La cineasta Isabel Coixet realizó, hace unos días, unas declaraciones sobre el impacto del turismo en Barcelona. La artista, que mantiene su residencia en un barrio del Distrito de Gràcia, señaló a un conocido medio de comunicación que «hasta ahora vivía en un barrio preservado de todo eso, pero los turistas también lo han invadido». A esto añadió que «ya no es sólo Airbnb o los apartamentos turísticos, es también esta cosa de TripAdvisor que banaliza la comida, banaliza los lugares, que al final solo hace crecer las cosas que son masivas pero que no tienen alma».

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Que una figura de su proyección y reconocimiento haga este tipo de declaraciones siempre es de agradecer, ya que permite situar ante la opinión pública una casuística que es ciertamente preocupante para un porcentaje amplio de la población. Que lo haga a partir de su propia experiencia subjetiva y no desde la empatía es ya otro cantar. A estas alturas, decir que los problemas comienzan a aparecer en los medios de comunicación y convertirse en interés de la intervención política cuando alcanzan a las clases medias puede parecer casi de Perogrullo, pero no por menos sabido deja de tener cierta importancia, además de decir mucho de cómo funcionan las democracias liberales. 

Las ciudades hace tiempo que se convirtieron en objetos de inversión, mercancías a partir de las cuales poder continuar con las dinámicas de acumulación en contexto de capitalismo maduro. Hace unas décadas, no muchas, estas se concentraban en proyectos de reforma urbanística, transformaciones y planes de actuación vinculados al sector inmobiliario, al desarrollo y fomento de nuevas infraestructuras y a la tan manida sectorialización de la ciudad racionalista. Esta funcionalidad, que para el filósofo francés Henri Lefebvre conformaba un segundo circuito de circulación del capital, continua presente y es muy relevante en determinadas geografías a lo largo de todo el planeta, como China o los países de la península arábiga. En latitudes como la nuestra, a esto hay que sumar un elemento clave: aquella importante parte de la economía que, más que a fijar capital en el territorio, se centra en acelerar su circulación y, por tanto, garantizar de esta manera altos rendimientos de la inversión. Me estoy refiriendo, claro está, al turismo. El turismo necesita de inversiones físicas —hoteles, pensiones, campings, museos, bares, restaurantes, aeropuertos, puertos y carreteras—, pero una vez todo esto está presente, hay que mantener un flujo constante de visitantes que, al consumir el recurso turístico que actúa de gancho, hagan uso de estas inversiones rentabilizándolas. Cuanta más gente lo haga, mayor serán los beneficios. Sin embargo, esta estrategia también presenta ciertos límites, por cuanto los territorios se encuentran en continua competencia unos con otros en la atracción de los turistas y necesitan, por tanto, cambiar, actualizar y mejorar los elementos de atracción. Frente a esto se puede reemplazar, diversificar o crecer. Normalmente, las tres opciones se encuentran juntas. Esto es lo que ha pasado en todas las ciudades que han devenido espacios turistificados: si bien en un principio, ciertos elementos actuaban como elementos atractores —en el caso de Barcelona, Ciutat Vella, las playas, su arquitectura, sus museos y otros contenedores culturales— con posterioridad se hace perentorio añadir más, excursiones en helicóptero, grandes eventos musicales, teatros y espectáculos visuales, pero también espacios hasta el momento no explotados, como barrios populares, periferias naturales o instalaciones deportivas públicas. Todo responde a la lógica de la competitividad. 

Sin embargo, que estos nuevos territorios vean alteradas su cotidianeidad por la presencia del turismo, no quita que ya hubieran sido transformados con anterioridad por dinámicas que mantienen un objetivo similar: la transformación de la ciudad en un motor de producción de plusvalías. Me estoy refiriendo, a modo de ejemplo, a los procesos de gentrificación, sustitución y desplazamiento de las clases populares, que en muchos casos, de hecho, se producen de forma simultánea a las dinámicas de turistificación. En Barcelona, hay numerosos ejemplos de ello: el Poblenou, Sant Antoni, Poble Sec y, como no, Gràcia. Solo ampliando el foco de la lente de la transformación nos podemos dar cuenta que la Gràcia de 2026 no tiene nada que ver con la de los años 90, pero no por el turismo, sino por la llegada de clases medias locales, colectivos creativos, trabajadores del sector de las nuevas tecnologías o de la cultura, que, durante décadas han ido transformando el barrio a partir de sus propias pautas de consumo. La transformación de su paisaje urbano y comercial respondía a su propia presencia, así como la expulsión de aquella parte del vecindario que, directa o indirectamente, no pudo adaptarse a los cambios. Por eso, que alguien como Isabel Coixet diga que vivía en un entorno «resguardado del turismo» no solo puede aparecerse como ingenuo, teniendo en cuenta cómo funciona la dinámica turística, sino también como un comentario ciertamente clasista, pues muestra cierta inconsciencia de las transformaciones anteriores, en las que las personas como ella fueron protagonistas, y una cierta falta de empatía por todos los desplazados por este tipo de procesos. Ahora bien, cuando los cambios llegan a tu puerta, eso ya es otra cosa.

La conocida periodista Mònica Terribas comentó, hace unos meses en una en Beteve, que «Gràcia ha perdido identidad porque los expats la han colonizado». Los expats, los turistas, todos esos otros siempre se aparecen responsables de una transformación en la que los que cineastas, periodistas, etc., parecen no tener ninguna responsabilidad. Y es verdad, es el capital donde hay que poner el foco, la ciudad convertida en mercancía de la que, al final, todos somos víctimas. Sin embargo, que levantéis la voz cuando es a vosotros a quien os afecta personalmente, son esas cositas de las clases medias que molestan tanto.

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Jose Mansilla

Antropólogo urbano, profesor universitario. Su último libro publicado es «Los años de la discordia. Del modelo a la marca Barcelona» (2023).

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