Hace pocos meses, ha abierto una pastelería que vende porciones para llevar. Está justo en frente de la escuela de mi hijo. Entre la tienda y el colegio se encuentran dos bancos individuales. En ellos, mis padres solían sentarse esperando a que el niño saliera de clase mientras petaban la charla con otras familias.
Desde que ha abierto la pastelería mis padres y los abuelos de los otros niños ya no se sientan allí. ¿El motivo? Siempre hay turistas comiendo pastel. Como no bastan los dos bancos, las ventanas de la escuela se han convertido en una barra improvisada y, por si fuera poco, se generan unas colas que a menudo bloquean la calle, y la puerta por donde entran y salen los niños. Es un sitio de socialización que hoy ya no es sólo de las familias.
En ese mismo local hubo una pastelería tradicional hasta que los propietarios se jubilaron. Desde entonces se han instalado un par de negocios que han tenido que cerrar hasta llegar esta que ofrece un producto interesante, sobre todo, para nuestros visitantes. Del nuevo negocio lo llamo pastelería, pero en realidad es una tienda que elabora y vende porciones de pastel en cajitas, con una servilleta y un cobertizo de plástico. Es un producto pensado y propuesto para comer en la calle. Sería más preciso llamarla tienda de comida para llevar.
Una forma de interpretar lo que explico es considerarlo una muestra de una Barcelona emprendedora, con capacidad para generar iniciativas económicas viables y con proyección internacional. Pero ésta es una visión incompleta, porque este modelo de negocio desplaza el comercio de proximidad al tiempo que genera una serie de obstáculos para el desarrollo pleno de la vida cotidiana.
Es un negocio que no está pensado para dar servicio a la gente que vive en el barrio y que no le cuida, simplemente porque no somos su público objetivo. Lo que garantizará un éxito sostenido del negocio no será saber el nombre, la salud y los gustos de sus clientes habituales, sino un buen marketing de redes que atraiga constantemente a nuevos clientes, y una publicidad que no tendrá en cuenta su entorno sino que lo utilizará como una marca: Barcelona.
La turistificación de la economía de la ciudad ha provocado el incremento de los precios de los alquileres de los locales comerciales, la consiguiente expulsión de un comercio que daba servicio a la comunidad y que es reemplazado por propuestas económicas que dan servicio a un público pasavolante, con unos intereses y necesidades muy diferentes a las de los vecinos y vecinas.
Desde que ha abierto esta pastelería los bancos de delante de la escuela de mi hijo se han convertido en un espacio de consumo que desplaza la convivencia entre vecinas, sustituyéndola por el grupo de turistas japoneses que las ocupaban hace pocos días, por ejemplo, donde vivieron una experiencia huidiza. Ahora bien, lo que no fue efímero fue la caja de la porción de pastel que dejaron en la papelera de la esquina y que desde hace unos meses es permanentemente apretada. Donde hoy hay turistas, antes había vida de barrio.
No queremos esta Barcelona ni esta Ciutat Vella. No nos interesa vivir en una ciudad construida a golpe de proyectos consumistas exitosos entre los visitantes y que siguen situando la ciudad, obstinadamente, en el mapa turístico global. Al contrario, queremos una Barcelona que cuida a la gente mayor, a la calle, a los niños, que es sostenible ya medida de vecina, y que tiene en cuenta las necesidades de todos los que la habitan. Queremos una Ciutat Vella por su tejido urbano y social.
Poco después de la inauguración de esta pastelería, el alcalde Collboni defendía la política turística de su gobierno y decía que «van en la buena dirección» y que las decisiones que se están tomando para tener un turismo de calidad y evitar las externalidades negativas «están funcionando». Pero estas palabras parecen un mal chiste después de una nueva Semana Santa con las calles llenas de turistas y con la perspectiva de una temporada que hará que vivir Ciutat Vella vuelva a ser insoportable. Porque, al contrario de lo que dijo, el gobierno del PSC ha renunciado a regular ya mandar sobre el turismo y ha decidido impulsarlo y promoverlo. Después de unos años de políticas reguladoras, Barcelona ha vuelto a abrazar a los postulados más liberales que potencian el turismo y venden la ciudad al mejor postor.
Hace muchos años que no caben más turistas. La única manera de asumirlo no es enviándolos a otros barrios, sino impidiendo que lleguen más. Es necesario frenar toda promoción internacional de la ciudad y trabajar por el decrecimiento efectivo y real de los visitantes. Es la hora del desequilibrio. Si hace años hablábamos de equilibrar los usos ciudadanos con los de los visitantes, ahora es necesario desequilibrarlos en favor de la vida comunitaria.
Nos gustan los pasteles y queremos comerlos con nuestros vecinos y vecinas.

