—¿El señor está dumiendo? —me pregunta mi hijo. Señala a un hombre de unos ¿30? años que, efectivamente, está durmiendo. Le digo que sí. Y mi hijo, que como todos los niños tiene la capacidad de meter el dedo en la llaga y señalar las contradicciones, la línea justa entre lo que está bien y lo que está mal, vuelve a la carga:
—¿Ahí, en el suelo?
Mientras me pregunto, como todas las madres, cómo le explico a mi hijo la pobreza y el colapso capitalista de los servicios sociales, algo sucede en mi bolsillo. En la pantalla de mi móvil se concreta, una vez más, la habilidad de la sociedad para hacerse inmune a la barbaridad. Y a la vez, para ser muy sensible a imágenes superficiales para las que no busca más explicación ni solución que más policía.
Me explico. En el chat donde vecinos de todo el barrio comparten información sobre las muchas actividades que se organizan en nuestras calles y plazas, alguien prende la mecha sobre la inseguridad. Hubo una violación hace un par de meses y últimamente ha habido varios robos, se han instalado narcopisos y hay un tráfico de drogas visible en casi cualquier sitio. Y esta vez la mecha corre y empieza el incendio. En cuestión de horas se monta otro grupo para organizarse, compartir experiencias y concluir que lo más efectivo es llamar al 112 para señalar los delitos cuando se producen y que la acumulación de llamadas acaba provocando que aumenten los recursos que se destinan a la seguridad del barrio.
Hasta aquí, con matices, todo el mundo podría estar de acuerdo. Pero antes incluso de que se asiente el sentido común, corre como la pólvora otro sentir. Un monstruo que solo necesita oxígeno y silencio para crecer y hacerse con todo. Una mujer manda una foto de tres carros de la compra unidos entre sí y cargados de maletas y mantas que acompaña de un mensaje en el que se soprende de la cantidad de cosas que acumula alguien que, es evidente, no tiene vivienda y vive en la calle. Alguien responde que deberían buscarles un lugar, pero lejos del barrio porque “ya está bien todo lo que tenemos que ver a diario”. Otra persona —¡ay, comprensiva y empática!— pide que más allá de eso, a las 8 de la mañana les “deberían obligar a levantarse” porque no puede ser que a las 11 de la mañana esté la gente tirada “por los bancos y porterías”. Una última, a calzón quitado ya, señala que esto no es normal y que una cosa es que duerman en un cartón “porque es algo que ha pasado toda la vida”, pero que esto de los carritos y las tiendas de campaña ya se pasa de castaño oscuro.
Y yo no digo nada porque pienso que si gente adulta piensa así, no voy a cambiar yo su forma de pensar. Me dan asco, rabia e impotencia. A veces pienso en decir algo, pero no lo hago porque tengo que mandar un email de trabajo, llego tarde al metro o, la mayoría de las veces, estoy con mi hijo en el parque, en el baño o en la mesa. Estoy en el parque con él, explicándole que no está bien que le quite el coche a otro niño, o que esa niña le ha pegado porque es más pequeña y no sabe expresarse de otra manera aún, o que él sí es más grande y no está bien que grite o que le pegue a la otra niña porque las cosas se pueden solucionar hablando.
Esa noche miro el grupo y un señor dice que echa de menos la policía de los años 60 y 70. Pienso en las veces que esa policía de mierda, fascista y corrupta, detuvo a mi padre. Pienso en toda la energía que pongo en decirle a mi hijo lo que está bien y lo que está mal y en lo bien que funciona. Pienso en los otros padres que también lo hacen y con los que es muy fácil enfrentarse al conflicto, como si las palabras algodonaran las tardes en el parque. Y le contesto. “En los años 60 estábamos en una dictadura. Un poco de criterio, por favor”. Enseguida alguien más lo recrimina y el señor sale del grupo. Y cada vez que alguien mezcla inseguridad y delincuencia con pobreza e injusticia lo señalo. Si puedo. Si no, alguien más se anima a hacerlo. Se establece, sin que lo hayamos hablado, una alianza para combatir al fascismo. No vamos a liderar la lista de una coalición al Congreso, pero conseguimos que muchos fascistas vuelvan a sentir vergüenza de decir lo que piensan. Que sea suyo el silencio. Eso es una victoria. Todavía no sé cómo le voy a explicar a mi hijo la pobreza y el colapso capitalista de los servicios sociales, pero sí cómo señalar la barbarie porque ve que yo lo hago.

