El 8 de julio se hizo pública la sentencia de la Sala de lo Contencioso Administrativo del Tribunal Supremo por la que se establecía que no puede aplicarse el procedimiento conocido como rechazo en frontera (eso que llamamos «devoluciones en caliente»), previsto en la disposición adicional décima de la Ley de Extranjería, a las personas que llegan nadando a Ceuta o a Melilla. El rechazo en frontera solo puede aplicarse a las personas que saltan una barrera (una valla, por ejemplo), pero a las que llegan a nado solo puede aplicárseles el procedimiento de devolución, previsto en el artículo 58.3 de la Ley de Extranjería, que implica identificación previa, así como la posibilidad de solicitar asilo y de asistencia letrada.

Aquí tens la versió en catalá


El 30 de julio se produjo la entrada masiva en Ceuta de unas 70.000 personas. Parece ser que el CNI había avisado de que una sentencia como la mencionada podía producir un incremento del flujo de llegadas a nado, y a algunos ese aviso les está sirviendo para decir que el Gobierno español lo sabía y no hizo nada. Pero lo cierto es que, una cosa es un incremento del flujo y otra muy distinta el hecho sin precedentes producido el 30 de julio. No hace falta ser un lince, ni tener una larga carrera en el CNI, para saber que podían incrementarse los intentos de cruzar a nado, pero de ahí a lo sucedido ese día hay un largo trecho.

Tampoco se requiere disponer de un palantir que nos diga lo que pasa en la corte marroquí para saber que la visita de Pedro Sánchez a Argelia del 20 de julio, y la ostensible mejora de las relaciones entre España y ese país, cabrearía al Gobierno de Marruecos. Y, como España y la Unión Europea han externalizado parte de la gestión de sus fronteras pagando a países terceros para que impidan el cruce de inmigrantes y refugiados, cuando estos países se cabrean por alguna cosa nos lo hacen notar. España le ha regalado a Marruecos un instrumento con el que castigarnos a su antojo cada vez que no nos portemos bien.

España le ha regalado a Marruecos un instrumento con el que castigarnos a su antojo cada vez que no nos portemos bien

Marruecos, por otra parte, es el principal aliado de Israel y Estados Unidos en la zona, y los gobiernos de estos dos países ahora le tienen ojeriza al Gobierno de España, y esto es algo que también se tenía que hacer notar, porque Marruecos tiene que ir mostrando de tanto en tanto su vasallaje a Israel y a Estados Unidos. Incluso podemos aderezar todo eso con un poco de fútbol, ya que durante varios días ha estado en cuestión dónde se jugará la final del próximo mundial, si en alguna ciudad española o en Casablanca, lo que también podría inducir a avisos de su poderío por parte de la Monarquía marroquí. 

De modo que, aunque no está claro hasta qué punto el Gobierno marroquí promovió el movimiento masivo de personas del 30 de julio, de lo que no cabe ninguna duda es que, como mínimo, aflojó los controles para que se produjera. Aunque no sepamos quiénes comenzaron a difundir los mensajes a través de WhatsApp, Facebook, TikTok y otras redes (que después se reenviaron masivamente) diciendo que era el momento de cruzar, lo que parece obvio es que hubo aquiescencia por parte del Gobierno marroquí. 

Pero, pasados ya unos cuantos días de los hechos, y teniendo en cuenta que dejaron un centenar de muertos, estamos obligados a no quedarnos solo en los aspectos más obvios del análisis. 

¿Por qué Marruecos puede generar una crisis en España con solo relajar el control migratorio fronterizo? Puede hacerlo porque España y la Unión Europea le han regalado esa potestad, y ello está relacionado con unas políticas europeas de inmigración y asilo basadas en la idea de que la inmigración es algo negativo de lo que tenemos que protegernos. Unas políticas que se han ido haciendo cada vez más restrictivas y represivas y que han culminado con el Pacto Europeo de Migración y Asilo, un nuevo marco legislativo que está calcado de todas las posturas que en los últimos años ha defendido la extrema derecha europea.

