Dolor de barriga, diarrea, somnolencia, sofocos, estreñimiento, mareos o taquicardia son reacciones que se pueden sufrir como consecuencia de tomar fármacos prescritos para combatir virus, bacterias, el dolor, para tratar la hipertensión, procurarnos el hierro necesario o para prevenir el descontrol hormonal, entre otras cosas. A las consecuencias no deseadas de la administración de un medicamento, normalmente molestas o desagradables, las llamamos efectos secundarios.
«En principio, cualquier fármaco puede provocarlos, de la misma manera que también puede ocurrir con los alimentos, y dependerá de cada persona o de su sistema inmune que esto pase, de una forma u otra», expone Amèlia Garcia Miranda, farmacéutica y vocal del Colegio de Farmacéuticos de Barcelona (COFB). «Una vacuna, por ejemplo, activa nuestro sistema inmune para que, si un patógeno entra en contacto con nuestro organismo, podamos tener preparados, en plena efervescencia, ‘los soldados’, las defensas para atacar. Pero, la administración de la vacuna, a veces, puede causar fiebre, dolor de cabeza o inflamación en la zona donde se ha puesto. Si esto ocurre, acostumbra a ser de carácter leve y con un analgésico se controla. El problema es si, pasadas 48 horas, la reacción no se calma o surgen otros efectos. Entonces es cuando hay que consultar a un médico», señala.
Son las espinas de la rosa: curar o prevenir, con efectos marginales. En teoría, todos los inconvenientes de los tratamientos farmacológicos que tienen como objetivo la cura y prevención de las enfermedades, pero que también causan efectos molestos, aparecen claramente descritos en los prospectos de los medicamentos. Porque, tal como nos recuerda la directora del Servicio de Farmacología Clínica del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, la doctora Rosa Maria Antonijoan, antes de que un fármaco salga al mercado, pasan muchos años y, en los diferentes ensayos por los que pasa, se reporta todo efecto, sea leve o moderado, además de evaluar a qué se debe cualquier reacción. Antonijoan comenta que, si en la fase 1 del ensayo, con voluntarios sanos, se da un efecto adverso, aquella fórmula ya no continúa adelante. Si esto no sucede, ya se pasa a la fase 2, con un grupo pequeño de pacientes, y después a la fase 3, con un mayor número de pacientes. «En todas las fases del estudio se evalúa la seguridad del fármaco», precisa la farmacóloga del Hospital de Sant Pau.
Una vez, sin embargo, ya se comercializa el medicamento —especifica la especialista en farmacología— «en su prospecto debe estar todo». Además —añade— «como médicos, nuestra responsabilidad es explicar los posibles efectos que pueden aparecer, sobre todo los más frecuentes».
Por ejemplo, muchos pacientes que siguen tratamiento contra el dolor con opioides sufren estreñimiento. Por tanto, el mismo tratamiento que calma el malestar del dolor puede causar otro muy incómodo para algunas personas. El aumento de azúcar inducido por corticoides es otro caso de inconveniente, o efecto colateral, pese a que la prescripción del fármaco para el mal inicial sea totalmente correcta y eficaz. «Es trabajo de quienes prescribimos informar muy bien, avisar de los efectos secundarios que se pueden dar, diferenciando entre los más frecuentes y los menos probables, pero que también se han descrito. Y, una vez el paciente empieza el tratamiento, en función del grado del inconveniente que le pueda causar, buscar alternativas», dice Rosa Maria Antonijoan.
Al fin y al cabo, los ensayos de los fármacos se hacen para demostrar que un nuevo medicamento es eficaz, efectivo y eficiente, pero también seguro y que, además, mejora la calidad de vida de los pacientes. Por lo tanto, no debe pasar desapercibida ninguna alteración, incomodidad o malestar que surja como resultado del consumo de un fármaco, aunque funcione para aquello para lo que está prescrito.
De ahí que los profesionales de la medicina, la enfermería y la farmacia hablen de la necesidad y el beneficio de que los propios pacientes reporten su experiencia con el tratamiento, una vez comienzan a tomar una medicación. «Es muy importante especificar al médico, a la enfermera o al farmacéutico si se experimentan efectos no deseados», expresa Amèlia Garcia Miranda, vocal del COFB.
