El problema de la vivienda es inherente a la ciudad moderna. En su conocido libro Contribución al problema de la vivienda (1873), Friedrich Engels ya señalaba cómo los obreros que llegaban las urbes inglesas del momento se encontraban, no solamente con las dinámicas de explotación propias del incipiente capitalismo industrial en el interior de las fábricas, sino también con las dificultades para acceder a una vivienda digna que no fuera, además, un nuevo foco de abuso y extracción de beneficios.
De hecho, gran parte de las políticas urbanas y urbanísticas de los últimos 175 años han estado destinadas a la ordenación de la ciudad y a la promoción de vivienda. Tanto es así que, como ya adelantara el sociólogo y filósofo francés Henri Lefebvre en los años 70 del pasado siglo, el sector de la construcción y desarrollo inmobiliario se había convertido en un segundo circuito para la circulación del capital. Más de 50 años después, y en determinados territorios, casi podemos decir que ha pasado a ser el primero.
En un contexto más cercano, las políticas de eliminación del barraquismo fueron objeto de atención durante el Franquismo, con la creación de polígonos de vivienda inspirados en el urbanismo moderno, de diferente categoría y calidad —baste recordar los problemas de aluminosis con los que cuenta el barrio de Ciutat Meridiana, en Barcelona, o la falta general de servicios y espacios verdes para el ocio y esparcimiento de localidades como Badia del Vallès—, pero también de las nuevas administraciones democráticas salidas de la Transición. En el caso de Barcelona, por ejemplo, los distintos gobiernos de izquierda y centro izquierda, encabezados por el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), emprendieron una ardua labor de lucha contra los asentamientos chabolistas que existían en diferentes partes de la ciudad consiguiendo, para comienzo de la década de los 90, acabar prácticamente con ellos. Sin embargo, de forma paralela, y con especial preponderancia en las décadas siguientes, la institución municipal dejó en un cajón una política más ambiciosa de vivienda pública con lo que, hoy en día, el acceso a un hogar se ha convertido en la primera preocupación de los vecinos y vecinas de la ciudad.
Sin embargo, y aunque no es menos cierto que los problemas sociales devienen generales cuando afectan, de forman general, a las clases medias, la problemática del acceso a la vivienda es transversal e inquieta, como no podía ser de otra manera, a las clases bajas y populares en mayor medida. Así, si bien los ayuntamientos socialistas, como señaló en su momento el escritor Manuel Vázquez Montalbán, parecían haber descubierto en el neoliberalismo su instrumento esencial para construir la Barcelona que ellos deseaban, y al hacer esto habrían dejado en manos del mercado la provisión de viviendas, con los efectos que todos conocemos, no es menos cierto que esta misma dejación ha hecho aflorar una nueva forma de barraquismo, que ya no es el horizontal clásico del Franquismo, ni siquiera el posterior típico de los polígonos de vivienda de baja calidad, el vertical, sino un barraquismo lineal que ocupa aquellos espacios que la trama urbana de una ciudad consolidada como Barcelona va dejando a su paso.
Que existan poblados en línea de tiendas de campaña en los márgenes de la Ronda Litoral, en las zonas más ocultas de las playas de la ciudad, en los verdes intersticiales de infraestructuras y equipamientos como la Zona Fòrum las obras de la Sagrera o la montaña de Montjuïc, no es un efecto casual o coyuntural, constituido por una serie de elementos no considerados y espontáneos que han determinado su constitución, sino la forma más explícita, visible y perseverante de la falta de auténticas políticas públicas de acceso a la vivienda por parte de las instituciones responsables.
En los estudios sobre desigualdad se suele citar aquella frase, a veces atribuida a Aristóteles y otras a Thomas Jefferson, el político norteamericano, de que «no hay nada más desigual que el trato igualitario a personas desiguales». Pues bien: las políticas de vivienda, complejas y costosas en su conjunto, no pueden olvidar a esta parte de la población que también son vecinos y vecinas de Barcelona; es más, quizás deberían comenzar por ellas por cuanto son el colectivo que sufre una mayor desigualdad.
