Hace ya más de diez años, en el marco de las energías del 15M, se abría el ciclo del nuevo municipalismo. Un conjunto de candidaturas impulsadas desde espacios de movilización ciudadana, en confluencia con diversas izquierdas alternativas, irrumpieron en el escenario electoral… y ganaron. Se articulaba entonces la red de “ciudades del cambio”, con alcaldías en cuatro de los cinco municipios más grandes de España: Madrid, Barcelona, Valencia y Zaragoza; además de otras relevantes como A Coruña, Santiago, Ferrol, Iruña, Cádiz, Badalona, Sabadell… La experiencia de Barcelona (2015-2023) ha sido sin duda la más relevante: por su intensidad local y por su capacidad de convertirse en referencia global. Hoy, más de una década después, podría constatarse el fin del ciclo, al menos desde la perspectiva de las fórmulas de gobierno que lo protagonizaron. Quedaría pendiente un análisis detallado de la huella de las “ciudades del cambio” en términos de marcos culturales, agendas y políticas, así como el grado de resiliencia de su legado.
Sin embargo, sería poco riguroso concluir que la fuerza del municipalismo transformador se agota con el ciclo reciente. Es necesario ampliar la mirada en el tiempo y en el espacio; también contextualizar el movimiento en las nuevas coordenadas globales. La idea central de este artículo es que la política de proximidad está configurando, de forma progresiva, un espacio clave de resistencia y de esperanza democrática frente a la espiral reaccionaria impulsada por la extrema derecha en todo el mundo. Proponemos sostener esta reflexión a partir de cuatro ejes que ponen el énfasis en elementos actuales de fortaleza municipalista: ciudades progresistas frente a estados que giran a la derecha; la ola verde frente a la crisis y el negacionismo climático; los laboratorios urbanos de innovación hoy en marcha; y la expansión de dinámicas locales más allá del valor simbólico de Mamdani.
1. Ciudades progresistas frente a estados conservadores.
En los últimos años, la extrema derecha ha logrado algunas victorias electorales relevantes, ha avanzado en países donde tenía una presencia escasa o muestra una amenaza verosímil de alterar el tablero político. Lo hace en el ámbito de los estados: allí donde se despliegan las lógicas autoritarias y belicistas. La extrema derecha forma parte o sostiene 8 de los 27 gobiernos nacionales de la UE. No gobierna, en cambio, ninguna de sus capitales, ni siquiera como socio minoritario. Un gran número de ciudades en todo el mundo permanecen como espacios de resistencia al ciclo reaccionario; como lugares donde se siguen forjando proyectos de progreso y de paz. Tres ejemplos relevantes. Hungría ha atravesado casi dos décadas de gobierno del ultraderechista Viktor Orbán. Budapest, en contraste, ha expresado un amplio apoyo al alcalde ecologista Gergely Karácsony, que no solo ha desafiado la involución, sino que ha situado la ciudad a la vanguardia de la lucha por los derechos civiles. Suecia había sido, durante buena parte del siglo XX, el paradigma del poder socialdemócrata (SD). Las cosas han cambiado: el llamado bloque burgués (liberales, democristianos y moderados) gobierna hoy con el apoyo parlamentario de la extrema derecha. Pero no en Estocolmo. La ciudad sigue configurando mayorías progresistas. La alcaldesa Karin Wanngård (SD) lidera el gobierno municipal con el apoyo de la izquierda y los verdes. Y el caso quizá más conocido: París. Mientras Francia se ha inclinado hacia la derecha (Chirac, Sarkozy, Macron), con un peso creciente de la ultraderecha RN, París no lo ha hecho. La capital encadena veinticinco años de gobiernos plurales progresistas, fórmula recientemente revalidada con la victoria del bloque de izquierdas. Emmanuel Grégoire toma el relevo de Anne Hidalgo, la alcaldesa referente de la remunicipalización del agua y de la revolución verde en la ciudad.
