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Opiniones

La razón racista y los números
Cuando el economista Miquel Puig afirma, en un programa matinal de la televisión pública catalana (Cafè d’idees, La 2.Cat), con tono sereno y bajo la mirada complaciente de la presentadora Gemma Nierga, que la regularización de la inmigración no ayudará a pagar las pensiones porque los migrantes “no aportan lo suficiente” y que “seguirán siendo

Pere Ortin12 de febrero de 2026 - 06:32
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La raó racista i els números Quan la tecnocràcia i l’etnoracisme es junten per convertir l’Excel en una coartada moral per parlar d’immigració i pensions
Imatge de Gabriel Linares

Cuando el economista Miquel Puig afirma, en un programa matinal de la televisión pública catalana (Cafè d’idees, La 2.Cat), con tono sereno y bajo la mirada complaciente de la presentadora Gemma Nierga, que la regularización de la inmigración no ayudará a pagar las pensiones porque los migrantes “no aportan lo suficiente” y que “seguirán siendo una carga”, lo que estamos escuchando no es un análisis fiscal aparentemente académico y riguroso.

Asistimos, en realidad, a la activación de un mecanismo mucho más profundo y peligroso: la razón racista expresada en lenguaje tecnocrático. Una racionalidad que se presenta como neutral, académica y objetiva, pero que está cargada de sesgos morales, políticos y de una vieja “colonial mentality” —como cantaba Fela Kuti— reciclada ahora en forma de hoja de cálculo.

Hablamos de un etnorracismo respetable, muy presente en la Cataluña de hoy, que sigue diciendo “esta gente” cuando se refiere a los migrantes. Un racismo cotidiano que no grita, que parece razonable, que va bien vestido y que no necesita símbolos agresivos que incomoden. Un racismo que no insulta de forma directa, pero clasifica, jerarquiza, contabiliza y expulsa.

Del racismo biológico a la “contribución neta”

Este tipo de discurso no es nuevo. Lo que es nuevo es su grado de sofisticación. Ya no hace falta hablar, como hacían Kant o Hegel, de “inferioridades” biológicas, históricas o culturales. Ahora el lenguaje es mucho más moderno: contribuciones netas, sostenibilidad, eficiencia fiscal.

No hace falta apelar al miedo, a la invasión o a la sustitución —eso lo dejan para los racistas más explícitos y extremos que también tenemos por miles y miles en la muy centrada Cataluña del siglo XXI—. Basta con invocar la responsabilidad económica y la seguridad. No dicen “esta gente no vale” o “esta gente marrón o negra” no la queremos, sino algo mucho más elegante y eficaz para determinados sectores de nuestra sociedad: “los números no salen”. El resultado final para ellos es siempre el mismo: ordenar la sociedad según quién suma y quién resta; quién merece ser, estar y quedarse; y quién es percibido como una carga, un problema.

Los números, aquí, ya no aluden a explicar la realidad: la disciplinan en función de las necesidades del poder.

Los números nunca son inocentes

Los números tienen ideología. Nunca son neutrales. Como recordaba Michel Foucault, “el saber no es inocente; produce poder”. Y en este caso, el poder del saber académico se ejerce a través de un cálculo que decide qué vidas cuentan y cuáles solo aparecen como pérdidas insostenibles para el sistema económico.

El problema no es hablar de la sostenibilidad del sistema de pensiones. El problema es hacerlo amputando deliberadamente todas las variables que explican por qué el sistema funciona así.

Este discurso tecnocrático reduce a las personas a flujos económicos y elimina todo aquello que incomoda el cálculo:

¿Racismo estructural? Fuera.
¿Desigualdades de género, origen, clase, color de piel y acceso a derechos? Fuera.
¿Precarización laboral sostenida por décadas de políticas neoliberales? Fuera.
¿Segregación educativa? Fuera.

El resultado es una economía aparentemente respetable, pero sin contexto, sin historia y sin responsabilidad política. Eso es la razón racista y clasista de los números.

El etnorracismo como sentido común

El etnorracismo no necesita odio explícito. Funciona mejor como sentido común. Como una evidencia que “todo el mundo entiende”. Cuando se dice que determinados colectivos migrantes no aportarán lo suficiente al sistema, lo que se está haciendo es naturalizar una jerarquía social producida políticamente.

No se pregunta por qué estos colectivos ocupan sistemáticamente los puestos más precarios del mercado laboral. Se asume que esa es su posición “natural”.

Frantz Fanon lo dijo con una claridad incómoda:

“El colonialismo no es solo explotación económica; es producción de una jerarquía de valores humanos.”

El discurso tecnocrático actual es heredero directo de esta lógica. Ya no habla en términos coloniales, los reproduce para seguir creando renovadas jerarquías: quién suma, quién cuesta; quién es futuro, quién es problema.

El white saviour catalán y la ceguera del privilegio

Hay una ironía particularmente catalana en este relato: la del white saviour ilustrado, profundamente ciego ante su propio privilegio. Este discurso se presenta como valiente e incómodo —“se atreve a decir verdades”—, pero en realidad desplaza la responsabilidad estructural hacia los más vulnerables.

Se habla de formar mejor a los hijos de los migrantes, como si el problema fuera cultural o individual, y no un sistema educativo atravesado por segregación y desigualdad. Se habla de aumentar la productividad, pero nunca de redistribuir el valor producido. Se habla de sostenibilidad, pero casi nunca de salarios dignos ni de derechos laborales.

Es la pedagogía moral tecnoliberal que dice: si no aportas lo suficiente, es culpa tuya.

Achille Mbembe lo resume con precisión:

“El racismo contemporáneo funciona como una tecnología de gestión de poblaciones sobrantes”.

El problema no es la inmigración, es el modelo

Decir que la regularización de personas migrantes no puede salvar las pensiones es una verdad trivial convertida en arma política. Ningún colectivo puede salvar un sistema diseñado sobre la precarización del trabajo, el envejecimiento demográfico y la concentración extrema de la riqueza.

Pero señalar a la inmigración es cómodo: desplaza el conflicto hacia abajo y evita cuestionar el modelo económico que necesita trabajo barato para sobrevivir.

El debate honesto no es si “aportan lo suficiente”, sino por qué el sistema necesita que haya gente que aporte poco para que unos pocos acumulen mucho.

Más allá del cálculo moral

Una sociedad que mide la dignidad humana según el eje procedencia–legalidad–contribución fiscal es una sociedad que ha aceptado una derrota moral profunda.

Las pensiones son un pacto social intergeneracional basado en la idea de que todas las vidas tienen valor más allá de su rendimiento económico inmediato. Cuando ese pacto se erosiona siempre sobre los mismos cuerpos —migrantes, mujeres, personas racializadas y precarizadas— ya no hablamos de economía.

Podemos hablar de tecnorracismo político con hoja de cálculo.

Los números pueden ser útiles. Pero cuando sirven para silenciar conscientemente derechos, contextos, historias, sesgos y desigualdades, dejan de ser herramientas y se convierten en coartadas del poder económico. Y eso —aunque lleve corbata, hable sin gritar y sonría en la televisión pública— también es violencia.

Artículo original de cultrures.cat

Racismos tecnofeudalismo
Pere Ortin
Pere Ortin

#PeriodismeDaDá Director del Catalunya Plural, és un periodista que hackeja el periodisme. Fa escriptura visual i assaig collage, «orgullosament fet a mà», a la recerca de la bellesa amagada darere de tot signe de ?. Ha estat guionista, presentador i reporter de TV; ha escrit en diaris i dirigit revistes; ha publicat còmics i llibres d’assaig; ha creat documentals i produït projectes transmedia.

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