Comunicarlo es clave
En el CAP, tanto médicos y médicas como los profesionales de enfermería pueden tomar nota de los efectos secundarios y reacciones adversas a los medicamentos (RAM). La diferencia entre unos y otros es la gravedad, aunque ambos pueden darse en diferentes niveles, de leve a grave. Cualquier circunstancia derivada de la toma de una medicación, tanto los profesionales sanitarios como los propios pacientes, pueden comunicarla al espacio en línea Tarjeta Amarilla del Centro de Farmacovigilancia de Cataluña. El Colegio Oficial de Médicos también tiene un acceso para sus profesionales, y el Colegio de Farmacéuticos de Barcelona dispone del Centro de Información del Medicamento, para reportar efectos y consultar interacciones entre medicamentos, entre otras casuísticas. Asimismo, tanto ciudadanos como profesionales sanitarios pueden exponer situaciones de reacciones adversas y efectos secundarios en el espacio que dedica la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS).
Desde la multinacional alemana STADA, muy especializada en medicamentos genéricos, su directora del negocio farmacéutico, Carmen Núñez, expresa que «la farmacovigilancia es una actividad que permanece siempre al lado del medicamento desde el momento en que se investiga hasta el momento en que se deja de utilizar, y su esencia tiene dos puntos fundamentales basados en los análisis de los datos recogidos. Por un lado, averiguar la relación causal entre el uso del medicamento y el efecto observado. Por otro, implementar las acciones necesarias para mitigar el impacto de las reacciones adversas que puedan producirse y permitir su conocimiento, tanto del profesional como de la población general».
Núñez destaca que «lo más importante es resaltar que es un proceso continuo y prioritario para la compañía, que tiene como objetivo disponer siempre de la información más actualizada en cuanto a la seguridad del medicamento».
En España, las compañías farmacéuticas como STADA están obligadas a implementar un riguroso sistema de farmacovigilancia para el registro y seguimiento de los efectos secundarios de los medicamentos. Carmen Núñez explica que «la identificación de efectos adversos comienza con la recopilación de informes de pacientes, profesionales de la salud y estudios clínicos, a través de sistemas de notificación voluntaria y obligatoria. Estos informes se registran en bases de datos específicas y se notifican a las autoridades reguladoras, como la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) y la Agencia Europea de Medicamentos (EMA)».
Los datos recopilados se analizan y, a partir de la evaluación realizada, se toman diferentes medidas que son explicadas y difundidas de manera transparente tanto a profesionales sanitarios como a pacientes. Esto puede hacerse a través de boletines, publicaciones científicas, etc. Y, sobre todo, actualizando la información que consta en la Ficha Técnica del medicamento y en el prospecto para el paciente que se incluye en las cajas de cada medicamento, público, y siempre actualizado en la página web de la AEMPS. Todo esto —precisa Núñez— garantiza que todos los interesados estén informados de los riesgos y precauciones necesarias sobre el uso del medicamento.
Adherencia comprometida
La comunidad sanitaria es muy consciente de que puede haber personas que prefieran no leerse los prospectos de lo que se les prescribe porque, si no, tal vez no querrían tomárselo. De hecho, una baja adherencia a un tratamiento con fármacos acostumbra a responder, mayoritariamente, a los efectos secundarios que acompañan a estos fármacos. «Es la primera causa de discontinuidad en el seguimiento de un tratamiento», declara Óscar Pino, coordinador del Centro de Salud Mental de Adultos Benito Menni de L’Hospitalet de Llobregat, y vocal del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña (COPC). Con algunos de los ejemplos más frecuentes, como el aumento de peso como fuerte inconveniente de determinados psicofármacos, se hace comprensible la reticencia a ciertos medicamentos: «Si a una chica joven, el psicofármaco le hace ganar quince kilos en un año, tendría todo el derecho a no querer tomárselo». Una manera de ayudar a paliarlo sería, a juicio de este especialista, «facilitarle el acceso a un nutricionista y a un gimnasio gratuito». Pero, lamentablemente, se cubre muy bien el tema de salud mental, pero todo esto otro no lo cubre el sistema.