Son unas políticas irracionales, porque en ningún momento la inmigración se ha convertido ni puede convertirse en amenaza para las sociedades receptoras, y porque el problema siempre está en la mala gestión de la recepción y en los prejuicios sociales. Pero podemos añadir un motivo más de irracionalidad. Resulta que los informes de la Comisión Europea y de múltiples organismos no cesan de insistir en que la economía europea necesita, de forma insoslayable, unos flujos de inmigración mucho más intensos que los producidos hasta ahora. El mismo comisario europeo de Interior y Migraciones que era responsable de las políticas restrictivas, Magnus Brunner, dijo en febrero del 2025 que se necesitan desesperadamente inmigrantes para el mercado de trabajo europeo. La Comisión Europea prevé importantes deficiencias de mano de obra en ocupaciones manuales y no manuales para el 2035 si la inmigración no las resuelve.

En ningún momento la inmigración se ha convertido ni puede convertirse en amenaza para las sociedades receptoras, y el problema siempre está en la mala gestión de la recepción y en los prejuicios sociales

Hay abundancia de análisis que muestran que las personas migrantes aportan a la economía del país receptor mucho más que lo que reciben. El Banco de España, por ejemplo, mostró en el 2025 que, del 3,9 % de crecimiento del PIB dado entre 2022 y 2024, la población inmigrada aportó dos puntos porcentuales, o sea, más del 50 %, y eso que solo representa el 14 % de la población ocupada. Otro estudio del BBVA del 2024 mostró que la inmigración está siendo un factor clave en España para la creación de empleos, y en particular de los empleos que ocupan los españoles.

No me entusiasman los análisis de ese tipo, primero, porque muestran la inmigración desde una perspectiva instrumental: necesitamos trabajadores, pues los dejamos entrar; y, segundo, porque rechazo ese optimismo desarrollista basado en que la economía debe seguir creciendo como hasta ahora; pero si los he traído a colación es por la monumental incoherencia de las políticas europeas que, por un lado reconocen la necesidad de que entren inmigrantes y por el otro adoptan medidas tremendamente restrictivas y represivas para impedirles la entrada.

Europa no necesitaría poner el control de sus fronteras en manos de Marruecos y otros países, si adoptara una postura más racional sobre las migraciones. Si facilitásemos la libre circulación, todo fluiría con más normalidad, y Europa no quedaría permanentemente sometida al chantaje de estos países, y tampoco se producirían muertes como las del 30 de julio en las aguas de Ceuta.

Se ha puesto todo el foco mediático en las maniobras de Marruecos y se ha dicho que lo del 30 de julio fue un ataque a la soberanía española, como afirmó Sánchez (curiosamente, hablando de mafias, para no tener que mencionar al Gobierno marroquí), y ciertamente Marruecos ha jugado sus cartas, como hemos visto al inicio de este artículo, pero creo que la principal responsabilidad de esos hechos y de las muertes producidas la tienen las políticas crueles de inmigración de la Unión Europea (y de los países del norte en general). Esta reflexión nunca deberíamos dejar de hacérnosla cada vez que decenas de personas mueren intentando cruzar las fronteras.

Y si descendemos a aspectos más concretos de lo sucedido el 30 de julio y los días posteriores, también debemos señalar que se ha hecho una ingente cantidad de devoluciones en caliente, justo en el mismo mes en el que el Tribunal Supremo dijo que no se podían hacer si se entraba a nado. A miles de personas se les ha obligado a salir sin antes hacerles una identificación previa ni ponerles asistencia letrada, que era lo obligado en este caso. Se ha utilizado masivamente el procedimiento de rechazo en frontera en lugar del procedimiento de devolución que era el que correspondía. Aparte de los expulsados, ha habido otros muchos miles que salieron voluntariamente después de un día, dos o tres sin alimentos. Hablando de políticas crueles también tenemos que preguntarnos por qué no se puso de inmediato en marcha un dispositivo humanitario para dar de comer y beber a esas personas. ¿Fue el hambre un medio de presión? ¿Fue una nueva forma de devolución en caliente?

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Miguel Pajares

Miguel Pajares es antropólogo social, investigador en la Universitat de Barcelona y presidente de la Comissió Catalana d'Acció pel Refugi (CCAR).

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