2. La ola verde urbana.
El hilo verde va tejiendo transformaciones de proximidad. Los partidos de la izquierda clásica, bien arraigados en barrios y ciudades, habían vertebrado durante muchos años la alternativa municipalista en Europa (recordemos, por ejemplo, las ciudades del PCI o la Viena roja). Se ha producido recientemente un giro sin precedentes: la irrupción y consolidación de alcaldías ecologistas liderando ciudades importantes. El contexto ha sido propicio. Los partidos verdes han ganado fuerza en muchos países y la crisis ecológica no solo se ha agravado, sino que ha situado en el ámbito local buena parte de las políticas de respuesta: experiencias de transición energética, urbanismo sostenible, movilidad activa, soberanía alimentaria, resiliencia climática… Es en este marco donde se produce la eclosión del nuevo municipalismo verde. Algunas ciudades profundizan hoy experiencias de gobierno desplegadas a lo largo de la última década: Zagreb, Lyon, Grenoble (transporte público gratuito), Ámsterdam (amplias restricciones al uso del coche)… Destacan, más recientemente, tres victorias electorales relevantes: en Copenhague, Sisse Marie Welling, de la izquierda verde, pone fin a más de 120 años de hegemonía socialdemócrata; en Bristol (2024), los Verdes rompen el viejo dominio del Labour (situación que podría reproducirse en Londres en la elección a la alcaldía en mayo de 2026); y en Múnich, también este año, Dominik Krause se convierte en el primer alcalde ecologista de la ciudad, superando al SPD.
3. Laboratorios de innovación y transformación.
No son solo buenos resultados electorales. Las ciudades verdes se han convertido en laboratorios de acción climática y descarbonización. Copenhague está a punto de convertirse en la primera capital neutra en carbono y Ámsterdam en alcanzar emisiones cero en el tráfico; Bristol y Milán siguen combinando diversas herramientas de transición ecosocial (moneda local vinculada al consumo de proximidad, peaje urbano, modelo alimentario agroecológico). Más allá de esta dimensión, el nuevo municipalismo impulsa agendas transformadoras en algunas dimensiones clave. Se fortalece, en el eje predistributivo, la centralidad de las políticas por el derecho a la vivienda: a través del modelo de parque de alquiler municipal y control de rentas, con Viena como paradigma; o bien mediante una fuerte presencia del modelo cooperativo (Bolonia, Copenhague, Zúrich). En Glasgow, por otra parte, la actual coalición entre el SNP y los Verdes sigue profundizando la territorialización de los derechos sociales y apostando con fuerza por la dimensión comunitaria de la educación, la salud y los cuidados. Destaca, en el eje del reconocimiento, la experiencia de dos ciudades multiculturales: Londres, metrópoli global, y Saint-Denis, municipio metropolitano periférico; así como la de sus dos alcaldes, Sadiq Khan (Labour) y Bally Bagayoko (La France Insoumise), ambos de religión islámica y raíces migrantes. Son gobiernos locales que impulsan políticas de interculturalidad y construcción comunitaria compartida, y que logran frenar la penetración de la extrema derecha y sus discursos de odio (un escaso 6% de voto municipal lepenista en Saint-Denis).
