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cine

La bola negra deslumbra hasta cegar
Los Javis invocan a Lorca para contar el trauma bélico y un siglo de deseo perseguido. Una película valiosa por lo que rescata y deslumbrante a ratos, aunque su ambición poética tropieza con la necesidad de explicarlo todo.

Laura Casamitjana15 de octubre de 2026 - 07:35
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La bola negra (c) Le Pacte / Carla Oset

Hay algo de justicia poética en que España haya elegido para representarla en los Oscar una película sobre los hombres a los que, durante décadas, ese mismo país obligó a esconderse. En La bola negra, Javier Calvo y Javier Ambrossi parten del universo de Federico García Lorca para hablar de las vidas que la violencia interrumpió y de las que tuvieron que desarrollarse a oscuras. Su generación puede decir en voz alta lo que otras aprendieron a callar. Ese gesto tiene una fuerza particular en un país que todavía convive con los muertos de la Guerra Civil sin haberles dado, en tantos casos, sepultura.

La película entrelaza tres historias separadas por décadas y unidas por la persistencia del miedo. El trauma de la guerra y el de una identidad reprimida terminan confundiéndose en los recuerdos y vacíos familiares, heredando silencios cuyo origen a veces nadie conoce ya. 

Que una película construida alrededor de ese deseo haya sido escogida como candidata española al Oscar puede es un acto de reparación, los hijos de una sociedad que durante décadas castigó esas existencias las sitúa ahora en uno de sus mayores escaparates culturales. Aunque el reconocimiento cinematográfico no puede subsanar aquella violencia, puede hacer de bálsamo reestableciendo lo que se considera digno de ser contado. ´

Lorca como punto de partida

Lorca articula esa conversación entre épocas. Poeta excepcional, rojo y gay, asesinado en 1936 y todavía sin una tumba conocida, concentra buena parte de las heridas que el país tiene abiertas. Su figura sirve a los directores como puerta de entrada a la construcción de La bola negra, pero hay algo más difícil de trasladar de Lorca al cine: su modo de trabajar con lo insinuado. Sus versos podían nombrar el deseo y la muerte sin agotar nunca sus sentidos. La experiencia del poeta atravesaba su obra, aunque su escritura siempre era más grande que cualquier clave biográfica con la que pretendiéramos descifrarla.

Los mejores momentos de La bola negra aparecen cuando los Javis confían en esa ambigüedad. La secuencia de la nieve es uno de esos momentos, el paisaje fuera del tiempo mientras los versos de Lorca acompañan una muerte que puede ser física o corresponder a una vida condenada a permanecer oculta. La película es eficaz en ese punto al hacer sensible una pérdida sin traducirla inmediatamente a un mensaje, un gesto de fe en el que las imágenes conservan espacio para lo que cada espectador lleva consigo.

El ritual de paso de los Javis

Los Javis llegan a ese territorio con una virtud indiscutible: conocen como pocos los códigos pop. Paquita Salas es uno de los hitos de la pantalla española de este siglo porque supo convertir las miserias del espectáculo en una comedia hilarante y tierna, capaz de mirar a sus personajes con más afecto que condescendencia. Veneno y La Mesías ampliaron el registro de los directores y demostraron que el exceso podía convivir con experiencias dolorosas. En sus mejores trabajos, la cultura popular tiene la dignidad de quien jamás ha necesitado pedir permiso para entrar en una conversación seria.

En los mejores trabajos de Los Javis, la cultura popular tiene la dignidad de quien jamás ha necesitado pedir permiso para entrar en una conversación seria

Ese instinto sigue presente en La bola negra. Hay números musicales y apariciones que irrumpen con el descaro habitual de sus autores. La dificultad está en cómo conviven con otro lenguaje, más íntimo y cargado de aspiraciones literarias, que parece reclamar una gravedad distinta. En ciertos momentos el salto del imaginario bélico o lorquiano al pop produce una sacudida estimulante, en otros, cae como un bofetón que rompe la atmósfera recién creada. Es como si los Javis hubieran querido ensayar una cocina fusión con los ingredientes estrella de toda su carrera y otros nuevos, y terminaran sirviendo dos platos excelentes, pero separados. La mezcla se anuncia más de lo que llega a ocurrir. Unos creadores que han demostrado tantas veces la profundidad y el valor artístico de lo popular se ven por momentos empeñados en demostrar su pertenencia a lo que llaman “alta cultura” —como si lo pop no pudiera serlo— acatando un ritual de paso para ser aceptados en la élite de la industria.

Dónde la operación funciona es en la banda sonora, la música ofrece una respuesta a esa tensión. Raül Refree construye un hilo emocional capaz de unir tiempos y registros, y la reinterpretación de Soldadito español por Judeline transforma un imaginario patriótico en algo próximo al lamento. La voz contemporánea interviene sobre una pieza del pasado y modifica lo que escuchamos en ella, la memoria se activa desde un lenguaje radicalmente fresco, sin necesidad de que nadie se detenga a explicar el símbolo.

Demasiada luz para las sombras

La relación con el legado de Lorca plantea, además, una cuestión delicada. Los directores parten de una obra inacabada, y a veces se adivina la pretensión de que la película pueda cerrarla de algún modo, como si pudieran restituir las palabras que el asesinato del poeta dejó pendientes. La intención podría ser inocua, incluso conmovedora, pero pasa la grandilocuencia. En la interrupción de aquella obra hay una violencia irreparable, quizá homenajearla implique también aceptar que jamás sabremos qué habría escrito Lorca, que su muerte se llevó a la única persona que debería haberla acabado.

Esa dificultad para tolerar lo abierto y en dónde los directores insisten en explicarte su propia película se vuelve el principal límite del filme. El personaje de Glenn Close, una hispanista que interviene en el relato contemporáneo parece encargado de asegurarse de que entendamos exactamente qué significa cuanto hemos visto. Hay escenas en las que las palabras vuelven sobre ideas ya expresadas con elocuencia por las imágenes. Los directores quieren devolver visibilidad a un pasado condenado al secreto, pero a ratos iluminan cada rincón con la intensidad de los focos de una consulta de dentista. Su voluntad de reparación acaba estrechando el margen de interpretación del espectador. Resulta paradójico que una película tan fascinada por Lorca desconfíe de una de sus mayores lecciones: la capacidad de sugerir.

Resulta paradójico que una película tan fascinada por Lorca desconfíe de una de sus mayores lecciones: la capacidad de sugerir

Con todo, La bola negra conserva momentos de una fuerza difícil de discutir. Yenesi pronuncia una frase que resume mejor que muchas explicaciones el universo que la película quiere convocar: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos». 

Tiene el desparpajo de los Javis y una tristeza incrustada en las raíces de este país. Debajo de esa ocurrencia habitan generaciones enteras que aprendieron a protegerse escondiendo su identidad.

Al final queda una obra ambiciosa y desigual, con cierto valor político por la propia temática. Sus imágenes más hermosas nos recuerdan que España sigue levantada sobre cuerpos que no han regresado a casa y sobre vidas cuya verdad llegó demasiado tarde. Los Javis han querido poner demasiadas palabras donde hubo vacío. Su película habría deslumbrado si, de vez en cuando, hubiera bajado la luz para que el silencio dijera algo por sí mismo.

guerra civil La bola negra Lorca Los Javis
Laura Casamitjana
Laura Casamitjana

Periodista

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