El malestar docente atravesó la conversación desde el primer momento: frustración. Esa fue la palabra con la que empezó el debate y que volvería durante todo el encuentro. No se trata de una queja aislada ni de un lamento corporativo, sino del síntoma de un sistema tensionado hasta el límite. En el Espai de la Fundació Periodisme Plural, seis docentes y profesionales vinculados a distintas etapas educativas pusieron voz a un malestar que, según coincidieron, hace tiempo que circula por los claustros, las aulas y las escuelas infantiles, pero que ahora ha empezado a desbordarse.

Así, el encuentro “Entre el malestar y la esperanza, testimonios desde el aula” reunió a Aina Cabau Vallverdú, educadora infantil; Josep Mas Ribalta, profesor de catalán; Xavi Marin Perpinyà, docente y conocedor de la gestión de centros; Raquel Soliguer Whitehead, maestra de primaria; Marta Pons Martí, estudiante de Educación, y Marta Boix Fons, maestra.
Todos ellos hablaron desde lugares distintos del sistema, pero con un diagnóstico compartido: el malestar docente crece cuando la educación pública se sostiene demasiadas veces sobre el entusiasmo, la vocación y la capacidad de improvisación de sus profesionales.
La lengua catalana, primer foco del debate educativo
De entrada, Josep Mas situó uno de los primeros focos en la lengua catalana. En un contexto de globalización y de retroceso del uso social del catalán, reclamó medidas concretas, como la tercera hora de lengua, y denunció que, en la práctica, a menudo hay más horas de inglés que de catalán. “Las horas de catalán es como si fueran la lengua extranjera”, lamentó. Además, también apuntó a una falta de profesorado de catalán e insistió en que, más allá de los juicios y de los grandes debates públicos, hay margen metodológico y organizativo para que los centros actúen.
Cuando el alumno se convierte en un dato
Por su parte, para Raquel Soliguer resulta primordial otra tensión: la forma en que el sistema mira a los niños. “Se valora al niño como dato y no como el humano que es”, dijo. En este sentido, su intervención denunció una cultura educativa marcada por indicadores, resultados y presiones burocráticas, en la que a menudo cuesta sostener una mirada integral sobre el alumno. También advirtió de un clima en el que la crítica interna puede ser percibida como una amenaza: “No puedes ser crítico porque es como ir en contra de la dirección”. Por eso, para Soliguer, el principio debería ser otro: “el niño por delante”.

La formación del profesorado y el choque con la realidad
Otra perspectiva fue la de Marta Pons, todavía en etapa formativa, que introdujo la cuestión de la preparación de los futuros docentes. Por un lado, recordó que el acceso a primaria y secundaria responde a itinerarios diferentes. Por otro, planteó si no sería necesaria una reforma del sistema de formación. De hecho, desde su experiencia reciente en prácticas, admitió que la frustración llega pronto: incluso antes de entrar plenamente en la profesión.
Educación 0-3: una etapa todavía menospreciada
Las escuelas infantiles no escapan de esta dinámica. En este sentido, Aina Cabau reivindicó el 0-3 como una etapa educativa de pleno derecho. “Es una etapa importante, una grandísima responsabilidad, y es una etapa socialmente malentendida”, afirmó. Según Cabau, todavía pesa la idea de que la escuela infantil es solo un espacio de socialización o conciliación, cuando en realidad es un lugar clave de desarrollo, vínculo y cuidado. Por eso, defendió que “la escuela infantil es mucho más que un espacio de socialización”. Sin embargo, aquí aparece la contradicción: la importancia del 0-3 choca con la falta de recursos. “Esto tiene consecuencias para los niños”, advirtió.
Malestar docente: educar con entusiasmo, pero sin condiciones
Esta sensación se comparte en distintos espacios. De hecho, como apunta Marta Boix, el entusiasmo inicial choca con una estructura que no acompaña. “El entusiasmo choca con la falta de coherencia, de recursos, cambios continuos, cambios de rumbo. La energía choca y hay frustración”. Así, la idea atravesó toda la conversación: el malestar docente no nace de la falta de voluntad, sino que es una reclamación ante la falta de condiciones para trabajar bien.

En la misma línea, Xavi Marin fue especialmente contundente con la profesionalización del sistema. “Llego a la educación y me encuentro con un nivel de profesionalización muy bajo”, afirmó. Según Marin, muchas veces ni siquiera está claro cuál es el objetivo de la escuela. Además, también cuestionó la dimensión y el funcionamiento de algunas estructuras educativas, demasiado grandes y difíciles de gestionar. En consecuencia, a partir de cierto volumen, dijo, la confianza y la coordinación se complican.
Inclusión en la educación pública sin recursos
La idea de la inclusión generó consenso: puede ser una herramienta potente y necesaria. Sin embargo, todos los participantes coincidieron en que, sin proporción, recursos y apoyo especializado, el principio queda desbordado por la realidad del aula.
Por un lado, Xavi Marin insistió en que las necesidades pueden ser muy distintas y que el sistema debe poder responder a ellas con recursos adecuados. Al mismo tiempo, Raquel Soliguer remarcó que no se trata solo de aprendizaje, sino de cómo se siente el niño dentro de la escuela. “Yo me lo creo, no sé si los políticos se lo creen, pero yo me lo creo”, dijo, en una de las frases que mejor condensó la ambivalencia del debate: la convicción pedagógica está ahí, pero a menudo queda sola.

