Donald Trump, con su guerra comercial, lanza un peligroso mensaje: Estados Unidos no es la potencia que fue porque es víctima de la globalización. Porque el resto del mundo se ha aprovechado del libre comercio para enriquecerse a su costa. Es el ‘agravio’ que tantos réditos aporta a los líderes populistas, y que tantas tragedias ha costado a la humanidad. Un mensaje corto, simple y contundente frente a la complejidad de un mundo multipolar. Una ‘venganza’ respecto a quienes acusa de vampirizar a Estados Unidos. Una forma de encauzar su resentimiento, y el de sus seguidores, hacia Europa, China o América Latina.
Donald Trump ha practicado la mentira como arma política durante toda su carrera. La novedad es que ahora, sobre la falacia, aplica una política concreta y tangible: el levantamiento de muros arancelarios que cambian toda la estructura del capitalismo global tal y como lo hemos conocido en los últimos años. Y los efectos no son emocionales, como el odio que desprenden sus discursos, sino muy reales: en las bolsas de todo el mundo, empezando por las de Estados Unidos, se esfuman billones de dólares en pocos días.
El país que comandaba la globalización, a través de la ideología de las grandes plataformas, el liderazgo en la investigación y de la moneda de referencia, el dólar, ha decidido romper la baraja. El resto de jugadores se ha visto, de repente, con la obligación de repartirse de nuevo las cartas. Y una partida acaba de empezar sin que nadie sepa quién será el ganador, o si sólo habrá perdedores.
Los primeros indicios apuntan a que Estados Unidos puede ser el principal damnificado por los aranceles, y los analistas temen un ciclo de inflación y recesión debido al encarecimiento de los bienes de consumo. Además de augurar un retroceso en su potencial de investigación y creación cultural. El resto del mundo contiene la respiración mientras intenta encontrar alianzas y alternativas que les preserven del epicentro de la tormenta, la economía estadounidense. Pero los aranceles son sólo la cara más visible de la amenaza global que significa un personaje como Donald Trump en el despacho más poderoso, todavía, del planeta.
Más allá de la economía
En noviembre de 2020, cuando Donald Trump fue derrotado en las urnas tras su primer mandato, Nancy Pelosi, la entonces presidenta del Congreso estadounidense, afirmaba que había sido “una lucha a vida o muerte por el destino de nuestra democracia”. Dos meses antes de las elecciones, el filósofo Noam Chomsky afirmaba: «Estamos ante la elección más crucial de la historia de la humanidad, literalmente». Cuatro años después, Trump volvió a ganar y, desde entonces, las palabras de Pelosi y Chomsky adquieren todo su dramático sentido.
Donald Trump, ratificado por una mayoría del electorado, significa un aval al sesgo autoritario de sus políticas. Ahora expresado en la decisión unilateral de dinamitar las relaciones comerciales a nivel global, como antes ha hecho con la persecución de los inmigrantes a los que considera ilegales; con las actitudes racistas y xenófobas, que representan un ataque directo a los derechos humanos; o con su negacionismo durante la pandemia o respecto al cambio climático. Todas estas políticas tienen en común la mentira y el desprecio de las reglas de la democracia, que llegaron a su cenit cuando azuzó el asalto al Capitolio, el 6 de enero del 2021.
Tras las elecciones de 2016, la escritora Siri Hustvedt concluyó en un ensayo (1) que el factor movilizador de los votantes blancos de Trump «no eran los problemas económicos causados por la globalización, sino una reacción cultural». En otras palabras, «los sentimientos identitarios en torno a la raza, la nación y el cambio cultural son más importantes que la inquietud económica para explicar el triunfo de Trump. Es un demagogo de la política identitaria. Encarna una identidad blanca, masculina y cristiana que, según sus seguidores, está sometida a amenazas».
«Soy el muro que separa el sueño americano del caos». Siri Hustvedt recordaba que Trump pronunció esta frase en su estado, en Minnesota. El muro era la gran metáfora de la primera campaña electoral, «para amurallarnos a nosotros», para mantenerlos fuera a «ellos». La escritora explicaba que Trump, en su discurso de toma de posesión en 2016, evocó “la carnicería de Estados Unidos” e hizo referencia a la 7ª circunscripción electoral de Baltimore –en su mayoría negra– como “un nido repugnante de ratas y roedores”. Eran, y son, mentiras e insultos, pero resultan impactantes y fáciles de recordar. El muro es ahora el económico, pero la metáfora es la misma.
Los perdedores de la globalización
El mundo está evaluando el daño causado por los aranceles, pero la amenaza de Trump va mucho más allá de la economía. Podríamos cambiar la célebre frase de la campaña de Bill Clinton (“¡Es la economía, estúpidos!”), por “es la ideología…”, o en otras palabras, el uso perverso de la frustración, de la indignación que provoca sentirse perdedor. El filósofo François Dubet, autor de La época de las pasiones tristes (2), considera que la indignación proviene de «sentirse despreciado».
