¿Por qué el título de “Transformar no es cancelar”?
Lo que llamamos ‘cancelación’ contiene una gramática política implícita. Cancelar no solo da cuenta de una estrategia torpe e ineficaz, sino también de una comprensión de lo que significa la transformación política: una concepción de la esfera pública, de la constitución de los sujetos y las identidades. El riesgo es que la cancelación termine fosilizándose, se estabilice y se convierta en un patrón que dibuje los contornos de lo que habría de ser una gramática política transformadora. De ahí el título, a modo de contraposición, transformar no es cancelar.

¿Quién ejerce la cultura de la cancelación? ¿Progresistas, conservadores?
Desde el lado conservador/reaccionario se ha intentado hacer creer que la cancelación o la práctica canceladora es patrimonio del universo político progresista. En 2021 la revista Harper publica una carta-manifiesto contra la “cultura de la cancelación”. En ella se dice que «las fuerzas del iliberalismo están ganando terreno», pues vivimos una época en la que se busca cancelar y silenciar cualquier disidencia. Tras esta crítica hay un objetivo velado: lograr la impunidad ilocucionaria, la salvaguarda de la autoridad y las credenciales epistémicas de privilegiados lugares de enunciación. A ello lo he denominado “el lamento hipócrita del ofendidito conservador”.
Pero ello no nos habría de impedir reconocer que en los últimos años una preocupante apuesta estratégica por la «cancelación» ha tomado protagonismo en el interior de los proyectos emancipatorios. Ello está delineando una atmósfera social que estructura nuestros comportamientos y deseos. Sobre esta segunda dimensión versa el libro, intentando habilitar otro especio para la crítica, porque creo que nos faltan herramientas para analizar por qué la cancelación es una estrategia torpe e ineficaz.
Cancelar no solo supone una estrategia torpe e ineficaz, sino también de una comprensión de lo que significa la transformación política
Se cancelan los discursos que se consideran ilegítimos, incorrectos o falsos, dice. ¿Quién decide qué es ilegítimo, incorrecto o falso? ¿Quién tiene la autoridad para hacerlo?
La cancelación entiende el sujeto/autor como origen inmóvil de las ideas y no se pregunta por la historia de la formación, las huellas, las marcas, los devenires; no atiende a los movimientos de fuerzas que determinan significados. La cancelación contiene una postura epistémica implícita: se propone relacionar una idea con su individuo creador. Atiende al síntoma que se asoma a la superficie (aquella persona que enuncia algo, pongamos por caso), al tiempo que obvia las relaciones de dominación social que imponen un sentido a las acciones y sostienen un régimen de normalidad. Pero las formas verbales explícitas dan cuenta de una parte muy pequeña de las concepciones de mundo existentes. Las batallas políticas más decisivas se juegan en torno a aquellas concepciones no explícitas, las no del todo articuladas, pero que están implícitas en las acciones de la gente. El problema de quién decide, sobre el que preguntas, remite a un problema político de primer orden. En cambio, si nuestros valores son considerados absolutos e innegociables, entonces les estamos negando su dimensión política y los convertimos en asuntos privados. Esta moralización impolítica da cuenta de una impotencia hegemónica. Como escribió Manuel Sacristán, «política sin ética es politiquería. Ética sin política es narcisismo».
La moralización de la política da cuenta de una impotencia hegemónica
Escribe que la cultura de la cancelación es “un código justiciero que comporta una vuelta a lo sagrado”. ¿Cómo lo argumenta?
Me parece que hay una correspondencia entre la imagen metafísica de la redención y la cancelación como forma terrenal, un concepto teológico secularizado. Alberga la esperanza de penetrar en el misterio de la redención a través de una acción purificadora como el agua en los rituales religiosos. En tanto se propone como un acto de justicia, entendida como expiación, la cancelación no quiere ser otra cosa que su propia manifestación. Como decía, se cierra lo político y aparece una retórica de lo absoluto, de raigambre religiosa.
La derecha acusa a la izquierda woke de practicar una cultura de la cancelación intransigente. Y parece que eso le da votos
¿Por qué se odia lo woke desde posiciones reaccionarias? Entienden por woke un conjunto de reclamaciones feministas, antirracistas, LGTBIQ+, etc. Y a ese conjunto de reclamaciones hay un hilo que las une: nuestros tiempos son blanditos. Tal es el sentido de Generation Snowflake [Generación copo de nieve], los demasiado débiles, frágiles y sensibles, asustados hasta de sus propias sombras. La expresión hace referencia a quienes se derriten fácilmente, a quienes se desvanecen con tan solo tocarlos. En tal sentido, blanditos son los estudiantes en las escuelas que no se esfuerzan, blanditos son quienes dicen tener problemas de salud mental o blanditas son las mujeres a las que ya no se les puede decir nada. Contra ello, las extremas reaccionarias proponen un empoderamiento existencial contra su negatividad progre. Frente al cuerpo feminizado, penetrado e invadido, se erige otra orientación para la nación: un sujeto fuerte, duro y soberano capaz de crear escudos inmunológicos con los que proteger lo propio. Un vitalismo de derechas, una política de la verdad, una agresividad expresiva, una gestualidad transgresora y una desinhibición extrema. Una vuelta, en fin, a los tiempos duros.

