han destacado en este arte, de manera que, probablemente, los libros de historia señalarán este primer cuarto de siglo como la etapa en que el «trilerismo» vivió su momento más brillante en este pequeño rincón de mundo. Sánchez, Puigdemont y Junqueras comparten el objetivo de negar lo que ha pasado en Catalunya estos últimos diez años, buscando el primero imponer una normalidad irreal y renegando los otros dos de la principal movilización social vivida en Europa estas últimas décadas. Entre los tres han creado una falsa realidad, construida sobre mentiras y engaños, para asegurar su supervivencia.
Tres trileros que juegan día tras día a enredar al personal, pero que también se hacen trampa entre ellos. ¿Os imagináis la foto? Tres hombres pagados de sí mismos, nueve cubiletes, tres bolitas y cada uno de ellos convencido de ser el más listo y astuto de la cuadrilla. Las aritméticas parlamentarias, siempre caprichosas y juguetonas, han situado a sus partidos en el centro de la política nacional y estatal, compartiendo la obsesión por no perder un poder y un protagonismo que nunca más podrán recuperar si fracasan. Se necesitan tanto como se odian. Y ese es nuestro drama.
Pero como decíamos, la realidad es tozuda y semana tras semana sus mentiras y engaños quedan al descubierto. Amnistías que no lo son, traspasos integrales que no son ni una cosa ni la otra, financiamientos singulares que nadie sabe explicar, … La lista es cada día más larga. Palabras vacías, discursos estériles, juegos de palabras, lenguaje tramposo, cinismo, engaño, deshonestidad. La peor manera de hacer política; la mejor manera de alejar a la ciudadanía de la política.
Los ejemplos se acumulan y no cuesta mucho encontrar muestras de esta manera de hacer. El último lo encontramos en el congreso de ERC del pasado fin de semana. Un congreso a la «búlgara», con una participación de poco más del 10% de una militancia cada día más escasa, que ha servido para afianzar el poder del líder supremo y de su segunda. Una Alemany, por cierto, que, si analizamos su evolución desde las CUP a ERC, pasando por los Comunes, no tardaremos mucho en ver aterrizar al PSC. Y quizá no lo hará sola. Y un congreso que también se ha utilizado para pasar cuentas con la anterior dirección, mediante un informe indigno sobre el escándalo de la estructura B, que sólo perseguía hacer escarnio y revancha.
Cuando el pasado mes de diciembre anuncié que dejaba el partido después de más de veinte años de militancia de base, escribía en este mismo diario: «ERC es hoy un partido carcomido y la etapa iniciada la noche del sábado podría ser la última del declive. Tal y como algunos hemos dicho durante este proceso electoral, la pregunta no era si la militancia apoyaría el junquerismo; la cuestión clave es cuántos independentistas votarán a una ERC liderada por él. Sospecho que pocos. Por eso todavía mantengo la idea que expresé el pasado mes de mayo: Junqueras puede acabar siendo el Carrizosa de Esquerra».
Este congreso ha evidenciado que ERC es hoy un partido carcomido y roto, liderado con mano de hierro por un hombre irresponsable, que no ha asumido ninguno de los errores y engaños de los últimos años y que vive rodeado de una cuadrilla de hombres y mujeres que le dirán sí a todo para no caer de la foto. «Trilerismo», bajo nivel y poca calidad democrática. Un cóctel que acabará con el partido con más historia de Cataluña de la peor de las maneras.
Si la política española no nos lo resuelve o si no se produce algún hecho inesperado que provoque el adelanto electoral, tendremos que esperar a las elecciones catalanas de 2028 para ver el fin del eje trilero. Unas elecciones en las que intuyo que la cosa se repartirá entre la abstención masiva activa, el PSC y una Aliança Catalana que habrán engordado los absurdos cordones sanitarios y el desdén prepotente de los partidos «puros». El resto, pasarán a la irrelevancia o a la desaparición. Pero eso ya será objeto de otro artículo.
Confiamos en que los hechos se precipiten y no tengamos que esperar tres años que no harían más que agravar la situación. No nos podemos permitir más tiempo de esta política que manipula, niega la realidad y da la espalda a la gente. Cuando la política falla a la ciudadanía, la ciudadanía tiene el derecho y el deber de reaccionar.

