«De aquí no me mueve nadie. Esto es mi casa. Tengo todos los recuerdos, me casé, han crecido mis hijos, es donde cuidé a mi marido (…) donde iré si me sacan de aquí (…) ya no me queda nada»
Estas palabras, aunque las podría decir muchas de las personas, familias y mujeres que hoy ven cómo el proceso de desahucio o de lanzamiento se les echa encima, me las dijo una vecina cuando trabajaba de técnico comunitario. Una vecina que, por encima de todas las cosas, amaba el lugar donde vivía. Aquello era su casa. Con todas las letras, y con todo lo que esto implica. Un sitio seguro, donde se siente alguien. Un espacio de vida, de memoria y recuerdo pero también de resistencia. A pesar de las heridas, las dificultades, pero también gracias a las ilusiones y los proyectos de vida, cada rincón de aquellas paredes eran casa, eran hogar.
David Madden y Peter Marcuse, en su libro En defensa de la vivienda, hablan de cómo las ciudades pequeñas y las antiguas ciudades industriales luchan por sobrevivir. Las viviendas de alquiler, las viviendas sociales, están amenazadas y parece que están en las últimas. Cada vez es más difícil pagarse una vivienda digna. A medida que pasan los años, la vivienda se está convirtiendo en un espejismo para muchas familias, para muchas personas. Basta con pasear por las calles, pasar por las antiguas colonias o acercarse a los barrios. Los carteles de “Queremos vivir en dignidad”, “Basta especulación”, “Vivienda digna y para todos” y muchos otros, cada vez están más presentes. Por el contrario, nos encontramos viviendas vacías, en decadencia. A medida que han ido pasando los años, ya medida que se hicieron mayores, se van deteriorando más, más y más. Hoy, este “de ahí no me mueve nadie” no es el recuerdo de lo que consideramos casa, sino que se convierte en una lucha enconada por mantenerse de pie, por no perder la esperanza. Una esperanza de que la mercantilización de la vivienda esboza con mil pedazos.
En la especial de junio de Sentido Crítico Habitar, se puede observar cómo hemos pasado de una situación de emergencia a una crisis habitacional galopante y que se está cronificando. Entre 2008 y 2009 en Cataluña se desahuciaron a 323.705 personas. También comienzan a hacerse importante la resistencia y la lucha vecinal, encabezada por movimientos sociales por la PAH y el sindicato de inquilinos. Unos movimientos, que conjuntamente con los vecinales y otros, comienzan a activarse no sólo para resistir sino para reconvertir un mal endémico en nuestro país. Pasar de entender la vivienda desde una perspectiva mercantil, para especular, para hacer negocio, en concebirla como hogar, un lugar donde vivir con dignidad. Quizá ya hemos llegado tarde (aquí poner datos parque vivienda pública) pero las últimas movilizaciones exigiendo que se bajen los alquileres, especialmente a partir de la huelga de alquileres impulsada por el sindicato de inquilinos, abre una brecha que nos devuelve a las luchas vecinales que surgieron de abajo, de la calle en los años 60, 70 y 80.
Los movimientos vecinales y la vecindad está dando la vuelta al relato. Están poniendo en la periferia la importancia del hogar
¿Pero basta con la preocupación? Según el CIS, la vivienda lleva meses consecutivos liderando lo que la ciudadanía considera como principal problema. De hecho, se vuelven a percibir, en todas las conversaciones y en los medios de comunicación, cómo la vivienda se está convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza. De hecho, las movilizaciones en Salt no hacen más que poner sobre la mesa la gran preocupación y malestar que cada vez se hace más presente. Las personas jóvenes cada vez lo tienen más difícil. Para ellas casi acaba siendo una misión imposible emanciparse. Las personas migradas o racializadas viven experiencias de racismo y discriminación constantes. Pese a haber nacido aquí, las inmobiliarias y los propietarios, cierran sus puertas. Las personas con situación de vulnerabilidad compiten por ver quién vive en peores condiciones, viéndose abocadas a infraviviendas oa ocupar por subsistir. Ni siquiera puede sobrevivirse. Cada vez más, todos los días que pasa, las personas se ven abocadas a mal vivir. Y mientras tanto, parece que estamos inmóviles. La ausencia de lo público nos angustia. Nos aprieta y nos pone contra las cuerdas. Donde ponemos a todas aquellas personas que no tienen ni la más mínima opción de tener una vivienda digna, ya aquellas que están en la cuerda floja oa aquellas que se mantienen donde están porque es mejor no moverse. Miras a derecha e izquierda y no hay nada. Bien, sí. Las personas que se aguantan, las dispuestas a no desfallecer, se levantan. Dejar atrás la vivienda como algo privado, un reto necesario.
Hoy, este «de aquí no me mueve nadie» ha perdido ese sentido de vida, de lugar, para dejar paso al dolor, a los llantos. Sin embargo, a pesar de que nos arranquen de lo que consideramos casa, a pesar de que nos expulsen, nos echen, la vergüenza ha cambiado de bando. En los ojos de aquellas personas que las han echado de casa se puede leer un “ya basta”. La gente no se conforma con el silencio, con mirar hacia otro lado. Los movimientos vecinales y la vecindad está dando la vuelta al relato. Están poniendo en la periferia la importancia del hogar. No necesitamos ser centro, porque esto es lo que nos perdió. Por encima de lo mercantil, del negocio y del dinero que nos ha llevado a entender la vivienda como algo privado, que es sólo mío y que me ayudará a enriquecerme, se levantan voces que ponen el valor al sentirse en casa, al hacer hogar, y que priorizan la vida. Pero no nos espera un horizonte fácil, porque ¿cómo se cambia una idea política tan asentada en nuestras sociedades? ¿Cómo traspasar la barrera que hace años no fuimos capaces de trascender?
Quizás esta vez, los que no están cómodos serán capaces de abrir nuevos caminos, de tejer espacios de resistencia cotidiana que generen aprendizaje por las generaciones que vendrán. Si el vaso se desborda, no queda otro que volver a probarlo. Los malestares, movilizaciones y tejido asociativo y movimientos sociales que se está conformando, a diferencia de hace años, está creando infraestructuras sociales. Espacios de apoyo mutuo donde todo el mundo ha dejado de esconderse. Lugares donde las personas conocen a otros que las pueden considerar sus maestros, que las hacen sentir que sin vivienda, uno no puede sentirse en casa.

