¿Un país tan diverso como el nuestro cabe en un contenedor informativo tan limitado? A tenor de lo que reflejan las decisiones de las empresas periodísticas, parece que sí. Pero la realidad lo niega, si atendemos a lo que sucede a nuestro alrededor y lo miramos sin las anteojeras mediáticas. Esas anteojeras no son espontáneas ni automáticas, están colocadas por un entramado estamental generado en Madrid al que se añade la coletilla de “Distrito federal” aunque no sea ni una cosa ni la otra. El efecto centrípeto que ejerce la capital de España se practica de manera intensa en la esfera informativa, llamada ya fachosfera por algunos observadores. Y el principal fruto de ese efecto es la homogeneización que nos ocupa.
Hay una agenda informativa suscitada y proyectada por la política institucional y partidaria que se hace generalizada por la tendencia centrípeta mencionada pero también por otra cosa. Si hay una crisis del periodismo es porque antes existe una crisis de la empresa periodística, cuyos intereses giran en torno a las subvenciones, ayudas, créditos y otros condicionantes de los medios, que no siempre proceden de las instituciones de poder. Hay medios que se pliegan a las tendencias de cambio que se suponen o que ellos parecen advertir, pero son muchos más los que hace tiempo que se han erigido en factores coadyuvantes de ese cambio. Aquello de “el que pueda hacer que haga” es seguido desde hace mucho tiempo por muchos medios de acuerdo con los designios que emanan de actores económicos y políticos dispuestos desde el principio para hacer ese papel.
La pregunta inicial de ¿es posible que toda la prensa de un país sea de derechas? tiene una respuesta, que es sí. Pero no responde a un solo motivo. Es posible además si la mayoría de las empresas periodísticas se recluye en sus nichos de lectores, renuncia a disputar nuevos públicos que están en la competencia o aún por identificar y abandona tareas de innovación que resultan imprescindibles para acometer las tareas que plantea la evolución de la comunicación, cada vez más urgentes con la irrupción de la inteligencia artificial (IA). La IA será un factor de homogeneización potente, dada la tendencia de las empresas a hacer un uso meramente instrumental de los avances tecnológicos en lugar de ponerlos a trabajar en fomentar la innovación. Como antes sucedió con los talleres de composición e imprenta, la informatización de las redacciones y la incorporación de internet, los nuevos recursos técnicos se orientan al viejo sueño húmedo de los editores: redacciones sin periodistas. Personal que ejecute tareas y no discuta las directrices dadas desde arriba, mal pagado y precariamente contratado.
La situación de la prensa en España se aproxima a una prevención de Byung Chul Han: la expulsión de lo distinto y la sobreproducción de lo igual. La inflación de información actual es un incremento exponencial de asuntos iguales entre sí, a menudo triviales, que dificultan la tarea de seleccionar lo significativo, que aparece oculto tras una maraña de nimiedades. El terror de lo igual, que es como el filósofo alemán designa esa oleada de irrelevancia, arrastra tras de sí a la homogeneización de la información. Las fake news o pseudonotícias engañosas se ven como la gran amenaza a la libertad de información pero no es menos peligrosa esa igualación por abajo que desemboca en una amenaza posible sino en una realidad que ya vivimos.
Estas reflexiones no preocupan a las empresas informativas. Unas atienden a los fines últimos para los que han sido fundadas, otras se aproximan a lo que las puede favorecer en un futuro próximo. Todas se conforman con una homogeneización que para ellas tiene una virtud tangible: si no te desmarcas del conjunto es difícil que te penalicen por sobresalir. Y esa nivelación por abajo proporciona beneficios que sirven para no desaparecer.

