El genocidio que sufre el pueblo palestino en Gaza ante los ojos de la opinión pública mundial quedará como una de las peores muestras de deshumanización de la historia. Por su magnitud, pero sobre todo por la impotencia, la pasividad y los silencios frente a las masacres cotidianas cometidas por Israel. Por la impunidad con la que un Estado, presuntamente democrático, ha asesinado a más de 55.000 personas, de ellas más de 18.000 niñas y niños. Y por la complicidad expresa, e imprescindible, de Estados Unidos, de los propios países árabes, y de los movimientos reaccionarios de todo el mundo.
El Holocausto, el paradigma del genocidio del siglo XX, no fue conocido por las poblaciones de los países aliados mientras ocurría en la Europa dominada por los nazis. Tampoco el de Ruanda, donde fueron asesinadas casi un millón de personas de la etnia tutsi entre el 7 de abril y el 15 de julio de 1994. O el sufrido por los armenios (1915-1923) o el cometido por los hemeres rojos en Camboya (1975-1979). En todos estos casos, servicios de inteligencia y mandatarios de las grandes potencias los conocían y no actuaron, pero la población mundial no fue consciente de su magnitud hasta que ya era demasiado tarde.
En el caso de las masacres cometidas por la Rusia de Putin en Chechenia (1994-1996) y en la limpieza étnica emprendida por Serbia contra Bosnia (1992-1995) o Kosovo (1998-1999) sí que trascendió desde el primer día gracias al coraje de cientos de periodistas. Pero en los Balcanes, territorio europeo, la presión de la opinión pública forzó una intervención militar de la OTAN que logró doblegar a Serbia. Ya en el siglo XXI, la impotencia de la comunidad internacional ante el proceso de limpieza étnica Myanmar en contra de la comunidad rohingya (2018) o las masacres en el sur de Sudan significaban avisos de una nueva era de impunidad. Hasta llegar a Palestina.
En la Guerra de Irak (2003-2011), que no entra en la categoría de genocidio, la población mundial se movilizó masivamente, aunque sin lograr detener uno de los mayores (y reconocidos) errores estratégicos y humanitarios de Occidente. Las protestas por el genocidio de Gaza, en cambio, son muy meritorias, pero testimoniales. Y la vida sigue en el mundo como si el plan para exterminar a los palestinos no se estuviera cometiendo ante nuestros ojos. Como si el asesinato sistemático de niñas y niños, de familias enteras, no ocurriera. Cómo si dos millones de personas no estuvieran en riesgo de morir de hambre a unos miles de kilómetros de nuestros países. Lo vemos a diario, pero no ocurre nada. ¿Por qué? Esta es la gran pregunta. Intentaremos responderla en siete claves.
Un genocidio de libro desde el primer día
La sucesión de masacres durante veinte meses ha puesto en evidencia que estábamos ante un conflicto genocida. Luis Moreno Ocampo, primer fiscal del Tribunal Penal Internacional, declaró justo dos semanas después del 7 de octubre (1) que “lo ocurrido es un genocidio porque la intención de Hamás es destruir al pueblo israelí. Además, es un crimen de lesa humanidad, un ataque masivo a población civil. Y la toma de rehenes, un crimen de guerra. Todo eso es lo que hizo Hamás. La organización terrorista asesinó a más de 1.200 personas y tomó 251 rehenes”.
Pero igual de contundente se mostró cuando afirmó que «la respuesta de Israel también es criminal porque el bombardeo de población civil y el bloqueo absoluto de Gaza es un elemento objetivo de genocidio: crear condiciones que van a producir la destrucción de un grupo. No permitir que pase agua, víveres, gasolina… es transformar todo Gaza en un campo de exterminio. Y el desplazamiento forzoso es un crimen de lesa humanidad».