¿Tiene alguna explicación del por qué tanta gente se apunta a votar extrema derecha o lleva a Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos impulsada un poco por esa oposición a lo que llama cultura woke?
Han corrido ríos de tintas y se han dado millones de razones. Los motivos que explican su victoria son muy variados. Y, en efecto, su guerra cultural contra lo woke es una de tantas razones. Lo que ha logrado Trump ha sido politizar las heridas invisibles del reconocimiento, sintonizar y engarzar con la experiencia social del riesgo, con las pérdidas de certidumbres materiales y politizarlas como amenaza de la identidad masculina, blanca y de clase media. Si bien las políticas de Trump empobrecen materialmente a la clase trabajadora, lo más propio de su proyecto político consiste en politizar resentimientos ofreciéndoles un estatuto simbólico superior desde el punto de vista nacional, racial y sexual. Tenemos que pensar en la fuerza de esa politización reaccionaria en la superficie.
¿Al sistema capitalista le va bien o le va mal esta cultura de la cancelación? ¿Le beneficia o le perjudica este debate?
Creo que la apuesta por la cancelación no se explica sin el sometimiento al algoritmo que premia la visceralidad, la espectacularización y la gratificación inmediata. Existe una relación entre la lógica de la instantaneidad de las redes sociales y la inmediatez de la cancelación. Más que si le viene bien o mal, creo que la cancelación hay que entenderla como una forma de subjetivación que tiene relación con una lógicas capitalistas y economías de la atención. Además, la punición como forma de subjetividad, la vigilancia moral y el ethos acusatorio han sido históricamente dispositivos burgueses de control. ¿No será la cultura de la cancelación el síntoma de la interiorización del dominio del semiocapitalismo neoliberal?
¿Hay alguna cancelación justificada?
Claro que sí. La historia de la emancipación es la historia de los intentos de cancelar la opresión y a sus opresores. El libro podría haberse llamado “Derrotar no es cancelar”. Incluso podría haberle puesto como “Cancelar, ¿cuándo sí y cuándo no?”. Lo político se mide por los efectos instituyentes que generan, por los horizontes constituyentes que abre. Esta es la pregunta materialista con la que me interesa interrogar a la práctica canceladora. Vayamos al ejemplo de Rubiales, el ex presidente de la Federación Española de Fútbol. La selección española femenina de fútbol gana el Mundial y en la celebración Rubiales agarra por el cuello a una de las jugadoras y le da un beso en la boca sin su consentimiento. El “pico” de Rubiales, una forma de abuso intolerable, se convierte en el inicio de una movilización política. ¿Cómo enfrentan las jugadoras de la selección de fútbol este hecho? Hay algo muy interesante en el título de la campaña que iniciaron: “Se acabó”. El “se” da cuenta de que no es un problema puramente personal. La campaña no se inicia con un “acabemos con Rubiales”, sino con “se acabó”. ¿Por qué? Porque el “pico” de Rubiales es el “pico” del iceberg, es expresión de lógicas patriarcales y machistas inscritas en el funcionamiento de la Federación Española de Fútbol. Las jugadoras están apuntando a la naturaleza misma de la institución, a su institucionalidad, a las relaciones de poder y la discriminación sistemática en el fútbol femenino. Rubiales es una expresión de ello. Sin esa dimensión “estructural” no se explica ese comportamiento “individual”. Y claro que Rubiales fue “cancelado”, es decir, eliminado, de su puesto en la Federación, pero como resultado de un proceso político. En tal sentido, Rubiales no fue “cancelado” sino “derrotado”. Y no es lo mismo. Si se le cancela en primera instancia, entonces parece que el problema es de manzanas podridas en el cesto. En cambio, al poner el acento de la dimensión estructural, ello posibilita abrir un horizonte constituyente.
Existe una relación entre la lógica de la instantaneidad de las redes sociales y la inmediatez de la cancelación
¿Cancelar obras de teatro, películas, libros, cuadros, obras culturales, que ahora se ven de forma distinta que cuando se crearon, tiene sentido?
Eso me parece peligrosísimo. La cancelación de la cultura nunca ha aportado nada positivo. Entre otras cosas porque minusvalora y atenta contra la inteligencia de las de las personas, pareciera que hemos de ser protegidos por nuestra incapacidad a la hora de saber contextualizar una película o un libro. Cancelar una producción cultural responde, en buena medida, a una fantasía de seguridad, la posibilidad de lograr «autonomía» respecto del medio. Establece una jerarquía a priori, por fuera del vínculo social. Convierte la seguridad de la reivindicación en el criterio último para juzgar su legitimidad. De resultas, se crea un dispositivo disciplinar: regula comportamientos, gobierna conductas, previene el caos, civiliza las costumbres, reglamenta la esfera pública, sanciona acciones, reprueba moralmente, propone demarcaciones definitivas. En el acto cancelador se refleja siempre un miedo conservador.

