Sebastião Salgado: “Quiero contribuir al reconocimiento de los indígenas con mis fotos”
A sus 70 años, el fotógrafo brasileño presenta en Génesis una poderosa narración visual sobre la naturaleza y el ser humano, comparable en alcance y profundidad a sus ya míticos proyectos Trabajadores (1993) y Éxodos (2000).
“La cultura indígena está amenazada por la presión agrícola y minera, por los buscadores de oro, decenas de miles de personas que invaden los territorios y los destruyen ecológicamente.”
“En un mundo saturado de imágenes fugaces, la fotografía como objeto, incluso como obra de coleccionista, adquiere cada vez más valor.”
“El fotoperiodismo que documenta los conflictos es hoy labor de jóvenes freelance que arriesgan sus vidas, no de grandes medios de comunicación.”
Por Josep Carles Rius
Barcelona — 21 de octubre de 2014
Sebastião Salgado concibió Génesis como la última gran aventura de su vida. Durante ocho años recorrió los rincones más frágiles del planeta retratando comunidades indígenas, paisajes y fauna salvaje. El proyecto fue publicado en entregas por diversos medios impresos, en una época en la que aún había espacio para la reflexión y la profundidad. Hoy, Génesis es una exposición internacional de gran impacto, que puede visitarse en CaixaFòrum Barcelona hasta el 8 de febrero de 2015 gracias a la iniciativa de Obra Social «la Caixa».
Génesis representa una gran historia sobre la conexión entre naturaleza y humanidad, y por fortuna, no ha sido su última. Salgado, que acaba de cumplir 70 años, sigue trabajando con su cámara al hombro, en blanco y negro, y con copias artesanales que se han convertido en codiciadas piezas de coleccionismo. También continúa en el cine gracias a La sal de la tierra, un documental dirigido por Wim Wenders y su hijo Juliano, quien lo acompañó en varios de los 32 viajes realizados para Génesis.
Después de recorrer el mundo con Génesis, ahora ha centrado su trabajo en las comunidades indígenas de Brasil. ¿Es un regreso a sus orígenes como economista comprometido con los más desfavorecidos?
Mi propósito es contribuir al reconocimiento de los pueblos indígenas. Aspiro a que las futuras generaciones desarrollen una sensibilidad distinta hacia estas comunidades hoy amenazadas. El 13% del territorio brasileño está oficialmente reconocido como tierra indígena. A diferencia de otros países, donde fueron confinados en auténticos campos de refugiados, en Brasil muchas comunidades aún conservan su hábitat. Pero, ¿hasta cuándo? La cultura indígena está bajo constante amenaza por la presión de la agricultura intensiva, la minería y la búsqueda de oro. Decenas de miles de personas invaden estas tierras y las destruyen ecológicamente.
¿Los brasileños no son conscientes de que este patrimonio humano y natural está en peligro?
La colonización de Brasil comenzó con 1.500 hombres portugueses. Durante los primeros cincuenta años no llegó ninguna mujer. La población se desarrolló a partir de la relación entre portugueses y mujeres indígenas. Más tarde, se sumó el tráfico de esclavos africanos. Nuestras raíces están en la mezcla. Buscamos nuestros orígenes en Europa o Asia, pero nuestra sangre está aquí. Por eso debemos un profundo respeto a los pueblos indígenas. Como he comprobado en Génesis, el vínculo entre ser humano y naturaleza es estrechísimo. Defender a las comunidades indígenas es también defender el medio ambiente. Las nuevas generaciones deben entenderlo así. Quiero que mi trabajo sea útil en escuelas, universidades y espacios donde se forme conciencia para que en el futuro se respete su cultura.
¿Qué más puede hacer un fotógrafo ante un desafío como este?
Hay más de cien grupos indígenas «no contactados», es decir, sin relación alguna con otras civilizaciones. Su mundo debe ser preservado. Proteger a los pueblos indígenas es también proteger el Amazonas. Recientemente, documenté la situación de la tribu Awa, sometida a una presión insostenible. Más de 400 explotaciones forestales habían invadido su territorio. La publicación de ese reportaje en la prensa brasileña obligó al gobierno federal a intervenir: el ejército y la policía fueron enviados y se logró proteger su reserva. Es un territorio del tamaño de Bélgica, totalmente rodeado por la civilización. En su interior aún habitan tres grupos no contactados. Es un logro concreto del poder del fotodocumentalismo.
Un reportaje con consecuencias directas sobre la realidad. ¿Es un retorno al fotoperiodismo clásico?
Siempre he contado mis propias historias. Mi trabajo es más documental que fotoperiodístico. Nunca he trabajado por encargo, sino por una necesidad interior. Dediqué cinco años a Éxodos y ocho a Génesis. Por desgracia, somos pocos los fotógrafos que podemos permitirnos ese tipo de compromiso a largo plazo.
¿Periodismo, fotografía documental, arte…?
Hoy la fotografía es también un gran negocio en el mundo del arte. La revolución digital ha hecho que una imagen pueda reproducirse miles de veces, perdiendo su esencia como fotografía única. Ya nadie paga por una imagen. Antes, la fotografía era nuestro archivo, nuestra memoria física. Hoy se toma con un móvil, se transmite, se ve en una pantalla… es otro concepto. Cuantas más imágenes efímeras nos rodean, más valor cobra la fotografía como objeto físico, incluso como obra de coleccionista.
¿Existe el riesgo de que la fotografía quede relegada a las galerías?
Sí. En eventos como Paris Photo, cientos de galerías exhiben obras que muchas veces no tienen interés real. Son imágenes creadas para ser expuestas, no con un propósito documental o humano. Mi trabajo no nace para las galerías. Si después se exhibe, bien, pero no es su finalidad. Las fotos que realmente tienen fuerza son las de Cartier-Bresson, Capa y otros grandes, que, como yo, fotografiaban con un propósito vital. Génesis fue para mí un viaje interior, una carta de amor a la Tierra. Buscaba esa pureza aún presente en el 46% del planeta, donde la naturaleza permanece casi intacta desde los tiempos del Génesis.
Pero si la fotografía queda atrapada entre las imágenes digitales y las galerías, ¿qué futuro le espera al fotoperiodismo?
Muy poco, lamentablemente. Yo soy respetado como creador, pero el fotoperiodismo de conflicto es obra de jóvenes freelance que arriesgan sus vidas, no de grandes medios que ya no apuestan por ese tipo de trabajo.
¿Cómo hemos llegado a este punto?
Hemos cambiado la ética por el beneficio. Hoy los valores son la rentabilidad, el liberalismo económico, la productividad… La dinámica informativa es tan acelerada que agota a las sociedades y genera agresividad. Todos hemos contribuido a este nuevo modelo. Lo hemos aceptado. Vivimos como dentro de un acelerador de partículas. Es una evolución en un sentido que no me gusta. Pero tampoco me siento con derecho a juzgarla. Simplemente, ya no es el mundo que yo conocí.
https://catalunyaplural.es/es/el-dia-en-que-sebastiao-salgado-descubrio-el-universo-de-joan-guerrero/

