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Rendirse o resistir, 312 años después
La unidad del independentismo es hoy mil pedazos enfrentados entre sí, más lejos que nunca de cualquier reconciliación posible.

Guillem Pujol14 de septiembre de 2026 - 05:30
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Manifestación antifascista en el Born en la Diada de 2026. Foto de Pol Rius

Como un espejo roto, la unidad del independentismo es hoy mil pedazos enfrentados entre sí, más lejos que nunca de cualquier reconciliación posible. La tregua temporal forzada por Òmnium Cultural y la Assemblea Nacional Catalana durante los años del Procés no es más que un recuerdo lejano, material onírico de un momento histórico que con los años se convertirá en leyenda.

En el Fossar de les Moreres, la víspera de la Diada, la fotografía captura este descalabro: por un lado, el fascismo independentista de Aliança Catalana —protegido por los Mossos d’Esquadra—, que sería, según las encuestas, la primera fuerza política independentista en el Parlament de Catalunya. ¿Quién forma parte de Aliança Catalana? Empresarios neoliberales, hooligans violentos que no hacen más que buscar excusas para darle una paliza a alguien de izquierdas como Jordi Borràs; jóvenes nacionalistas que han crecido creyendo que toda la culpa de sus problemas se llama España, así como los racistas de siempre; aquellos que al abrigo de la Casa Gran del pujolismo gozaban de buena reputación, y que hoy pronuncian la palabra «español» con un desprecio extraordinario.

Manifestantes de Aliança Catalana en el Fossar de les Moreres, 11 de septiembre. Foto de Pol Rius.

En un rincón, con mucha menos proyección política, Jordi Graupera, el eterno candidato, intentaba alzar la voz para hacerse un hueco en el mosaico de sueños rotos que es hoy el independentismo. Graupera, que ha sido militante convergente y asesor de Clara Ponsatí (Junts per Catalunya) en el Parlamento Europeo, representa el puente entre Junts per Catalunya y Aliança Catalana: en lo económico se parece más a los primeros, más a la derecha que los socialistas, pero no tan a la derecha como VOX y Aliança. Y en lo discursivo encarna la misma decepción con los liderazgos políticos que «traicionaron a Cataluña», y asegura que, con él, las cosas habrían ido de otra manera. A toro pasado, todo el mundo es oráculo.

Por el lado de la izquierda independentista la fragmentación también era notable y, a la vez, se entretejía con el de otros sectores que ponían más énfasis en el antifascismo que en el independentismo. La CUP ha sufrido mucho en los últimos años, y el equilibrio interno que la aupó hasta los diez diputados hace una década queda muy lejos de los cuatro de hoy y de los dos o tres que le auguran las encuestas. La coyuntura de la política representativa no permite, lamentablemente, hacer lo que se hace en la calle, porque la disyuntiva de apoyar a la derecha independentista de Junts per Catalunya o a la socialdemocracia del PSC no se presenta como tal.

Alrededores del Fossar de les Moreres, 11 de septiembre de 2026. Foto de Pol Rius.

Así pues, en el Fossar de les Moreres, la colección de banderas fue de las más plurales que se recuerdan, y lo que históricamente se había ceñido a la reivindicación nacional se tiñó de colores distintos que generaban una nueva —y más urgente— unidad heterogénea: la del antifascismo. Los militantes del Sindicat de Llogateres se dejaban ver junto a la estelada bicolor, y las banderas palestinas emergían como recordatorio de la solidaridad con un pueblo que, a día de hoy, sigue siendo exterminado. Notoria era la presencia de enseñas sin nada más que el rojo de la Organització Juvenil Socialista, una escisión de la CUP que seduce a algunos jóvenes que, ante la dicotomía entre socialismo e independencia, tienen clara la respuesta: socialismo.

Manifestantes antififascistas en el Paseo del Born, 11 de septiembre. Foto de Pol Rius.

Y podría parecer que esto ya era mucho, pero el grueso histórico del independentismo no formó parte de este mosaico. Salvo una parte de la militancia de ERC —la más escorada a la izquierda, que también ha hecho del Fossar su lugar de reivindicación—, los padres y las madres, los tíos y las tías que durante años se habían dado la mano en largas cadenas humanas se quedaron en casa. Eran ellos quienes llenaban las calles cada Once de Septiembre, el día en que, hace 312 años, Barcelona cayó ante las tropas borbónicas. Con la promesa de la libertad hecha añicos, más vale rendirse a los placeres mundanos de un largo fin de semana de sol y playa.

Por eso, paradójicamente, la víspera de la Diada es ahora más importante que la propia Diada. Porque la mayoría de la gente no es que esté cansada, es que ha desconectado. Ahora solo se escucha a quienes gritan más fuerte y, desde el miedo cobarde, señalan a los de abajo e insuflan sus egos atemorizados con el odio a quien es diferente y, sobre todo, pobre. Por eso es tan importante que Barcelona esté recuperando el hilo rojo de su historia, la verdadera seña de identidad de un pueblo que resiste; por eso en el Fossar de les Moreres unos cánticos se alzaban y ahogaban el discurso de orriols: «Barcelona, antifeixista!»

Diada independentismo
Guillem Pujol
Guillem Pujol

Llicenciat en Ciències Polítiques (UPF), MSc en European Politics and Policies a la University of London, Birkbeck College i Doctor en Filosofia amb menció Cum Laude (UAB). Co-autor del llibre "Cartha on Making Heimat" (Ed. Park Books).

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