Pino reconoce que «cuesta mucho diseñar fármacos que entren en el cerebro. Tienen que atravesar la barrera hematoencefálica. Y cuando se consigue, afectan a todas las áreas del cerebro. El fármaco no va solo donde tú quieres. Ese es el gran hándicap de las farmacéuticas». De hecho, explica que en los últimos treinta años no se ha avanzado mucho para reducir o paliar esos efectos colaterales de algunos psicofármacos. Y, ante la falta de alternativas a los tratamientos psicofarmacológicos, se abusa de ellos. Recuerda que «España es el país del mundo que consume más psicofármacos».
Ahora —dice—, en parte como consecuencia de los efectos secundarios no deseados, cada vez hay más gente que prefiere seguir una terapia psicológica. Aunque, debido a las insuficientes ratios de profesionales de la psicología en el sistema público, los pacientes tienen que pagarse la psicoterapia en consultas privadas. Pero eso ya apunta a un cambio social: contemplar la psicoterapia como alternativa, una inversión que beneficiaría al sistema de salud público, dado que algunos estudios apuntan que un euro invertido en psicólogo tendría un retorno de diecisiete euros.
Deseo sexual disminuido
Otra gran afectación de ciertos psicofármacos incide en las relaciones sexuales. “El 80% de los pacientes con problemas de salud mental que deben tomar antipsicóticos o antidepresivos sufren disfunción sexual como efecto secundario de estas medicaciones”, declara la doctora Maria del Pino Alonso, responsable del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario de Bellvitge. De hecho, efectos secundarios como la disfunción sexual, el aumento de peso, los problemas metabólicos como la hipercolesterolemia, la hipertensión y las alteraciones vasculares, además de problemas cognitivos como los de atención y concentración, aún requieren mucha investigación para depurar los fármacos de estos inconvenientes.
“El objetivo que ya se persigue con las medicaciones es respetar la función cognitiva e intentar producir la menor disfunción sexual posible”, señala la psiquiatra del Hospital de Bellvitge. En el caso de la disfunción sexual masculina —dice—, “se ha invertido mucho en encontrar maneras de compensar los problemas de eyaculación, pero aún no existe ningún fármaco para tratar la disfunción sexual femenina”.
Este es un claro ejemplo de sesgo de género en la investigación en salud. “Hay muy poca investigación en este ámbito. Durante muchos años no se ha hablado de ello. Es una disfunción menos evidente que la masculina, pero no por eso menos importante”, puntualiza.
En cualquier caso, la disfunción sexual es uno de los hándicaps que hacen bajar el porcentaje de adherencia a los psicofármacos. Algunos estudios apuntan hasta un 70% de abandono de los tratamientos de salud mental en todas las patologías en general. Otras investigaciones europeas acercan este porcentaje al 80% en el caso de la depresión y la esquizofrenia.
Son tratamientos de larga duración o incluso para toda la vida, según especifica la farmacóloga Amèlia Garcia Miranda, y “en principio, los pacientes están muy controlados, y cada ciertos meses siguen un control médico, en el cual, en función de las analíticas, se pueden ir ajustando las dosis”.
Conexión atención primaria, farmacéutica y hospitalaria
El papel de los profesionales farmacéuticos se vuelve clave como aclaradores de pautas y dosis, y también para recoger, igual que hacen médicos, médicas y desde enfermería de atención primaria, los efectos secundarios reportados por los pacientes.
En este sentido, es interesante destacar el esfuerzo que desde el Hospital Clínic de Barcelona se está haciendo para acercar el seguimiento del cáncer de mama a los ambulatorios. La oncóloga Montse Muñoz explica que “los efectos secundarios y las secuelas del tratamiento del cáncer de mama son molestias y situaciones, pequeños o grandes problemas, que acompañarán a la mujer durante mucho tiempo y, a veces, toda la vida”. Por ello, en el Hospital Clínic, además del apoyo que se da desde Oncología Médica, Ginecología y Oncología Radioterápica, proponen involucrar a la atención primaria en el seguimiento, apoyo y tratamiento de estos efectos secundarios. Muñoz lo explica: “Primero, porque muchos de estos efectos secundarios, como el linfedema (acumulación de líquido en los tejidos blandos) o el riesgo cardiovascular, se asocian a otras patologías como la obesidad, que incrementan este riesgo. Otras veces, porque las artralgias (dolor en las articulaciones) mejoran con ejercicio físico y hay que ser muy constante, y cuando la paciente baja un poco la guardia, tiene que haber alguien más cercano que el oncólogo para darle un toque de atención. En este sentido, el médico de cabecera y la enfermería son fundamentales. Porque la enfermería del CAP está cada vez más empoderada”.
