Cuando hablamos de salud, todavía tendemos a imaginar hospitales, médicos, vacunas o dispositivos digitales. Pero la realidad es mucho más compleja: la salud de una persona depende mucho más de la renta, de la educación, de la vivienda y del apoyo comunitario que del sistema sanitario en sí mismo. En Catalunya hay una evidencia confirmada por datos y diagnósticos: la salud es el resultado de un ecosistema y este ecosistema, hoy, está fracturado.
La renta es el determinante más obvio y, al mismo tiempo, el más ignorado. Cuando una familia destina una parte desproporcionada de sus ingresos a la vivienda, cuando no puede mantener el hogar a una temperatura adecuada o cuando no puede asumir gastos imprevistos, la salud deja de ser un derecho y se convierte en una lotería social. Las desigualdades económicas condicionan el estrés crónico, la salud mental, la capacidad de prevenir enfermedades e incluso la esperanza de vida. No hay política sanitaria capaz de compensar un modelo económico que genera precariedad estructural.
La educación tiene un efecto preventivo tanto o más potente que cualquier vacuna. Un niño que crece en un entorno educativo pobre, segregado o con pocas oportunidades tendrá más riesgo de sufrir problemas de salud a lo largo de la vida. No es casualidad: la educación determina la capacidad de acceder a un trabajo digno, de entender la información sanitaria, de tener hábitos saludables y de participar en la vida comunitaria. Cuando el sistema educativo no garantiza equidad, está generando desigualdades de salud en diferido. Y esto es especialmente grave en un país donde el abandono escolar prematuro sigue siendo alto y donde la segregación escolar persiste a pesar de los esfuerzos realizados.
También hay que hablar de vacunas y de dispositivos digitales. Las vacunas son una de las herramientas más potentes de salud pública, pero su efectividad depende de la confianza, de la educación y del acceso. La misma lógica se aplica a los dispositivos digitales: relojes de monitorización, aplicaciones de salud, telemedicina, historiales electrónicos. Todo esto puede mejorar la prevención y la detección precoz, pero sólo si hay equidad. Cuando la brecha digital coincide con la brecha social, como ocurre a menudo en Catalunya, la tecnología puede acabar ampliando desigualdades en lugar de reducirlas. La innovación no es transformadora si no es universal.
El tercer sector y los servicios sociales son, a menudo, el primer y último muro de contención ante la vulnerabilidad. Cuando una persona pierde la vivienda, cuando no puede pagar la luz, cuando vive sola, cuando sufre violencia o cuando no puede acceder a recursos básicos, la salud se deteriora de manera inmediata. La acción social no es un complemento del sistema sanitario: es una parte esencial del sistema de salud ampliado. Por eso un país saludable necesita un tercer sector fuerte, estable y reconocido como actor estratégico.
Ante este panorama, hacen falta propuestas valientes. Necesitamos un pacto nacional por los determinantes sociales de la salud, no un pacto sanitario: un pacto social con objetivos medibles en renta, vivienda, educación y salud mental. Es necesaria una educación que rompa desigualdades, no que las reproduzca: reducción real de ratios, co-docencia, equipos multidisciplinarios, educación 360 y una lucha efectiva contra la segregación. Necesitamos un sistema de salud preventivo y comunitario, que integre realmente salud, educación y servicios sociales, y que evalúe las políticas con independencia y rigor. Es imprescindible tratar la vivienda como derecho fundamental, con un parque público masivo y permanente, regulación efectiva del alquiler y modelos alternativos como el cooperativismo de vivienda. Y necesitamos reforzar el tercer sector con financiación estable, mejoras laborales y participación real en la cocreación de políticas públicas.
La salud no se juega sólo en los hospitales i en los CAP. Se juega en las escuelas, en los barrios, en los hogares, en los trabajos, en las políticas fiscales y en las decisiones colectivas. Si queremos una sociedad saludable, debemos dejar de mirar la salud como un ámbito sectorial y empezar a mirarla como lo que es: el resultado de todas las desigualdades y de todas las oportunidades que generamos o negamos.

