Existen las montañas. Lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría.
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre.
Federico García Lorca
Nueva York (oficina y denuncia)
Empezar a escribir de o sobre cultura apenas ahora tiene un punto kamikaze. ¿Qué necesidad? Años hablando de batallas culturales y quizás no estamos hablando del todo de lo que toca. ¿De qué hablamos cuando hablamos de cultura comprometida? ¿Y de cultura popular? ¿Qué papel tiene que jugar en este contexto de derechización de los espíritus? Si parece que ahora volvemos a la agenda material (pan-techo-trabajo), ¿qué papel le hemos reservado a la cultura?
Para arrancar he tenido que amordazar mi síndrome de la impostora. Es ciertamente osado que escriba de cultura una niña de barrio que creció sin libros en casa, y se educó en una escuela y un instituto ganados a base de reivindicaciones. Porque ahora soy muy consciente del lujo de profes motivados de la Transición que tuve, que suplían la carencia de recursos con las ganas de cambiarlo todo, pero también de los agujeros que arrastro en mi formación. Como buena choni ilustrada he entendido que la cultura te puede salvar, siempre y cuando aprendas a vivir con contradicciones de padre y muy señor mío: no hay vía más directa al desclasamiento.
Hay una cultura muy cultureta y muy de clase media que vive desde hace décadas en su propia burbuja y crea, interpreta, recomienda y produce cultura para ella misma, sin darse cuenta de cómo es de elitista. Y es fácil creer que es la única y la imprescindible. La mayoría de crónicas de los festivales de cine, los boicots y reflexiones alrededor de festivales culturales, o los premios «nacionales» de cultura, para la gran mayoría de gente, no son más que dos minutos en los informativos. A favor del todo de premiar una nueva editorial como Jande, y enorme Pol Guasch y su «querido presidente y queridos fondos buitres que son los que gobiernan este país realmente». Pero después bajo a la realidad real y ceno con mi padre y me trago First Dates y Supervivientes y afirmo, confirmo y reafirmo que hay dos mundos que no se cruzan prácticamente nunca, y que la distancia entre clases es primero económica y después cultural, e inevitablemente después psicológica.
Cerca de 4 millones de personas han pagado para ver La bola negra, una película que sus directores dicen que es antibélica y antifascista, pero en el mundo paralelo donde sabemos todo y más de Lorca hemos generado debates encendidos a su alrededor (apropiación, blanqueamiento del fascismo). Aprovechando que pocas veces los Verdi y las salas de palomitas de los centros comerciales se llenan con las mismas películas, yo espero a ver qué dice mi familia, y el veredicto de mi sobrino adolescente, poco amigo de la literatura y con el que hemos hablado de Vito Quiles y de la revuelta de los estudiantes en Francia, es inapelable: muy chula. ¿Qué pensaría hoy el Lorca de La Barraca que llevaba el teatro clásico a gente analfabeta, de estos debates?
Lo que seguro que Lorca no entendería es por qué hoy el teatro sigue tan lejos de las clases populares, y cómo es que en tantos años de democracia no tenemos más variedad de creadores y creadoras. Seguro que le hubiera gustado la obra Primera ley de Newton, que ha pasado por la sala Villarroel. Una obra fantástica sobre institutos conflictivos y sobre los conflictos de clase entre las víctimas de la violencia estructural, y los que solo se sienten violentados por su rabia. Solo una autora de Santa Coloma como Eu Manzanares podía entrar ahí sin miedo: «Yo no tendría que tener voz en los escenarios. Viniendo de una familia de un barrio de los más empobrecidos de todo el país, yo tendría que seguir atrapada permanentemente en un trabajo precario, haciendo horas extras a pie de saldo, para poder aspirar a un poquito más que la simple y pura subsistencia. Cada día salgo de mi barrio obrero, de aquellos de final de línea (…) para ir a trabajar de artista. Y veo a todo tipo de personas que sostienen con sus penurias un sistema que les maltrata. Y yo tengo dentro, esencialmente, mucha mala leche». Mucha mala leche, y mucha conciencia de clase activa y rebelde. En su equipo siempre, y gracias por el empujón.
¿Quién es hoy un buen o buena prescriptor cultural? ¿Quién lo tiene que ser? Gracia Amo, presidenta de la asociación de Familias de Presos en Cataluña me avisa que el día 23 se estrena La mujer de la fila y que les han invitado al coloquio para comentar la historia de una valiente como ella y sus compañeras, en el marco del BAAR, el festival de cine argentino de Barcelona. La peli tiene el apoyo de la Academia de de las Artes y Ciencias Cinematogràficas de Argentina, enfrentada a Milei por su voluntad de hacer desaparecer el cine argentino por considerarlo uno «Gramsci kultural», con k de kichnerista. ¿Qué mejor manera de apoyar a dos causas justas a la vez? Cómo escribió Lorca, no hemos venido a mirar el cielo, sino la turbia sangre.
