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Recién comenzado julio y Barcelona hierve. Se trata de una metáfora y de una realidad. Encajamos la enésima ola de calor de 2026 y, a la vez, las calles y las plazas, las playas y museos se encuentran a rebosar de turistas. Las predicciones de los expertos señalan que, este año, el conjunto del Estado puede superar el simbólico número de los 100 millones de visitantes extranjeros. En lo que va de primavera-verano hemos tenido los fastos más señalados del Congreso Mundial de Arquitectos; la visita del Papa León XVI y la inauguración de la Torre de Jesús de la Sagrada Familia, con un espectáculo de luces y drones que reabrió viejas comparaciones espaciales —con Madrid— y temporales —con los Juegos Olímpicos— reforzando el aparentemente siempre insaciable orgullo barcelonés y, finalmente, el Grand Depart, aquello que en mi infancia denominábamos simplemente «la salida del Tour de Francia», el cual ha vuelto a proyectar la idea de una Barcelona atractiva, cosmopolita, fulgurante y abierta aprovechando su recorrido por el entramado urbano para recordar, de nuevo y en poco tiempo, que la capital de Catalunya cuenta finalmente, como se merece, con un icono de alcance global.
Esta sucesión de eventos nos sumerge en una especie de aletargamiento, de entumecimiento de los sentidos olvidando una realidad mucho más compleja que la que muestran las señales de la televisión y la radio, los artículos de cierta prensa o los reels, posts y demás anglicismos que lanzan de forma continua las redes sociales. Solo en lo que se refiere al nivel municipal es posible contar hasta cinco conflictos laborales en marcha. El personal del Institut Municipal de Serveis Socials (IMSSB) protesta con la sobrecarga de trabajo, los retrasos en la tramitación de las ayudas de emergencia o la falta de personal para poder atender, de manera correcta, los efectos de la crisis de la vivienda y la precariedad; los trabajadores de las Oficines de Atenció Ciutadana (OAC) demandan un incremento de la plantilla, la recuperación de las medidas de conciliación laboral y familiar perdidas y mejoras organizativas; el Servei d’Atenció, Recuperació i Acollida (SARA) solicita una menor rotación y precariedad, el reconocimiento del peso que sobre su salud emocional supone su tarea y mejores condiciones en sus jornadas laborales; las trabajadoras de las Escolas Bressol exigen una reducción de ratios de niños y niñas por aula y educadora, la creación de nuevas plazas estructurales, la mejora de sus condiciones laborales y avances en la negociación colectiva y, finalmente, el personal de las bibliotecas municipales se moviliza por la implementación de medidas de recuperación de poder adquisitivo, la cobertura de las bajas y las jubilaciones, la reducción de la temporalidad y la aplicación de la jornada de 35 horas en igualdad con otros colectivos municipales. El contraste entre lo que sale en los medios y lo que ocurre en la realidad es notorio.
Solo en lo que se refiere al nivel municipal es posible contar hasta cinco conflictos laborales en marcha. El contraste entre lo que sale en los medios y lo que ocurre en la realidad es notorio
Hace solo dos años se estrenó la película dirigida por Marcel Barrena, El 47. En ella se narra la historia de Manolo Vital, un trabajador de la empresa municipal de autobuses que, en los años 70, en las postrimerías del Franquismo, demostró que el transporte público podía llegar a Torre Baró, emplazamiento situado a las afueras de Barcelona y constituido por viviendas de autoconstrucción levantadas por los migrantes venidos de otras partes del Estado. Y lo hizo conduciendo el mismo el vehículo, el 47, por las pendientes y estrecheces del camino hasta estacionarlo en su propio barrio. La cinta cuenta con significados olvidos, como la organización vecinal, sindical y política en torno al Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) del mismo Manolo y destaca otros, como la presencia de un joven Pasqual Maragall, futuro alcalde de la ciudad democrática, así como su preocupación por el bienestar de los vecinos. Pero, sobre todo, sirvió como vehículo simbólico para el lucimiento de parte del partido socialista. Políticos como Jaume Collboni, Salvador Illa o el propio Pedro Sánchez acudieron a la proyección o a la entrega de los premios que acabó recibiendo el film poco después. Para estos, para el Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), el momento era la ocasión ideal de presentar la Barcelona de El 47 como su Barcelona; como la ciudad que habían moldeado, diseñado, construido y proyectado a su imagen y semejanza. Su obra, su legado. Quizás por eso Manolo Vital era presentado como un héroe individual, una persona que, simplemente con voluntad y valentía, había logrado la proeza de situar en el mapa de la ciudad la falta de servicios a los que se veían abocados los habitantes de los barrios de la periferia; un emprendedor social, que diríamos ahora, un adalid de la justicia y la persona que cerraba una vieja forma de intervención y organización y abría paso a una nueva forma de participación y articulación política más partidista y tecnocrática. El cierre generacional quedaba echado de la mejor de las maneras posibles.
Esa Barcelona de El 47, la de los sentidos homenajes póstumos, los recuerdos a las acciones de nuestros mayores, la que conecta viejas luchas y luchadores con jóvenes políticos con potencial proyección internacional, la que desestima la labor de las organizaciones de base, las asociaciones de vecinos y vecinas, la de la democracia popular, es la misma que, en 2026, una vez puesto el sello sobre el pasado, promueve eventos internacionales con la intención de continuar atrayendo unos capitales y unos visitantes que acaban por desplazar la población local, trivializa su paisaje comercial, diluye la riqueza de su idioma y acaba con las fiestas populares banalizándolas, destina recursos financieros y modifica planeamientos urbanísticos para dar satisfacción de las élites de la ciudad, recorta en servicios esenciales y dificulta el empadronamiento de las personas más necesitadas, no atiende, como es debido al personal de su propia administración o recomienda, para luchar contra la calor, visitar las instalaciones de un gran centro comercial.
Espero que, una vez llegado hasta aquí, el lector se haya dado cuenta por qué me posiciono contra la Barcelona de El 47. Porque no es contra esa Barcelona, sino contra aquello en lo que la han convertido.