4. América… más allá de Mamdani.
En el continente americano, el municipalismo emerge también hoy como espacio de esperanza. En enero de 2026 accedía Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York: nacido en Uganda, musulmán, activista comunitario y socialista democrático. Lo hacía sobre la base de un programa de “radicalidades cotidianas”: congelación de alquileres, autobuses urbanos gratuitos, educación infantil para todos, red de alimentación a precios asequibles, protección al colectivo trans y fortalecimiento de infraestructuras de “ciudad santuario”. Más allá de Nueva York, en EE. UU. se expande la ecuación política de gobiernos locales progresistas frente a la autocracia trumpista. Las ocho principales ciudades del país están gobernadas por los demócratas, algunas de ellas con creciente peso del ala más izquierdista: por ejemplo, Chicago con Brandon Johnson o Seattle con la activista Katie Wilson en la alcaldía. En América Latina, la fuerza comunitaria se expresa también en clave municipalista. En Ciudad de México, Clara Brugada (del partido de izquierdas Morena) relevaba en 2024 a Claudia Sheinbaum y reafirmaba el compromiso de extender las “Utopías” —equipamientos sociales de alta calidad en barrios vulnerables— que ella misma había impulsado en el municipio metropolitano de Iztapalapa. En Uruguay, el alcalde Mario Bergara da continuidad hoy a un ciclo de 36 años ininterrumpidos de gobierno del Frente Amplio en Montevideo. El movimiento de la Revolución Ciudadana mantiene la alcaldía de Quito; y en el Chile del pinochetista José Antonio Kast, tanto el Frente Amplio como el Partido Comunista preservan bases de poder municipal en las áreas metropolitanas de Santiago y Valparaíso.
No se trata, por supuesto, de una cartografía exhaustiva, pero es un mosaico potente y diverso donde se expresa la fuerza actual del municipalismo progresista: más allá, en el tiempo, del ciclo de 2015; y más allá, en el espacio, de las ciudades del cambio en el Estado español. Es un municipalismo con raíces históricas y que se alimenta de muchas experiencias del ciclo precedente, pero que se inserta en un contexto sustancialmente diferente, configurándose por tanto con componentes innovadores.
Las ciudades, por un lado, ganan centralidad en el marco de las dinámicas de cambio de época: el capitalismo digital y rentista es esencialmente urbano; la vivienda se convierte en el eje principal de las desigualdades; la sociedad compleja y líquida se expresa en la cotidianidad de calles y barrios; las metrópolis son responsables del 70% de las emisiones de calentamiento global… En otros momentos históricos, las grandes batallas colectivas se dieron en el ámbito de los estados. Hoy es en las ciudades donde se disputan las grandes partidas del siglo XXI: entre la crisis climática y el futuro; entre la especulación y la vida; entre la segregación y el bien común; entre los vínculos y la soledad.
Se configuran, por otro lado, nuevos escenarios sociopolíticos. El autoritarismo posdemocrático avanza y los estados se convierten en los marcos donde desplegar sus narrativas de odio. Se trata de una política desconectada de las lógicas de la vida cotidiana, desvinculada de los problemas y aspiraciones de las personas. La proximidad, en cambio, ofrece condiciones de posibilidad para otra política: un municipalismo de paz; donde repensar la democracia en clave participativa, de inclusión y diversidad; donde tejer comunidades fuertes; donde proteger los recursos naturales y la biodiversidad.
Finalmente, los sujetos del municipalismo progresista (espacios plurales ecologistas y de izquierdas) han tejido lógicas de confluencia, procesos de imaginación colectiva y prácticas innovadoras. De forma desigual e insuficiente, sin duda, pero también con muchas experiencias para avanzar en términos democráticos y de transición ecosocial. Y con menos rigideces, intransigencias y miedos que los mostrados por las fuerzas políticas en ámbitos estatal-nacionales. Es en las ciudades donde se han ensayado frentes amplios; donde los nuevos actores han arraigado; donde los partidos tradicionales han apostado, en lugares significativos, por mayores dosis de audacia política.
En síntesis, constatamos que sigue en pie un municipalismo que no renuncia a tejer tramas de esperanza; que —frente a las “promesas incumplidas de estados y mercados” (David Graeber)— da un paso adelante para ganar vida, proteger el clima y cuidarnos en común. Hoy sabemos que hacer posible el futuro pasa por forjar alternativas al ciclo reaccionario, a sus espirales de deshumanización y destrucción. Se trata, en gran medida, de alternativas que giran ya hoy en torno a la política democrática de proximidad; de un municipalismo realmente existente, vinculado a las necesidades de la gente y a sus horizontes de felicidad. Al pan y a las rosas.