Además, Marta Boix habló del “punto frustrante de no poder dar al alumno lo que necesita” y reivindicó el trabajo en red, el equipo y la mirada colectiva. Sin embargo, Aina Cabau llevó este problema al 0-3: “Nos encontramos con niños con necesidades específicas y no hay el apoyo que debería haber”.
Pantallas e IA: educar en la falsa innovación
La conversación también abordó las pantallas, la inteligencia artificial y la relación con las familias. En este punto, Soliguer apuntó a una falta general de estructura de lenguaje y comunicación, agravada por formas de atención fragmentadas. Con las pantallas, dijo, “a veces escuchas partes o no todo”, y eso acaba afectando también a la comunicación entre adultos.
Por otro lado, Marta Boix advirtió de que el debate tecnológico está atravesado por muchos intereses. En este mismo sentido, Xavi Marin añadió que “se implementan cosas sin pensar”. Además, recordó las dificultades de gestionar la atención de los alumnos durante la pandemia y denunció una expectativa recurrente: que cualquier problema social pueda acabar resolviéndose en la escuela.
En este sentido, Marta Pons sintetizó una crítica muy clara a la falsa digitalización: “poner el libro dentro del ordenador no es innovar”. Según explicó, muchas herramientas digitales acaban convirtiéndose en una pérdida de tiempo si no hay un sentido pedagógico claro. Por tanto, en la misma línea, Marta Boix afirmó que “los cambios sin reflexión no tienen sentido”.

Finalmente, Josep Mas defendió que hay que adaptarse al mundo digital, pero hacerlo bien. “Más pensamiento, más lenguaje, más sentido crítico”, reclamó. Sobre la inteligencia artificial, advirtió que es una herramienta muy potente, pero que necesita bagaje, tutelaje y regulación. Sin una base cultural, lingüística y crítica, la tecnología puede amplificar más carencias que oportunidades.
Movilizaciones docentes y malestar acumulado
El tramo final del debate giró en torno a las movilizaciones docentes y al polémico plan piloto para incorporar agentes de los Mossos d’Esquadra en los institutos. En este contexto, Marta Boix calificó la propuesta de “directamente ridícula” y consideró que llega en un momento en el que sirve para opacar cuestiones más profundas.
Sobre las protestas en el sector educativo, Aina Cabau las vinculó con un malestar docente acumulado, especialmente visible en el 0-3. “Es una bomba de relojería que ha estallado”, dijo. Además, recordó que esta etapa ha sido históricamente invisibilizada y menospreciada, en parte porque está vinculada a los cuidados y muy feminizada. En este sentido, reivindicó: “Somos una etapa que educa a través de los cuidados”. Según Cabau, el sector ha empezado a perder el miedo: “hemos empezado a hablar”.

Cuando el malestar docente se vuelve colectivo
Marta Boix describió un proceso parecido en primaria. Durante mucho tiempo, admitir que no se puede más parecía casi una confesión de fracaso profesional. Pero, cuando la sensación se comparte, deja de ser individual. “Cuando ves que no estás solo, que la sensación de no poder es colectiva, hay que dar un paso más”, afirmó.
Recuperando la propuesta de los Mossos, Xavi Marin la planteó como una manera de tapar el problema de fondo. Para él, el sistema no falla porque falten parches puntuales, sino porque los centros reciben normativas que caen sobre los claustros y obligan a reinventarse cada año. Además, Raquel Soliguer añadió sobre este tema que “no puede ser que un director haga de gestor y de recursos humanos”. También cuestionó una lógica competitiva entre escuelas públicas, como si funcionaran como empresas privadas.
La mirada social sobre los profesores
Josep Mas cerró el círculo volviendo a la mirada social sobre la profesión docente. En concreto, explicó que a menudo le preguntan si los niños “se portan bien”, pero no si aprenden. La frase revela una concepción reducida del trabajo de los profesores, más centrada en el orden que en el conocimiento. También recordó que todavía hay alumnos estudiando en barracones y subrayó que la movilización arrastra un malestar de mucho tiempo.

Aun así, la conversación no terminó en un diagnóstico oscuro. Al contrario, Marta Pons encontró en la movilización una rendija de esperanza: ver a tanta gente unida, dijo, da fuerzas para continuar. Además, también reivindicó que, en la facultad, conviven perfiles muy distintos, pero también compañeros “muy, muy buenos”.
Educar también es cuidar, pensar y escuchar
Entre el malestar y la esperanza, el título del acto acabó funcionando casi como una síntesis exacta. Por un lado, el malestar docente es real, estructural y acumulado. Por otro, la esperanza no aparece como una proclama ingenua: hablar, compartir, organizarse y recordar que educar no es solo aplicar normativas, llenar pantallas o sostener indicadores.
En definitiva, educar, como repitieron de distintas formas las voces de la sala, también es cuidar, pensar, escuchar y dar sentido.

