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Fascismo

Jordi Mir: “El supremacismo no es exclusivo de la derecha”
Durante décadas, el fascismo ha funcionado como una categoría aparentemente estable. Un nombre propio del siglo XX, asociado a una iconografía muy concreta: Hitler, Mussolini, los uniformes, la violencia espectacular, el monstruo histórico fácilmente reconocible. Esta imagen ha sido útil para identificar las formas extremas del pasado, pero también ha contribuido a fijar el fascismo

Guillem Pujol20 de March de 2026 - 07:21
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Jordi Mir, doctor en Humanitats, professor de la UPF i autor de l'assaig "El nostre feixisme" (Capsula, 2026).
Jordi Mir, autor de l'assaig "El nostre feixisme" (Capsula, 2026). | Pol Rius

Durante décadas, el fascismo ha funcionado como una categoría aparentemente estable. Un nombre propio del siglo XX, asociado a una iconografía muy concreta: Hitler, Mussolini, los uniformes, la violencia espectacular, el monstruo histórico fácilmente reconocible. Esta imagen ha sido útil para identificar las formas extremas del pasado, pero también ha contribuido a fijar el fascismo en una especie de pasado cerrado, excepcional, casi irrepetible.

El problema de esta fijación es que convierte el fascismo en una anomalía y, al hacerlo, dificulta reconocer sus formas contemporáneas. Si el fascismo solo puede aparecer como monstruo, todo aquello que no se le parezca queda fuera de foco. Y, sin embargo, buena parte de las dinámicas que lo hicieron posible siguen operando en sociedades que se definen a sí mismas como democráticas.

En su último libro, El nostre feixisme (Càpsula, 2026), Jordi Mir propone desplazar esta mirada. Su planteamiento es más incómodo: el fascismo no es solo un régimen histórico, sino una lógica de superioridad —el supremacismo— que puede adoptar formas diversas e infiltrarse en prácticas cotidianas, discursos políticos y estructuras institucionales. La conversación parte de ahí, pero se abre rápidamente hacia una cuestión más amplia: qué define realmente el fascismo y qué condiciones permiten que reaparezca.

¿Podemos entender el supremacismo como el rasgo estructural que define el fascismo, más allá de sus diferentes formas históricas y de sus contextos de emergencia?

Yo creo que sí. Diría que la constante es el supremacismo y después hay concreciones del supremacismo. Hay un momento histórico en el que estos colectivos autodefinidos como fascistas muestran diferentes características y una de las esenciales es el supremacismo. Si no se consideraran superiores, no habrían desarrollado este tipo de políticas de dominación.

Ese sentirse superiores, demostrar su superioridad y aplicarla sobre aquellos que no pueden formar parte de ese nosotros es una concreción del supremacismo y, históricamente, del fascismo. Desde nuestro presente podemos identificar prácticas supremacistas como prácticas también fascistas.

Si identificamos el fascismo con la figura del “monstruo”, ¿qué dejamos de ver? ¿Hasta qué punto esta imagen nos impide detectar formas cotidianas, banalizadas o institucionalizadas de supremacismo?

Yo creo que la idea del monstruo… mucha gente identifica a Hitler como un monstruo. Hemos crecido entendiendo que el fascismo se parece a Hitler gritando, a las cámaras de gas. Esta construcción del imaginario del fascismo, muy presente en la cultura popular, nos lleva a asociarlo sobre todo con esa figura extrema.

La cuestión es si el fascismo solo lo veremos cuando tiene forma de monstruo o si hay otras prácticas fascistas que no tienen que ver con eso. Algunas prácticas supremacistas están tan incorporadas en nuestra sociedad que no son vistas como una monstruosidad hasta que tomamos conciencia de ellas.

El patriarcado es un buen ejemplo. Para mucha gente, ayer y todavía hoy, no es visto como un supremacismo. No imaginas que tu abuelo era un monstruo, pero puede que algunas de sus prácticas lo fueran desde una lógica de superioridad. Y esto nos obliga a desplazar la mirada: quizá el problema no es solo identificar al monstruo, sino reconocer aquello que se ha naturalizado.

Esto nos hace pensar que la figura del monstruo no es lo que nos alertará del fascismo. Evidentemente, puede ser una evidencia, pero después hay prácticas mucho más cotidianas que tienen que ver con las relaciones sociales y que pueden estar cargadas de esa misma lógica de superioridad.

Cuando el fascismo emerge en contextos de crisis, ¿qué hace que el malestar social se articule en clave emancipadora o en clave reaccionaria? ¿Qué condiciones hacen posible una deriva u otra?

Si nos fijamos en los años veinte y treinta, en contextos de malestar emergen en paralelo respuestas revolucionarias de izquierdas y respuestas fascistas. Hay una disputa por ver cuál se impone.

En nuestro presente esto no ha ocurrido exactamente así. La crisis de 2008 y el 15M no se enfrentaron inicialmente a una propuesta de extrema derecha fuerte. Lo que ha pasado después es que la respuesta del 15M y sus derivadas institucionales no han sido suficientemente satisfactorias para una parte de la población.

