El genocidio de Gaza ha vuelto a poner en escena a Hannah Arendt (1906-1975), una de las pensadoras más influyentes del siglo XX. Nació en Alemania en el seno de una familia judía, que, a causa de la persecución nazi, se exilió a Estados Unidos. Su vida se cruzó, treinta años después, con uno de los responsables de aquel régimen abyecto. Tras el final de la Segunda Guerra Mundial, Adolf Eichman, el que fuera responsable de la logística de los campos de exterminio nazis, huyó a Argentina. En 1961, Eichman fue secuestrado por un comando israelí y juzgado en Jerusalén. Entonces, The New Yorker pidió a Hannah Arendt que cubriera el juicio con sus crónicas.
Fue a partir de esta experiencia que Arendt redactó el que, seguramente, sea su ensayo más conocido: Eichman en Jerusalén. En él, no solo narra el juicio, sino que se planteó una pregunta esencial: ¿por qué Eichamn no parecía malvado si, lo que había permitido y en lo que había contribuido, era el horror absoluto? Y al buscar la respuesta definió “la banalidad del mal”, un concepto que, en su momento, resultó muy polémico y que con el tiempo ha adquirido un significado universal para describir el comportamiento de personas corrientes que cometan actos de extrema crueldad y sin ninguna compasión para con otros seres humanos. Personas que, aparentemente, no tenían ningún desvío de la personalidad que justificaran sus actos, personas normales que en una situación extraordinaria se convirtieron en monstruos.
Arendt explica en sus Escritos judíos, que los sionistas, “ensordecidos por el ruido incesante de la propaganda, ya no pueden distinguir la voz de la integridad; y, encendidos por su propio fanatismo, se han vuelto insensibles al verdadero calor del corazón”.
El historiador Yuval Noah Harari (1) profundiza en el concepto de el mal y recuerda: “Hemos oído al presidente de Israel hablar de el mal. También hemos oído al presidente de Estados Unidos usar la palabra mal. Los líderes de la Unión Europea describen el ataque de Hamás como malvado. Y hay que decirlo, el asesinato en masa de más de 1.200 civiles israelíes es un horrendo crimen de guerra que con razón conmocionó al mundo”. Pero, insiste Yuval Noah Harari, “el término maldad no es un término para describirlo; es un término para descontextualizar. Malvados es un término para demonizar y aumentar realmente las fantasías generalizadas de los israelíes de hoy de que están luchando contra nazis. De hecho, el ex primer ministro Naftali Bennett lo dijo directamente en una entrevista el 12 de octubre del 2023: ‘Estamos luchando contra nazis’. Y si estamos luchando contra los nazis, entonces todo está permitido”.
En nombre de Dios
El primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, celebró su primera rueda de prensa veintidós días después del ataque de Hamás. En ella introdujo dos referencias bíblicas, una del profeta Isaías: la lucha de los “hijos de la luz”, es decir los judíos, contra los “hijos de la oscuridad”, los enemigos de Israel. La otra cita correspondió a la figura de Amalec, jefe de una tribu que combatió a los israelíes cuando se dirigían a la tierra prometida tras huir de Egipto. Amalec es un personaje bíblico con el que los judíos han identificado a lo largo de la historia a todos sus enemigos, empezando por Adolf Hitler.
De alguna forma, Netanyahu situaba a Dios en el centro del relato, como un poder que no necesita justificación. Un Dios, Yahvé, que llamó al exterminio de Amalec y sus descendientes: “Borraré la memoria de Amalec de debajo del cielo” (Éxodo 17:14 y Deuteronomio 25:17); “ahora ve y hiere a Amalec, y destruye a hombres como a mujer, a niño como a lactante, a buey y oveja, camello y asno” (Samuel 15:1). Así, el líder de una democracia invocaba el poder de Dios, tal como ha recurrido históricamente el yihadismo islamista a la hora de justificar sus crímenes.
El historiador israelí Ilan Pappé, en una conferencia pronunciada en la Universidad de Berkeley, California, el 19 de octubre de 2023, (2) profundizaba en el factor culpa: “El mensaje del mundo era que la limpieza étnica de Palestina significaba tolerar una pequeña injusticia para corregir una injusticia mucho mayor. Concretamente, los palestinos tenían que compensar a los judíos por mil años de antisemitismo europeo y cristiano (…) Desde entonces, la limpieza étnica se ha convertido en el ADN de la política israelí hacia los palestinos”.
El sentimiento de culpa de Occidente por las persecuciones históricas sufridas por los judíos puede contribuir a explicar por qué ningún conflicto divide tanto a la opinión pública europea como el que ocurre entre Israel y Palestina desde hace décadas. Su carga emocional es inmensa y no responde a los bloques ideológicos convencionales.
Bajo el peso de la Nakba
La memoria de la Nakba está grabada a fuego en la identidad de los palestinos. La del holocausto, en los judíos. Gabor Maté es superviviente del Holocausto. Es médico y una referencia mundial en el análisis del trauma y de la conexión entre el estrés emocional y numerosas enfermedades. Tras la tragedia que se desató el 7 de octubre, contó su historia en redes sociales (3): “Soy un superviviente del Holocausto, era un bebé. Mis abuelos fueron asesinados en Auschwitz y la mayor parte de mi familia, también. Me convertí en sionista debido a ese sueño del pueblo judío resucitado en su patria histórica, en reemplazar la alambrada de Auschwitz por las fronteras de un estado judío con un ejército poderoso. Luego descubrí que no era exactamente así, que para hacer realidad este sueño judío teníamos que imponer una pesadilla en la población local. No hay manera de que se hubiera podido crear un Estado judío sin oprimir y expulsar a la población local. Los historiadores judíos israelíes han demostrado sin lugar a dudas que la expulsión de los palestinos fue persistente, generalizada, cruel, asesina y con intención deliberada”. Ese hecho histórico es conocido como la “Nakba” en árabe; el ‘desastre’ o la ‘catástrofe.
“Hay una ley – recuerda Gabor Maté – que establece que no se puede negar el Holocausto, pero en Israel no se permite mencionar la Nakba, aunque sea la base misma de la fundación de Israel. Visité los Territorios Ocupados (Cisjordania) durante la primera intifada. Lloré todos los días durante dos semanas por lo que vi; la brutalidad de la ocupación, el acoso mezquino, su carácter asesino, la tala de los olivares palestinos, la negación de los derechos de agua, las humillaciones… y esto continuó, y ahora es mucho peor que entonces. Es la operación de limpieza étnica más larga de los siglos XX y XXI”.
Limpieza étnica que, afirma, ha llegado al paroxismo: “Nunca había visto algo cometido tan públicamente, ante la televisión; tales atrocidades perpetradas, y las víctimas son presentadas como los criminales. Y este espectáculo obsceno es apoyado o justificado por los grandes medios y todos los políticos”.
Capítulos
Para saber más
1. Harari, Y.N. (11/10/2023) El horror de Hamás es también una lección sobre el precio del populismo. The Washington Post
2. Pappé, I. (19/10/2023). Crisis of Zionism, opportunity for Palestine? Berkeley Event
3. Maté, G. On war in Gaza. Instagram

