La semana pasada fue dura para los maquilladores de Pedro Sánchez. El presidente del gobierno de España tuvo que comparecer alicaído y pidiendo disculpas a la ciudadanía. Tras mucho runrún, salió a la luz un informe de la Unidad Central Operativa (UCO) de la Guardia Civil que apuntaba a Santos Cerdán, Secretario de Organización del PSOE, como punta de lanza de una presunta trama de corrupción (lo típico en estos casos: adjudicaciones de obras públicas). Junto a la caída en desgracia de José Luis Ábalos un tiempo atrás, la de Santos Cerdán se traduce en un duro golpe para un gobierno que nació tras una moción de censura que quería castigar políticamente la corrupción del PP de M. Rajoy.
Ante esta situación, nos encontramos con abatimiento o hartazgo por doquier, aún mucho más que indignación. Si el PP presuntamente roba a la que puede (y lo que puede), si el PSOE presuntamente hace lo propio… ¿Qué conclusiones podemos extraer?
Las primeras conclusiones, las más espontáneas, suelen ir en la línea de describir a toda la clase política como algo abyecto en el que la honradez es la excepción, cuando no es algo inexistente. En este sentido, los políticos serían como una suerte de maldición inevitable y, a lo sumo, lo que podemos hacer por nuestra parte es tratar de lidiar con ello. Estas conclusiones suelen presidir las eventuales y puntuales conversaciones entre amistades y familia, cuando se quiere hablar de política pero sin ahondar mucho en el conflicto.
Casi tan instantáneas, suelen ser las conclusiones de signo contrario: tenemos la clase política que nos merecemos, esta no es sino el reflejo de la sociedad de la que emergen. Con frecuencia, este tipo de conclusiones ocupan bastante espacio mediático porque suelen valorarse como consideraciones más reposadas, meditadas y prestigiosas.
Sin embargo, según yo lo veo, no hay tanta diferencia entre estas dos formas de comprender la corrupción política. Al fin y al cabo, en ningún caso se desprende ningún tipo de propuesta, de llamado a la acción o, ni tan siquiera, de análisis que nos lleve a comprender la corrupción más allá de la falta ética individual o el pecado moral.
La ética individual no es suficiente para valorar este asunto. Por supuesto, en la corrupción siempre hay involucrados individuos concretos. Pero esto no significa que la confianza en la honestidad de las personas pueda ser la única salvaguarda para un sistema sin corrupción (o con escasa corrupción, al menos).
Si no salimos del paradigma de la bondad humana como eje vector, el hastío solo nos puede llevar a la abstención o, a lo sumo, a aceptar la teoría del mal menor: no me gusta que los míos roben, pero dado que los otros probablemente también lo harán, prefiero que sigan gobernando los míos. La teoría del mal menor es tentadora y, cabe decir, tiene bastante sentido cuando nos falta tiempo y perspectiva. Lo más rápido y pragmático es apostar por lo malo conocido, ya se sabe.
Si se sigue en el paradigma de la ética individual que confronta a “manzanas podridas” VS. “gente honesta” no hacemos sino reforzar las inercias del sistema existente. Hasta el punto de que el PP puede ganar unas elecciones por la corrupción del PSOE… Cuando hace no tanto tiempo salió de ahí por las mismas razones. A lo sumo: si el sistema bipartidista se desgasta mucho sacamos alguna muletilla como Ciudadanos o Sumar para apretar un poco algún tornillo suelto y santas pascuas…
La apertura al fascismo es un precio demasiado alto al hartazgo por la corrupción. Pero estaremos de acuerdo en que este hartazgo es de lo más comprensible. Si combinamos ambas variables, es decir, si comprendemos que el hartazgo es normal e inevitable pero se quiere evitar que el fascismo sea la solución al día de la marmota de pasar de PP a PSOE y viceversa como forma de castigo a la corrupción (¿qué tipo de castigo es ese cuando el boomerang volverá a caer pronto en las mismas manos?), lo único que se puede hacer es replantear el sistema tal y como funciona, pero sin atajos.
¿Y cómo se replantea el sistema? Por supuesto, esta es la tarea más complicada. Pero al menos podemos tener claro algunas condiciones de mínimos que se deberían cumplir. Se debe diseñar una arquitectura legislativa e institucional que dificulte mucho más que los individuos se corrompan, debe haber mucha más transparencia y trazabilidad, se debe poner más el foco en las instancias corruptoras…
A tenor de que vivimos en un sistema que premia y promociona la codicia, así como la acumulación y la ostentación de recursos, y si eso es algo que no parecemos dispuestos a cambiar por el momento, cuando menos deberíamos abandonar la ingenuidad de depositar nuestra confianza en el buen obrar de cada particular: por si acaso, pongámoslo un poco más difícil. Por si acaso: no les demos más facilidades a un fascismo que llama a la puerta con cada vez más fuerza.

