¡Que bien que le pega al amigo Jordi Borja, esto de «ciudadano»! Estoy seguro que le hubiera gustado, pues la palabra fue inventado para denominar a aquellos que tenían derecho a participar en la gestión de los asuntos públicos en las ciudades de la Grecia antigua.

A pesar de todos los tumbos que dio su vida, la ciudad siempre fue el centro, el lugar desde donde vivir, pensar, cambiar el mundo y amar. Si alguien se ha ganado este título, es él. Desde la Barcelona de Pasqual Maragall, que abrazó, hasta tantas y tantas ciudades de América Latina que contribuyó a ordenar. ¡Ciudadano Borja! El nombre también le pega por las reminiscencias que adoptó durante la revolución francesa. El citoyen entendido como un miembro activo de la sociedad y de la nación y dotado de derechos y deberes políticos. Quienes lo conocemos de siempre recordamos su actividad desbordante, que lo llevó a implicarse en todas las causas justas de la segunda mitad del siglo XX. La causa de los trabajadores, de los barrios, de las mujeres, de la libertad. Aquí y por todas partes. En el París de 1968, en el Chile de 1973, en la España franquista y en la Cataluña de la Transición.

Jordi Borja era hiperactivo pero no era una persona inconstante. Concentró su energía descomunal en la ciudad y los ciudadanos. Su pensamiento era deudor de ella. Si fue gramsciano antes de que otros muchos, fue porque los desafíos de la ciudad y de sus ciudadanos lo llevaban a pensar en términos de modernidad. A plantearse no solo la cuestión del poder sino también la de la hegemonía. Su conflicto con el PCE viene de aquí. De situar la democracia ejercida libremente en el centro de toda actividad transformadora. No es que el PSUC y el PCE fueran lo contrario, pero algunos de sus dirigentes llevaban una mochila que les llevaba —que nos llevó— a acomodarnos en la tradición comunista y a creer que actitudes más rupturistas, como la suya, nos llevaría a perderlo todo. La creación de Bandera Roja, en la que se implicó al cien por cien, fue el resultado de este debate. Le aburría el conflicto estéril que tanto daño ha hecho a las izquierdas, y por eso volvió al PSUC, pero lo hizo sin renunciar a nada, con coraje. Después de crear un movimiento que jugaría un papel importantísimo en la movilización ciudadana, en barrios y ciudades, y en la política durante el tardofranquismo.

Le debemos la Barcelona que tenemos, aquella que resiste como puede al proceso de gentrificación de la ciudad, desde los barrios. Cómo es sabido, contribuyó de manera decisiva al diseño de los distritos, desde la solidez intelectual que había adquirido en Francia, y desde una implicación militante y un gran sacrificio personal, pasando días y noches con vecinos de todos los barrios de Barcelona. Esta faceta suya ha sido lo bastante destacada como tener que insistir más. Todavía se puede recordar en el último libro que publicó, con la ayuda de su compañera Dolors, cuando la capacidad de razonar y escribir —no la fuerza, ni el ánimo, que mantenía intactos—, le empezaron a traicionar. No obstante, no me gusta encajonarlo en esta categoría de sociólogo urbano, a pesar de la maestría con que la ejerció. Jordi Borja era un revolucionario. Un intelectual y un activista radical. Contrario a todo dogmatismo. Capaz de decir no a su partido de siempre, o de advertir a los Comunes de algunos de los errores que estaban cometiendo. Todos lo tenían que haber escuchado más. También fue siempre contrario a la deriva acomodaticia de mucha gente de izquierdas, propia de toda sociedad acomodada. En los últimos meses, he tenido con él una relación especial, que no habíamos cultivado antes. He tenido el honor de poderle acompañar en la decisión valiente que tomó para dejar de sufrir y hacer sufrir a sus personas queridas. Que me perdonen sus amigos de siempre si digo que he descubierto un hombre de una calidad humana sin medida. Contrario a todas las injusticias. Obsesionado con sus orígenes. Capaz, hace pocos días, de repasar los títulos de una biblioteca donde era visible su formación como si fuera todavía un joven estudiante de la Sorbona. Recibiendo amigos en casa, con música de fondo de la chanson française. Sufriendo por no poder expresarse y poder expresarles mejor su amistad. Determinado en la decisión que había tomado. Un Jordi dulce, indignado por las majaderías y los peligros que vive el mundo. Si una cosa me sabe mal es que esta relación más personal haya sido tardía. Nos habíamos hecho amigos.

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Andreu Claret

Periodista i escriptor

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