Hace poco debatimos en clase sobre la diferencia entre lo cómico, entendido como entretenimiento y válvula de escape, y el humor. Una alumna me dijo que no veía clara la diferencia, que al fin y al cabo muchos humoristas parecían manifestar una clara conformidad y regocijo ante la norma. Así, por ejemplo, se mencionó a Arévalo como muestra de ello. La réplica fue obvia, ¿quién te dijo a ti que Arévalo era humorista?
Sin ánimo de entrar en una suerte de intelectualismo clasista, la idea subyacente en mi réplica era que, si bien hay personas que han sido y son muy efectivas a la hora de provocar hilaridad, no todas las formas de llegar a la risa son idénticas. Es decir, no todas las risas son iguales, no reímos siempre por lo mismo.
Siguiendo el ejemplo, la risa en y con Arévalo tiene que ver con cierto desfogue. Y no, el único problema aquí no es que su ejercicio haya envejecido mal, que haya tintes machistas o de otra índole que no tendamos a aprobar hoy. Estas connotaciones no fueron un problema en su época… Y justo aquí está el meollo del asunto: nunca hubo en sus expresiones un cuestionamiento de ningún tipo en el status quo que le tocó vivir. Al igual que muchos otros, Arévalo se nutrió de los clichés y los estereotipos de su momento para, a través de su vis cómica, entretener y divertir a un amplío público (algo que ciertamente consiguió con holgura, huelga decir).
Entonces, ¿qué es el humor? Umberto Eco rememoró la definición de Luigi Pirandello de que lo cómico es la “percepción de lo opuesto” mientras que el humor es el “sentimiento de lo opuesto”. El paradigma del humor lo tenemos, según Eco, en Don Quijote. ¿Por qué? Porque al observar a este aspirante a caballero, al leer sobre sus andanzas, por un lado nos resulta inevitable reír pero, por otro lado, nos compadecemos de él, entendemos lo desubicado que está, cómo vive en un mundo que no es el suyo y, en la medida en la que nos acercamos a él y no podemos quedarnos a verlo desde la barrera, sufrimos con y por él. Por lo tanto, hay en el humor algo ambivalente, algo que nos produce incomodidad, por mucho que suela haber risa también.
Y sí, Marc Giró nos da calor, nos hace reír, hasta cierto punto nos entretiene… Pero nos hace sentir incómodos. Nos indica algo que, en realidad, ya sabíamos o intuíamos: hay algo que está mal, hay una norma que siempre oprime. Sea una o sea otra, toda norma, toda regla, contiene sus propios límites: hay algo que debe quedar fuera. Pero a menudo estamos tan enfocados en lo que hay dentro, en lo que queda recogido por la regla, que nos olvidamos que esa habitación en la que estamos no es el mundo entero, que si esos muros se construyeron es porque hay un exterior, un afuera que a menudo olvidamos.
Sobre “Las personas vitamina”, preguntándose “¿Cuántos son muchos inmigrantes?”, sobre “Lo fácil que es votar a Trump”, sobre lo mucho que los hombres parecen ahora pensar en “El Imperio Romano” o, más recientemente, cuestionando “¿En qué lengua estudiarán los hijos de los valencianos?”. Giró aborda los límites de esos pensamientos que nos fanatizan y nos hacen creer a ciegas en que, efectivamente, tenemos unos problemas reales que resolver: nos falta esa persona vitamina a nuestro lado, nos sobran inmigrantes, nos aborrecen los woke, etc.
Por supuesto, Giró no va totalmente a contracorriente. Él no es el caballero de la fe. No se queda solo contra el mundo, no se sacrifica por él: ni falta que hace. Hay un caldo de cultivo, un cuantioso público dispuesto a escucharlo y que él bien sabe que simpatizara con sus mensajes. Pero esto no le quita ingenio, mérito y valor. Al fin y al cabo, si estamos dispuestos a dejarnos narcotizar, a olvidar que esa absurdidad está ahí… Quizás sea porque no es tan obvio su cuestionamiento.
La eterna pregunta: ¿y qué hacemos con esto? Es decir, el sempiterno regreso a la exigencia de que, de alguna forma, se proponga una alternativa, alguna solución a los problemas, “es muy fácil criticar, pero…” Pero no, con esta demanda nos equivocamos de plano. El humor no propone ni debe proponer respuestas. Y no precisamente por comodidad o complacencia sino porque, sencilla y llanamente, el ejercicio es el de vislumbrar los límites. No hablemos más de los límites del humor sino, precisamente, de cómo el humor señala los límites y, haciéndolo, nos transforma: ya no dejaremos de sentirnos incómodos, ya no podremos estar ciegos, ya todo ha cambiado: nos hemos sorprendido con la realidad, y ahora nos parece nuevo lo que siempre estuvo ahí. Risa y consciencia, si se quiere. O quizás este sea un lema demasiado grandilocuente. Mejor volvamos a Pirandello: “el sentimiento de lo opuesto”…