Por eso, en el Hospital Clínic han creado un programa de seguimiento compartido en el que, desde prácticamente el primer momento, cuando se acaba el tratamiento hospitalario —cirugía, oncología radioterápica o quimioterapia, cuando es necesaria— intentan involucrar al médico de cabecera para que conozca la patología, el tipo de tumor que ha tenido la paciente, qué tratamiento se le ha aplicado, por qué se le ha aplicado, qué efectos y qué secuelas presenta y, a partir de ahí, ir creando una relación entre el médico de cabecera y la paciente. Es una relación —precisa Montse Muñoz— que quizá en población joven aún no existe, pero en pacientes de 50 o 60 años, sí. Por tanto, aprovechamos esta relación para introducir la patología, elaborar un informe claro para el médico de cabecera sobre los efectos secundarios y secuelas que debe vigilar y cómo hacerlo, y empezar a trabajar juntos”.
El objetivo sería crear, en cada uno de los CAPS que dependen del hospital, una persona referente, tanto en medicina como en enfermería, y que esta sea referente para el resto de compañeros del ambulatorio, otros médicos y enfermeras, porque el objetivo es que cada paciente sea valorada una vez al año por su médico de cabecera, focalizando la visita en el cáncer de mama. Evidentemente —añade Muñoz— la paciente acudirá muchas otras veces al médico, pero queremos que sea una visita más específica, un poco más larga y, sobre todo, focalizada en el cáncer de mama. Creemos que esto puede ser muy positivo para ellas”.
Sería una manera de ayudar a las pacientes a manejar toda la carga de síntomas que son pequeños en comparación a otras cuestiones que ven los oncólogos cada día, pero que es muy importante abordar con conocimiento y atención.
Por eso, desde el Área Integral de Salud Barcelona Esquerra (AISBE) se ha organizado una Jornada Conjunta de Atención Compartida en Cáncer de Mama para el próximo viernes 13 de junio en el auditorio ESTEVE, en el Centro Esther Koplowitz del Hospital Clínic.
Mi farmacia
Poco a poco, en Cataluña se van abriendo circuitos para facilitar la información entre los pacientes y sus médicos, enfermeros y farmacéuticos. Hacia este modelo se orienta la aplicación presentada este año en el marco de Infarma 2025 —el Congreso Europeo de Oficina de Farmacia y el Salón de Medicamentos y Parafarmacia— bautizada como “Mi Farmacia”. La app ha sido desarrollada por el Consejo de Colegios de Farmacéuticos de Cataluña y consensuada con el Sistema Catalán de Salud. Es la primera aplicación que conecta a los pacientes con la farmacia, permitiendo mejorar la comunicación entre farmacéuticos y ciudadanos, optimizando la atención farmacéutica y promoviendo una mayor proximidad. Los medios tecnológicos como este hacen evolucionar hacia un modelo de decisiones compartidas e informadas que busca el empoderamiento de los pacientes. Y una de las funciones que se prevé es la recogida de los efectos secundarios que los tratamientos comportan. La nueva aplicación facilita la integración de datos clínicos y la generación automática de informes de seguimiento de índices, por ejemplo, de glucosa o tensión arterial, muy útiles para el médico.
Son herramientas que acercan a los pacientes a su historia clínica y farmacológica y a los profesionales que la supervisan. Poniendo en común estas historias se pueden evitar interacciones de medicamentos y buscar alternativas, una necesidad con tendencia creciente. Porque, tal como dice la doctora Rosa Maria Antonijoan, “cada vez conviviremos con más patologías y durante más años, con lo cual se tomarán más medicamentos y habrá mayor riesgo de interacción entre ellos”.


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