Jonathan Cook, periodista y escritor británico, es autor de tres libros de referencia para entender el conflicto entre Israel y Palestina: Blood and Religion (2006), Israel y el choque de civilizaciones: Irak, Irán y el plan para rehacer Oriente Medio, Y Palestina en desaparición: los experimentos de Israel sobre la desesperación humana (2008). Cuatro días después del ataque de Hamás, ya escribía (2) que “Israel ahora se siente alentado a hacer mucho más explícita su política hacia los dos millones de habitantes de Gaza. Hay una palabra para esa política, una palabra que se supone que no debemos usar para evitar ofender a quienes la implementan, así como a quienes apoyan silenciosamente su implementación. Ya sea por diseño o por resultado, el hecho de que Israel mate de hambre a civiles, los prive de agua potable y evite que los hospitales atiendan a los enfermos y heridos -que traten a los que Israel ha bombardeado- es una política genocida”.
“Los políticos y los medios de comunicación occidentales – denunciaba Cook en su artículo – esperan que los palestinos de Gaza permanezcan en su cámara de tortura, se muerdan los labios y sufran en silencio para que no se perturben las conciencias en Occidente. Hay que decirlo. La población de Gaza se enfrenta a un camino lento y silencioso hacia la erradicación”.
Raz Segal es profesor adjunto de estudios sobre el Holocausto y el genocidio en la Universidad de Stockton. En un artículo (3) en la revista Jewish Currents, fundada en 1946 y que recoge el pensamiento de la izquierda judía, escribía el 13 de octubre del 2023: “lo que estamos viendo ahora en Gaza es un caso de genocidio. La Convención de la ONU para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948 exige una intención específica para determinar lo que es un genocidio. Es la intención de destruir un grupo racial, étnico, religioso o nacional como tal, es decir, de forma colectiva, no sólo individuos. Y esta intención, como acabamos de escuchar, está siendo proclamada abiertamente por los políticos israelíes y oficiales del ejército desde el 7 de octubre”.
“En Gaza – explicaba Raz Segal – ocurre una matanza genocida, que es el primer acto, según la convención, de genocidio. E Israel, debo decir, también está perpetrando los actos número dos y tres, es decir, causar graves daños físicos o mentales, y crear condiciones diseñadas para provocar la destrucción del grupo cortando el agua, los alimentos, el suministro de energía, bombardeando hospitales, ordenando el desalojo rápido de hospitales, lo que la Organización Mundial de la Salud ha declarado que es ‘una sentencia de muerte’ para los enfermos. Así que estamos viendo la combinación de actos genocidas con una intención clara. Se trata, en efecto, de un caso de genocidio de manual”.
Raz Segal se extiende en su tesis sobre el genocidio a partir de la memoria del Holocausto en una entrevista posterior (4). “Es muy importante –afirma – entender este contexto, la idea de luchar contra los nazis, la idea de utilizar la memoria del Holocausto de esta manera. Hay un amplio contexto, una larga historia, por supuesto, de este vergonzoso uso de la memoria del Holocausto, que los políticos israelíes han utilizado para justificar, racionalizar, negar, distorsionar, quitarle importancia a la violencia masiva contra los palestinos. Y ha permitido también que se desarrolle una visión de Israel como algo excepcional, que le proporciona impunidad. La verdad, sin embargo, es que todos los perpetradores de genocidio en realidad ven a sus víctimas como peligrosas, como viciosas, como inhumanas, ¿verdad? Así veían los nazis a los judíos. Y así es como hoy los israelíes ven a los palestinos”.
La “acción final” de Netanyahu
En marzo del 2024, Israel reanudó sus bombardeos aéreos tras romper un frágil alto el fuego de dos meses, a la vez que imponía un bloqueo total al suministro de alimentos y agua potable. Lo que ha generado una hambruna en toda Gaza. A principios de mayo, Israel anunció un plan para ocupar toda la franja. Netanyahu describió la operación como la «acción final» de Israel: crear las condiciones de terror necesarias para que los palestinos no tuvieran otra salida que abandonar la franja. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, declaró que, en seis meses, Gaza dejaría de existir. La población superviviente, añadió, sería confinada en una única «zona humanitaria» y, empujada por la desesperación, “decidiría huir al ver partiría que no hay esperanza ni nada que buscar en Gaza”.