El desgaste del bipartidismo abrió espacio a Podemos, Comuns o Sumar. Pero el desgaste posterior de estas iniciativas lo están aprovechando Vox o Aliança Catalana. Cuando los partidos tradicionales no dan respuestas satisfactorias, aparecen alternativas. Y, dependiendo del contexto, crecen unas u otras.

También es importante recordar que el fascismo histórico es una respuesta a los avances sociales. La República de Weimar introduce derechos y formas de igualdad que no existían, y el nazismo emerge como reacción a esos avances. Lo mismo ocurre en Italia o con el golpe militar del 36 en España.

Walter Benjamin decía que el fascismo aparece allí donde fracasa la revolución. Yo diría que más que fracasar, lo que hay es una falta de concreción en el corto plazo. Y esa falta de concreción genera frustración. Cuando las expectativas son altas y los resultados no llegan, esa distancia puede convertirse en desafección y abandono de esos proyectos.

“en contextos de malestar emergen en paralelo respuestas revolucionarias de izquierdas y respuestas fascistas” | Pol Rius

En el caso catalán, ¿cómo se recompone hoy ese malestar? ¿Hasta qué punto la decepción postprocés y la crisis de representación explican la capacidad de crecimiento de proyectos como Aliança Catalana?

Es llamativo porque veníamos de un tiempo en el que se decía que aquí no había extrema derecha. Y de repente tienes varias opciones. Puedes llegar a la extrema derecha desde diferentes perspectivas.

Para mí hay tres elementos. Primero, las prácticas supremacistas no solo se encuentran en partidos que se presentan como de extrema derecha. También pueden aparecer en partidos que no se identifican así. Esto obliga a ampliar el foco y a no reducir el problema a etiquetas.

Segundo, el supremacismo no es exclusivo de la derecha. Puede haber formas de supremacismo en espacios de izquierdas. El caso del patriarcado dentro de estos espacios es un ejemplo. El hecho de que un espacio se defina como emancipador no lo exime de reproducir relaciones de superioridad.

Tercero, hay una crisis de representación. Muchas personas han dejado de confiar en los partidos tradicionales y buscan alternativas. En este contexto, Aliança Catalana tiene una gran capacidad de captar voto de distintos espacios ideológicos. Tiene la novedad y la capacidad de conectar diferentes ejes, tanto el nacional como el socioeconómico.

La decepción postprocés juega un papel importante. Cuando una parte de la población percibe que se le ha prometido una realidad que no se ha materializado, se genera una frustración que puede ser canalizada por otros proyectos que vuelven a prometer una solución clara e inmediata.

Si el fascismo es incompatible con la igualdad y la libertad, ¿cómo debemos interpretar el desplazamiento hacia una “democracia de los mercados”? ¿Estamos ante una ampliación de la democracia o ante una forma de vaciamiento?

El fascismo es una reacción al crecimiento de la democracia entendida como igualdad y libertad. Si hoy decimos que vivimos en una democracia pero esa sociedad no garantiza condiciones materiales dignas, es comprensible que no genere adhesión. La mejor manera de hacer frente al fascismo es ampliar la igualdad y la libertad. Esto no es solo una cuestión formal, sino material. Tiene que ver con las condiciones de vida.

La “democracia de los mercados” da poder a quienes tienen capacidad económica. Pero esto puede entrar en conflicto con derechos sociales básicos. Por ejemplo, en el caso de la vivienda, la lógica del mercado puede priorizar la rentabilidad por encima de la función social. Y en ese escenario, cuesta hablar de democracia en un sentido exigente.

¿Qué papel juega la verdad en este escenario? ¿Cómo se articula políticamente la sustitución de los hechos por relatos y qué función tiene esta distorsión en el crecimiento del fascismo?

Desde hace años, algunos proyectos políticos han entendido que para ganar elecciones hay que construir una realidad alternativa. No importa tanto lo que ocurre como lo que se hace creer que ocurre. Las posiciones fascistas y de extrema derecha se han articulado históricamente a partir de la mentira y de la construcción de enemigos. Esto no es nuevo. Pero hoy esta capacidad de producir relatos tiene una escala y una velocidad distintas.

Esto tiene efectos muy concretos. Por ejemplo: percepciones infladas sobre inmigración o inseguridad. La realidad estadística puede decir una cosa, pero la percepción social dice otra. Y esta distorsión es políticamente muy útil. No es un fenómeno exclusivo de la extrema derecha, pero es central en su forma de operar. Y obliga a volver a situar la cuestión de la verdad como un elemento central del conflicto político.

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Guillem Pujol
Guillem Pujol

Llicenciat en Ciències Polítiques (UPF), MSc en European Politics and Policies a la University of London, Birkbeck College i Doctor en Filosofia amb menció Cum Laude (UAB). Co-autor del llibre "Cartha on Making Heimat" (Ed. Park Books).

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