La decisión respecto a los aranceles cuesta mucho de entender por qué de bien seguro lo que más sufrirá será la economía de EE. UU. y las clases medias pauperizadas. En uno de los pocos actos en los que ha dicho alguna verdad, ha manifestado que seguramente se padecerá, al principio, aunque todos los expertos afirman que será un desastre mire como se mire.
La política comercial de Donald Trump, centrada en imponer aranceles a productos importados —especialmente de China, la Unión Europea (UE) y otros socios comerciales—, se promovió como una herramienta para «proteger empleos» y «revivir la industria nacional». Sin embargo, un análisis detallado revela que estas medidas generaron costos económicos, políticos y sociales que superaron sus supuestos beneficios, desde el aumento de precios para consumidores hasta guerras comerciales perjudiciales.
Los aranceles actúan como impuestos sobre las importaciones, y sus costos suelen trasladarse a consumidores y empresas. Según un estudio del National Bureau of Economic Research (2019), los aranceles a productos chinos (que alcanzaron hasta el 25% en bienes electrónicos) aumentaron los precios minoristas en EE. UU. hasta un 3%, afectando a familias de ingresos medios y bajos. Por ejemplo, la Asociación de Constructores de Viviendas estimó que los aranceles a la madera y el acero elevaron el costo de una casa nueva en $6,000.
Las empresas estadounidenses, especialmente las manufactureras, también sufrieron. Muchas dependían de insumos importados (como metales o chips electrónicos) para producción local. La Cámara de Comercio de EE. UU. advirtió en 2018 que los aranceles generaron incertidumbre y aumentos de costos, llevando a despidos en sectores como el automotriz y la electrónica.
La política de «America First» desencadenó represalias inmediatas. China impuso aranceles a $110 mil millones en exportaciones estadounidenses. Según el Departamento de Agricultura, las exportaciones de soja a China cayeron un 75% entre 2017 y 2018, hundiendo los precios y obligando al gobierno a subsidiar a agricultores con $28 mil millones entre 2018 y 2020.
La UE y Canadá también respondieron con aranceles a productos emblemáticos como el whiskey de Kentucky y las motocicletas Harley-Davidson. Estas medidas no solo dañaron a sectores clave, sino que erosionaron mercados consolidados. Para 2020, el déficit comercial de EE. UU. con China seguía siendo alto ($310 mil millones), demostrando la ineficacia de los aranceles para corregir desequilibrios. Pero se ve que la experiencia sirve de poco en su caso.
Los aranceles ignoran la interdependencia de las cadenas de suministro e industrias como la automotriz o la tecnológica dependen de componentes fabricados en terceros países. Los aranceles a productos chinos forzarán a empresas a reestructurar sus redes de producción, generando ineficiencias y retrasos ya que una cadena de producción no se construye de la nada.
Trump justifica los aranceles a la UE y Canadá bajo argumentos de que se ha abusado de la economía americana, de un intercambio totalmente injusto y de factores de «seguridad nacional», algo que aliados históricos consideran un abuso. Esto es falaz por 3 razones: muchas de las importaciones son de productos de empresas americanas (el caso de Vietnam, Camboya y China será paradigmático para empresas como Nike o Apple), el intercambio entre USA y la UE es de favorable a la UE, pero lo que vende USA es servicios de alto valor añadido que crea dependencia tecnológica, y la seguridad nacional es un caso similar a los servicios, añadiendo lo que generará en término de tensiones diplomáticas, incentivando a espacios como la UE a fortalecer acuerdos comerciales sin EE. UU, como el tratado con Mercosur o con China, lo que a largo plazo, esta desconfianza podría marginalizar a EE. UU. en la configuración de normas comerciales globales, como el caso de Oriente. Inclusive se habla que el Yuan se podría erigir para los BRICS en una alternativa al dólar, cosa dudosa, pero puesto a imaginar escenarios…
Aunque Trump promete «traer de vuelta» empleos manufactureros, no se esperan resultados esperanzadores. Ni es la industria de los años 80, ni aquellos trabajadores existen, ni la tecnología se le parece. Para que nos hagamos una idea instalar una fábrica de coches en USA tardaría entre 2 y 4 años en obtener un primer prototipo. Obviamente su pretensión es que se fabrique en USA los que hoy importan productos (Inditex ya anunció que trasladaría una fábrica a Estados Unidos).
La historia advierte sobre los riesgos de las guerras comerciales. El Arancel Smoot-Hawley (1930) agravó la Gran Depresión. En cambio, estrategias como inversión en I+D (como el enfoque de Corea del Sur en tecnología) o acuerdos multilaterales ofrecen modelos sostenibles para competir globalmente.
Los aranceles de Trump subestiman la complejidad de la economía globalizada. Aunque las políticas arancelarias y proteccionistas pueden ofrecer una protección temporal a ciertos sectores económicos, a largo plazo resultan perjudiciales para la eficiencia económica, la innovación y el bienestar de los consumidores ya que distorsionan los mercados, elevan los precios, limitan la competencia y dificultan el acceso a tecnologías. Además, suelen desencadenar represalias comerciales y tensiones internacionales, afectando negativamente al comercio global. En un mundo interconectado, cerrar las fronteras económicas solo conduce al estancamiento y a la pérdida de competitividad y no favorecen el crecimiento sostenible, la especialización y el progreso tecnológico.


2 comentaris
Gracias por su análisis claro y muy técnico. Esperemos que el Sr. Trump reconozca más pronto que tarde sus casos errores y que la democracia USA y sus contraponer pronto le paren los pies.
Gracias por su análisis claro y muy técnico. Esperemos que el Sr. Trump reconozca más pronto que tarde sus crasos errores y que la democracia USA y sus contrapoderes pronto le paren los pies.