“La indignación se expande -explica Dubet- porque en la sociedad de clases, el paso a la palabra pública estaba mediado por partidos, asociaciones, periódicos, sindicatos, activistas. Estos intermediarios ‘enfriaban’ la ira. Hoy en día, las tecnologías de la información e Internet permiten acceder al discurso público sin mediación y sin filtros. Es la combinación de un progreso democrático con una explosión de indignación”.
Este malestar oculta una extraordinaria paradoja: impulsó a Trump a la Casa Blanca y ahora, como presidente, le da una respuesta política y emocional. Es “la hora de la venganza de los perdedores de la globalización”, pero en realidad es la victoria de los magnates que se enriquecieron gracias a ella, empezando por Elon Musk o Jeff Bezos.
El periodista Nadav Eyal escribió el ensayo Revuelta (3) después de hablar con los “perdedores de la globalización”. En el libro alerta de la «conciencia de rebelión» que se ha instalado en multitud de colectivos y que, según su diagnóstico, podría acabar amenazando la democracia y el progreso en el mundo. Es una historia de emociones que se transforman en política: «Aunque tengan motivos reales para el enfado, la gasolina que mueve esta rebelión es emocional, no racional, y funciona igual en todo el mundo».
Es la frustración de quienes se sienten expulsados de los beneficios de la globalización. Nadav Eyal argumenta que esta frustración se expresa a través del voto a formaciones extremistas, ¨aunque no es necesario ganar elecciones para cambiar la historia porque los populismos crecen a expensas de una clase media – afirma – que se empobrece porque la mejora de la productividad de la empresa se basa en reducir su capacidad económica”.
El poder de la mentira
La esencia del trumpismo radica en la construcción de una alternativa a la realidad, aquella en la que cualquier dificultad o asuntos con matices se borra y lleva a la gente a abrazar la postverdad (cuando las llamadas a las emociones influyen más que los hechos objetivos). Se trata de los “hechos alternativos” de los que hablaba el equipo de Trump en el primer mandato, una forma de construir mentiras para personas que están dispuestas a creerlas porque encajan con sus prejuicios. Ahora la gran farsa, “los hechos alternativos”, tienen nombre de aranceles, la palabra mágica que resolverá todos los males que perciben los seguidores de Trump.
Trump sabía mejor que nadie que los mensajes simples, emocionales, extremos, son los que más triunfan gracias a los algoritmos de las grandes plataformas. Conocía también el potencial simplificador de las redes a la hora de polarizar a la sociedad. El poder que tiene repetir y repetir una misma mentira muchas veces y convertirla en un llamamiento a la acción. Lo sabía Trump y lo saben todos los fenómenos populistas que crecen en el mundo. Y, así, poco a poco, se crea una realidad paralela que, de repente, toma cuerpo y traspasa lo imaginario, la emoción, para convertirse en decisiones concretas y reales. Tales como la guerra comercial que acaba de declarar Donald Trump.
Como tantos otros fenómenos populistas, Trump parte de una realidad: el malestar de sectores de la sociedad estadounidense, que responsabilizan a los demás de sus propias desgracias. Los culpables son las élites de Washington, los inmigrantes, las minorías étnicas, China, los poderes ocultos a los que imaginan conspirando contra ellos… Ese es el combustible, y lo que hace Trump es poner la cerilla y atizar el fuego.
Trump señala a los enemigos, polariza a la sociedad y ofrece una solución ficticia, que no resuelve los problemas, sino que los agrava en la medida en que rompe las normas básicas. Y más de 77 millones de votantes le respaldaron y lo devolvieron a la Casa Blanca.
Los aranceles, en el fondo, son la expresión de una lucha entre los partidarios de un orden social democrático y colaborativo, y quienes, sea por desencanto o por convicción, defienden un modelo social autocrático y cerrado. Entre quienes creen en la cooperación internacional y quienes desean la vuelta al modelo de potencias que pugnan por su supremacía. Entre quienes piensan en abordar problemas globales, como el cambio climático, y quienes niegan soluciones coordinadas para solucionarlos.
Y, también, entre quienes conciben una humanidad regida por los principios de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y quienes defienden el poder del más fuerte, como representan ahora tanto Donald Trump como Vladimir Putin. Éste es el gran desafío de Europa y las democracias. Más allá de los aranceles.
PARA SABER MÁS
1) Hustvedt, S. (15/11/2020). ↑ «El largo adiós de Donald Trump». El País.
2) Oliva, A. (8/2/2023). François Dubet, sociólogo: “La división de clases ha sido sustituida por ganadoras y perdedoras de la globalización”. El Diario.es
3) Eyal, N (2022) Revuelta. Barcelona: Debate

