Después de un intenso fin de semana dedicado a aprender más sobre coeducación en el III Congreso DoFemCo: La Coeducación ante la Violencia contra las Niñas y las Mujeres, me doy cuenta de cómo de indispensable es hacer público aquello que sucede entre las paredes de los centros educativos para que podamos tomar conciencia como sociedad, el primer paso para poder actuar y dejar de quitar importancia a lo que, a menudo, acostumbra a ser la punta de un iceberg.
En los estudios superiores artísticos es habitual que se genere cierto compañerismo con el profesorado por el hecho de compartir un arte, emociones y, a menudo, ideas o historias personales, difuminando o incluso olvidando que sigue existiendo una jerarquía y, por lo tanto, una relación de poder. Por cuestiones prácticas, porque sabemos que la comodidad pasa por encima de los protocolos, en lugar de respetar los canales de comunicación estipulados, se utilizan grupos de WhatsApp para aquellas asignaturas que exigen un intercambio habitual, de forma que el profesorado tiene acceso al número de teléfono del alumnado.
En los estudios superiores artísticos es habitual que se genere cierto compañerismo con el profesorado, difuminando o incluso olvidando que sigue existiendo una jerarquía y, por lo tanto, una relación de poder
Antes de empezar mis estudios superiores de música en Barcelona quise hacer algunas asignaturas para preparar las pruebas de acceso, porque venía de la música clásica y sabía que el paso a la moderna me requeriría una serie de conocimientos de los que yo no disponía. Me apunté a un par de asignaturas, y una en concreto me gustó especialmente porque era muy experiencial, sentía que me permitía ir más allá de los conocimientos teóricos y entrenar habilidades, mejorando el oído y la afinación. Se creó un grupo de WhatsApp con el profesor para facilitar la comunicación, nos enviaba material para practicar y nosotros le hacíamos llegar audios con nuestros ensayos. Esto era antes de los estudios superiores es decir, con menores dentro del grupo.
Los estudios de música moderna cuentan anualmente con la asignatura de Combo, que consiste al montar un repertorio en grupos de entre unos cuatro y siete alumnos, normalmente. Durante mi segundo año, vi que podía cursarla con este mismo profesor, con quien tanto había aprendido antes de entrar, y escogí hacerla con él, segura de que así podría sacarle mucho partido y aprender más. Empezamos las clases y me lancé a la asignatura con mucha ilusión, practicando, proponiendo temas y haciendo partituras para el grupo. Me di cuenta de que el profesor estaba contento con mi implicación y, por eso, me concedía más atención durante los ensayos. O esto pensaba yo.
Al cabo de un tiempo me envió un mensaje por WhatsApp diciendo: “Estás de un guapo que lo flipas”. Me quedé totalmente congelada. No contesté, no sabía qué hacer y en mi casa, donde son bastante chapados a la antigua, cuando comenté que un profesor me había dicho que era guapa me preguntaron si le había dado las gracias por el cumplido, sin darle más importancia.
Me escribió de nuevo, disculpándose por si me había podido incomodar, y le confirmé que evidentemente lo había hecho. Me pareció arrepentido y todavía tenía unos cuantos meses de clases por delante, así que me pareció mejor dejar el tema de lado e intentar quitarle importancia a todo ello para poder hacer los ensayos en paz.
Cual fue mi sorpresa cuando me paró por el pasillo y, acorralándome contra la pared, me insistió en su “disculpa”, que había sido una tontería que no había podido evitar porque, claro, “cuando una es un bombón…”.
Me quedé helada, no recuerdo ni cómo fue la clase de después. Busqué el momento para hablar con los compañeros y compañeras de la asignatura para explicarles qué había pasado, sobre todo por no quedarme sola a la hora de recoger al final de la clase. Cuando se lo expliqué no se sorprendieron, incluso afirmaron que notaban un trato especial hacia mí, cosa que todavía me hizo sentir más incómoda y aislada en el aula. También se lo expliqué a mi tutora para que pudieran tomar las medidas correspondientes, e incluso a un par de compañeras que, a pesar de sentirse alarmadas, tampoco supieron muy bien cómo actuar ante la situación.
Fueron pasando los meses y no hubo ninguna acción por parte del centro, los mensajes vía WhatsApp e Instagram se repitieron de forma esporádica durante meses, incluidas las vacaciones de verano. Mi estado de ánimo cambió, ya no tenía la misma ilusión y cada vez sentía más que todo mi valor dependía únicamente y exclusivamente de mi apariencia, que no importaba cómo cantara, de forma que no tenía sentido esforzarme musicalmente.
Lo bloqueé, pero era consciente que también bloqueaba oportunidades musicales en un mundo donde las conexiones son vitales para que cuenten contigo en tal concierto o acontecimiento. Mi autoestima siguió el viaje de descenso cuando en el curso siguiente se lo expliqué a la nueva tutora, sorprendida de que nadie hubiera dicho o hecho nada. Llegué a cuarto curso y, con este, a otra tutora a quien también se lo expliqué. Todas afirmaron que se lo trasladaban al claustro, pero nunca pasó nada ni nadie vino a hablar conmigo.
En quinto, mi último curso, y en medio de muchos problemas vocales de origen psicológico, me di cuenta que era mi última oportunidad de resolver la situación. Envié un correo a todos los altos cargos de la institución barcelonesa con un asunto clarísimo: ACOSO SEXUAL EN EL AULA.
Aquí sí que conseguí una respuesta, y bastante inmediata. Tuve que explicar toda la historia cuando me llamaron y lo tuve que hacer otra vez más al reunirnos para que me tomaran declaración y abrieran una investigación oficial. Estoy muy agradecida al comité de mujeres que se puso manos a la obra, y por cómo me acompañaron durante el proceso, siempre apoyándome a cada paso. Resultó, sin embargo, que no podían hacer nada porque, a pesar de decidir que se trataba efectivamente de un caso de acoso sexual, este ya había prescrito y no podían echar al profesor, que ha seguido ejerciendo y tratando con alumnos, incluidas menores de edad. Supe que las tutoras habían comunicado el incidente, curso trás curso, y que alguien de más arriba había decidido no darle importancia.
Celebro que esta situación haya dado lugar a un protocolo de actuación, a pesar de que ya tendría que haber existido previamente por ley; celebro que el equipo pedagógico al completo (a pesar de que no sé si incluye a quién decidió hacer silencio) hiciera un curso de sensibilización y que el profesor en cuestión hiciera una formación con una psicóloga. El propio comité me dijo que él seguía sin entender qué había hecho mal, pero celebraban que como mínimo hubiera entendido que no podía enviar este tipo de mensajes.
Para mí es una celebración con regusto amargo, estamos aplaudiendo cosas básicas, como que una institución reconocida cumpla con la ley o que un profesor asuma que no puede enviar mensajes privados a las alumnas hablando de su físico.
Esta historia quedó allá, dentro del centro educativo y lejos de las orejas de quienes se atreven a decir que la violencia machista no existe. Es por eso que hoy escribo esto, para visibilizar un patriarcado que se cuela en cada rincón de nuestras vidas, con otra historia en la que un hombre cometió una agresión contra una mujer y el entorno lo normalizó y banalizó.
Con los estudios superiores de música, mi relación con esta última ha cambiado por completo y resulta cómo mínimo irónico ver que utilizan una fotografía mía como reclamo publicitario para las próximas pruebas de acceso.

