El ilustrador Francisco Ibáñez fue el creador, en 1961, del edificio más desternillante de la historia de la viñeta en España. 13, Rue del Percebe era una disparatada comunidad de vecinos que retrataba bien la interminable repetición de los mismos problemas y la familiaridad de unos personajes enclaustrados en un edificio de la España franquista de los años sesenta.
El edificio donde vivo desde hace años podría ser algo así como la versión globalizada de aquel inmueble. Les cuento.
Somos 120 vecinos, repartidos en tres escaleras designadas por las primeras letras del abecedario. Bueno, esto de «vecinos» quizás haya que matizarlo un poco, pues en un mismo inmueble de la calle Tarragona de Barcelona, conviven pisos de uso residencial con pisos de uso turístico, además de oficinas en las primeras plantas.
Eso quiere decir que también conviven, en un mismo ecosistema, contratos de alquiler de vecinos que hace años, décadas incluso, que vivimos allí y que terminan en los próximos años; contratos de alquiler temporal; contratos de renta antigua; contratos de licencia de obras y reformas en los pisos de los inquilinos a los que echaron y, no vaya a ser que falte algo, incluso algún piso vacío. Ah, y los turistas, qué decir de ellos. Tenemos de todo, oiga. Somos muy contemporáneos. Y, además, internacionales.
Y aquí conviene explicar cómo llegamos hasta este punto, porque la historia de las licencias turísticas merece también su propia viñeta en este disparate. La propiedad del edificio, Inmobiliaria Gallardo, llegó a obtener licencias para convertir los 120 pisos del bloque en viviendas de uso turístico. ¿Cómo fue posible en una ciudad que llevaba años intentando limitar precisamente eso? Pues gracias a una de esas grietas administrativas y judiciales que parecen escritas por el mismísimo Ibáñez: la anulación temporal de la normativa que limitaba los alojamientos turísticos abrió una ventana que la propiedad aprovechó para tramitar las licencias. Algunas acabaron quedando sin efecto; otras sobrevivieron. Y aquí estamos.
Y ya que hablamos de sobrevivir, me gustaría hablarles de los ascensores, que, a ver, los pobres son máquinas, pero también sufren todo este descalabro. Maletas pesadas, carritos de la limpieza del servicio de habitaciones, grupos de turistas en tropel a pesar de tener un cartel que pone, en varios idiomas, que solo pueden subir tres. Y claro, de vez en cuando, los seis elevadores —porque son ya una familia más del edificio— se agotan y deciden ponerse en huelga. No todos de golpe; en eso no están demasiado organizados.
Por tener, tenemos incluso portería. Con porteros variopintos. En esta especie también hay un poco de todo. Alguno hay de cotilla, todo hay que decirlo. ¿Qué sería de una comunidad sin el portero con piel de cordero? A otros, a los que aún les queda algo de ética, seguramente también se les retuerce el estómago ante el dilema de ver pasar todo esto ante sus ojos y no poder hacer mucho más que conservar su contrato de trabajo.
Y ustedes pensarán: qué barbaridad, pues váyanse, ¿por qué aguantar todo esto? Pero resulta que el exterior, ya no digo el barrio, sino gran parte de la ciudad y sus latifundios más cercanos, tampoco es que esté mucho mejor, eh, no crean. Encontrar una alternativa para cobijarse es como ir a un casting televisivo y quedarse sin número.
En fin. Podría seguir describiendo este puto disparate hasta el infinito, pero yo también me agoto de vez en cuando. Me agoto de seguir las noticias y ver cómo nuestros gobernantes parten en trocitos decretos que supuestamente pararán toda esta sangría y lograrán contenerla con una tirita. Que no está mal, tampoco vayamos a ponernos estupendos.
Pero comprenderán que, cuando pienso en Enrique, que tiene 84 años y cuyo contrato termina en julio de 2028; en Maite, que, subida a una escalera, recitó en un inglés impecable durante una de las manifestaciones a las que asistimos que ya está bien, que no hay plan B y que el plan B es quedarse; en Melanie, que logró, gracias a la presión que ejercimos todos los vecinos —pancartas, presencia en los medios y un largo etcétera—, prorrogar tres años más su contrato; en Fina, de 81 años, cuyo contrato termina en febrero y para quien parece que ahora, burofax mediante, prorrogar tres años más ya no es posible, que quizás sean dos, con una letra que de tan pequeña no se puede ni leer, y aun gracias…
Comprenderán que, cuando pienso en mí, en ellos y en los demás vecinos, la gracia que podría hacerme todo este disparate a lo 13, Rue del Percebe se transforma en una mueca retorcida por la angustia.
Y sí, eso.
No hace ninguna gracia.
Ninguna.