Esta era la estrategia desde el primer día. Josep Borrell, exjefe de política exterior de la UE, calificó las palabras de Bezalel Smotrich como una “clara declaración de las intenciones genocidas de Israel”. Y añadió “pocas veces he escuchado a un líder de un Estado esbozar con tanta claridad un plan que se ajuste a la definición legal de genocidio”. Según la Convención contra el Genocidio de 1948, esa definición incluye actos cometidos con la “intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso”, como matar a miembros del grupo o imponer condiciones destinadas a provocar su destrucción física.
En enero de 2024, la Corte Internacional de Justicias (CIJ) determinó que Israel corría el riesgo de perpetrar un genocidio y debía tomar medidas provisionales para evitarlo. En julio de 2024, la CIJ dictaminó en un caso aparte que la ocupación israelí de los territorios palestinos era ilegal y debía cesar. En noviembre, la Corte Penal Internacional (CPI) emitió órdenes de arresto contra Netanyahu y el exministro de Defensa Yoav Gallant por cargos relacionados con “crímenes de guerra y crímenes de lesa humanidad”. A pesar de las órdenes de arresto de la CPI, Netanyahu y otros funcionarios israelíes han viajado libremente a Estados Unidos y a Hungría, por ejemplo. Lo que pone en evidencia la debilidad estructural de los tribunales internacionales, cuya aplicación depende de los Estados miembros. Y muy pocos países se atreven a enfrentarse a Estados Unidos, el gran aliado de Israel.
¿Una trampa moral?
Vincent Lemire, historiador que dirigió el Centro de Investigación Francés en Jerusalén, consideró (5), días después de los atentados terroristas, que Hamás, con su ataque, había tendido una “trampa moral, que consiste en provocar a Israel para que su ejército cometa crímenes de guerra a una escala sin precedentes»” ¿Con qué objetivo? “En última instancia, el objetivo es un cambio en la opinión pública mundial. Estos crímenes de guerra ya han comenzado, con los bombardeos indiscriminados que ya han causado la muerte de miles de palestinos de Gaza”. Se trata de un objetivo creíble, defendía Lemire, “porque el apoyo a Israel en la opinión pública mundial se ha erosionado en gran medida en los últimos años, incluso en Estados Unidos. Este movimiento de rechazo es poderoso, y más allá de la emoción que provoca la atrocidad de las masacres, podemos pensar que resurgirá cuando aparezcan los rostros de los niños palestinos que murieron bajo los bombardeos israelíes”.
Veinte meses después, la ‘profecía’ de Vicent Lamire se ha cumplido solo en parte: Israel ha visto erosionada su imagen porque la percepción mundial sobre el Estado que nació a la sombra del holocausto es hoy concebida más como verdugo que como víctima. Pero el movimiento de rechazo no ha sido tan poderoso como pensaba Lamire, pese a que “los rostros de los niños palestinos” sí han aparecidos, a miles y miles.
Capítulos
Referencias
1. Junquera, N. (23/10/23). El jurista Luis Moreno Ocampo: “Israel no puede convertir Gaza en un campo de exterminio”. El País
2. Cook, J (11/10/20) Israel-Palestine war: The blood of Gaza is on the West’s hands much as Israel’s. Middle East Eye
3. Segal, R. (13/10/2023) Un caso de genocidio de libro de texto. Jewish Currents.
4. Goodman, A. (16/10/2023) “Un genocidio de manual”: Raz Segal, académico israelí estudioso del Holocausto, repudia el ataque de Israel a Gaza. Democracy Naw
5. Bherer, M.O. (14/10/2023) Vincent Lemire, historien: “Depuis l’attaque du Hamas contre Israël, nous sommes entrés dans une période obscure qu’il est encore impossible de nommer”. Le Monde

