Pero esta actitud conformista no es un modelo válido de futuro. En un mundo que se vuelve cada vez más hostil —donde la geopolítica vuelve a ser una competencia de bloques, donde la dependencia tecnológica es una vulnerabilidad estratégica, donde los aliados de ayer ya no lo son tanto— Europa no puede permitirse seguir siendo un actor pasivo.
Incluso el informe que Mario Draghi presentó en 2024 —un documento duro, sin concesiones— acaba siendo, paradójicamente, una llamada a la acción. No porque sea optimista: no lo es. Sino porque cuando alguien con su autoridad pone el diagnóstico sobre la mesa, la resignación deja de ser una opción aceptable.
El problema de Europa no es la falta de recursos, ni de talento, ni de ideas. El problema es de actitud. Hemos confundido la prudencia con el miedo, y la regulación con la acción. Hemos definido nuestro modelo no por aquello que queremos construir, sino por aquello que queremos evitar. Y eso, en el mundo actual, ya no es suficiente.
Necesitamos pasar a ser una Europa constructora. No es un cambio técnico. Es un cambio de mentalidad. Y para hacerlo creíble, hace falta concreción: proyectos tangibles que, una vez hechos realidad, demuestren al resto del mundo que tenemos la capacidad de afrontar los retos del futuro desde nuestros propios valores.
Aquí propongo tres.
1. El euro digital: un sistema de pagos como bien público
Cuando pagamos con tarjeta —ya sea en una tienda de Barcelona, en un mercado de Berlín o en una plataforma de comercio electrónico de cualquier país europeo— la transacción pasa, casi siempre, por infraestructura americana. Visa y Mastercard dominan el sistema de pagos de Europa de forma casi absoluta. No es un detalle menor: es una dependencia estructural que afecta a millones de euros en transacciones cada año, y sobre la cual Europa no tiene soberanía real.
El euro digital es la respuesta lógica a esta dependencia. No es una idea revolucionaria: es la versión del siglo XXI del dinero en efectivo. Igual que los Estados decidieron, hace siglos, que la moneda física sería una infraestructura pública y no un negocio privado, el euro digital propone que el dinero en formato digital tenga la misma naturaleza. Una infraestructura común, innovadora y soberana.
El Banco Central Europeo lleva años trabajando en el diseño del euro digital. La voluntad existe. Ahora hay que acelerar y, sobre todo, comunicar mejor por qué importa. Porque no es solo un proyecto tecnológico: es, ante todo, un proyecto de soberanía.
2. Un nuevo Twitter europeo
La comunicación política y social de nuestro tiempo pasa por un puñado de plataformas privadas, mayoritariamente americanas, gestionadas por empresas que responden a sus accionistas —y, cada vez más, a los caprichos de sus propietarios. Twitter, hoy X, es el ejemplo más claro: una herramienta que se había convertido en infraestructura real de comunicación y debate público, en manos de una sola persona que puede cambiar las reglas cuando le parezca.
La pregunta es: ¿podemos desde Europa hacer una propuesta diferente? Mi respuesta es que sí, y que el momento es ahora.
Pero hay que ser precisos. No estoy hablando de una aplicación estatal, ni de una plataforma controlada desde Bruselas. Propongo algo mucho más inteligente y mucho más acorde con la tradición y los valores europeos: un protocolo abierto y neutral, construido y garantizado desde la esfera pública, sobre el cual el sector privado —y la sociedad civil— puedan construir sus propios servicios.
Pensemos en el correo electrónico. Cuando enviamos un email, usamos un protocolo estándar y abierto que nadie posee. Sobre este protocolo, Google, Microsoft y miles de otros servicios compiten con sus interfaces, sus algoritmos y sus estrategias. Ninguna empresa controla el protocolo en sí. Nadie puede decidir mañana que el correo electrónico deja de funcionar, ni modificar sus normas de funcionamiento.
Lo que propongo para la mensajería corta es exactamente lo mismo: un protocolo abierto e inviolable que garantice que las reglas básicas —la identidad de los usuarios, la propiedad de sus datos, las condiciones mínimas de moderación— no puedan ser cambiadas por ninguna empresa ni ningún gobierno de forma unilateral. Las nuevas arquitecturas tecnológicas disponibles hoy permiten, por primera vez, establecer compromisos en el código que ningún actor externo puede violar. Ya no sería necesario confiar en la buena voluntad de un CEO: las reglas estarían integradas en la propia infraestructura.
Sobre este protocolo, el sector privado construiría sus clientes: aplicaciones con el diseño que quieran, los algoritmos que consideren y el sesgo editorial que los defina.
De la misma forma que en su momento los Estados europeos impulsaron radios y televisiones públicas —entendidas como infraestructuras necesarias para la democracia, no como negocios— y del mismo modo que crearon agencias de noticias para garantizar un flujo de información soberana, hoy toca hacer lo mismo con la comunicación digital. No es una idea nostálgica: es la lógica de siempre aplicada al presente.
Y la ambición debería ir más allá de Europa. Un protocolo de estas características no debería construirse exclusivamente para los europeos, sino para todos. Sería la demostración de que Europa puede exportar innovación tecnológica basada en valores democráticos, respeto a la pluralidad y soberanía del usuario. Un modelo alternativo al capitalismo de plataformas estadounidense y al capitalismo de Estado chino. Una tercera vía, genuinamente europea.
3. La economía circular: soberanía de materiales y energía
La soberanía no es solo digital. Una de las vulnerabilidades estratégicas de Europa es la dependencia de materias primas y de energía de terceros países. La pandemia y la guerra en Ucrania lo evidenciaron de forma dolorosa: cadenas de suministro frágiles y dependencias energéticas que se convirtieron en herramientas de presión geopolítica.
La economía circular —la recuperación de materiales, la generación y almacenamiento de energía limpia— es una respuesta europea a este problema que a menudo se comunica mal. Se presenta como una política medioambiental, cuando en realidad es una política de competitividad y resiliencia. Un continente que reduce su dependencia de materiales y energía externos es un continente más fuerte.
Europa tiene una ventaja real en conocimiento, regulación y actores que ya trabajan en esta dirección. Lo que falta es impulsarlo aún más, fomentando grandes empresas europeas que actúen como motores de innovación y empleo de calidad, como en su momento lo fueron Airbus o las grandes empresas automovilísticas.
¿Si no es ahora, cuándo?
Estos tres proyectos no requieren inventar nada que no exista. La tecnología está ahí. El conocimiento está ahí. Las instituciones están ahí. Lo que ha faltado hasta ahora es el impulso para pasar de las ideas a los hechos, de la queja a la propuesta.
Vivimos un momento excepcional. Las certezas de la segunda mitad del siglo XX —la cobertura de seguridad estadounidense, el orden multilateral, la globalización como destino inevitable— se están desintegrando en tiempo real. Puede ser un momento de incertidumbre. O puede ser un momento de oportunidad.
Lo que diferencia a los actores que salen fortalecidos de las crisis de los que salen debilitados no es la suerte ni los recursos. Es la actitud. La disposición a decidir, a construir, a liderar. Europa ha tenido en el pasado la capacidad de hacer grandes cosas cuando ha querido: el Mercado Común, el euro o el espacio Schengen parecían proyectos imposibles hasta que se hicieron realidad.
Ahora toca volver a querer. Y el primer paso es cambiar el chip: dejar de definirnos por lo que no queremos y empezar a construir lo que queremos ser.
Europa tiene una forma de ser propia. Ahora debe tener el coraje de construirla.


1 comentari
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